Cuando llego a la oficina, todavía con ese modo suavecito que te deja haber pasado un día entero con Rinto… lo primero que escucho no es a Mei.
Ni a Ishikawa.
Ni siquiera el ruido del café quemándose en la máquina vieja del pasillo.
Es silencio, silencio total.
Hasta que la impresora, esa infame cosa diabólica que antier escupió 39 copias de una hoja en blanco solo para humillarme, se enciende sola y hace un beep hermoso.
Un beep que suena…
¿feliz?
Me acerco desconfiando.
—¿No vas a aventarme hojas? —le murmuro, como si fuera un animal salvaje.
Mei se asoma por su cubículo.
—Ah, ya viste que la mandaron a arreglar. —Levanta su taza de café— Llegó un técnico antes que tú.
—¿En serio? —parpadeo— Pero si antier funcionaba peor que mis decisiones románticas a los dieciséis…
Ishikawa ríe desde su lugar.
—Creo que alguien decidió que la impresora ya no podía seguir traumatizándote.
Yo arqueo una ceja.
—¿Alguien?
Mei hace un gesto significado obvio tú sabes quién pero sin decir el nombre, porque aunque no sabe con quién estoy casado… ya me vio hablar demasiado por teléfono como para no sospechar que tengo un esposo pegado a mi sombra.
—El técnico dijo que venía de “parte de arriba” —explica Ishikawa.
“De arriba”.
La oficina de Rinto está justamente arriba.
Y ahí, mi ánimo empieza a levantarse solito.
Me río bajito.
—Qué exagerado…
Mei frunce el ceño.
—¿Qué fue eso?
—Nada, nada… —miento descaradamente mientras abro mi correo— Solo que esta impresora ahora tiene más mantenimiento que yo.
Ishikawa ríe.
—Hermano, ni lo dudes esa cosa estaba sacando humo emocional.
Nos reímos los tres, y justo cuando voy a sentarme llega mi jefe directo, con una carpeta en mano.
—Sora, ¿tienes un minuto?
Mi estómago hace oh no, otra junta sorpresa pero asiento y lo sigo a su pequeña oficina de cristal.
Cierra la puerta.
Se acomoda los lentes.
Me mira con esa cara de no es regaño pero tampoco noticia casual.
—He estado revisando tu trabajo —comienza.
Yo asiento, nervioso porque así empiezan los despidos en las películas.
—Sora, lo has hecho muy bien —continúa él, inesperadamente— Muy, muy bien.
Parpadeo.
—¿Yo?
—Sí, tú. Tu desempeño esta semana ha sido excelente. —Me muestra un informe— Preciso, organizado, con iniciativa y tu actitud con el equipo ha sido… refrescante.
Me quedo callado.
Nunca me habían dicho eso en un trabajo real.
Siempre estudié, siempre trabajé ayudando a mis padres… pero esto es nuevo.
Es mío.
Es un logro que no viene pegado a ningún apellido.
—Ah… gracias —respondo, sintiendo el pecho calentito.
Él asiente, satisfecho.
—Sé que estás aquí por un mes, mientras estás de vacaciones universitarias —dice— pero quería saber si te interesaría continuar en las tardes cuando regreses a clases.
Me quedo completamente quieto.
—¿E-en las tardes?
—Claro, Serían menos horas, por eso el salario sería menor, pero seguirías ganando experiencia real en la empresa y antes de que preguntes: no, esto no tiene absolutamente nada que ver con… ya sabes.
Me mira fijo.
Demasiado fijo.
Es el único que sabe quién es mi esposo.
El único que entiende que yo no quiero privilegios.
El único que lo respeta al pie de la letra.
—Esto es por tu trabajo, Sora —dice con firmeza— No por tu familia no por tu esposo solo tú.
Me muerdo el labio, sintiendo esa mezcla rara de orgullo y miedo.
—Y si decides que es mucho, también lo voy a entender —añade— No quiero que te sobrecargues con las clases, los horarios, tu casa… puede ser pesado.
Yo respiro hondo.
Me siento bien.
Capaz.
Como si por primera vez desde que empezó todo… esto fuera algo mío.
—Quiero pensarlo —digo finalmente— pero… gracias. De verdad.
sonríe.
—Tómate el día para decidir es tu camino tú lo eliges.
Salgo de la oficina con el corazón latiendo rápido.
Mei me mira desde su escritorio, curiosa.
—¿Qué te dijo el jefe? —pregunta.
—Nada malo —respondo, todavía con la sonrisa pegada—. Creo que… me están considerando para algo más.
Ishikawa levanta ambas manos, celebrando en silencio.
—¡Eso! Sabía que ibas a salir con una sorpresa.
Mei se cruza de brazos con expresión orgullosa.
—Te lo ganaste te esfuerzas no es suerte.
Y yo…
Yo solo pienso en que antes de dormir le contaré todo a Rinto.
Aunque sé perfectamente que él ya debe estar fingiendo casualidad mientras revisa en tiempo real los reportes del técnico que “casualmente” bajó a reparar MI impresora.
Y no, no me molesta.
Es lindo.
Idiota, pero lindo.
Y mi día sigue Con una sonrisa que no se me quita ni aunque la cafetera decida explotar.
Apenas regreso a mi escritorio me siento todavía flotando no sé si es orgullo, nervios o una mezcla rara que hace cosquillas en el estómago.
Tomo el celular sin pensarlo demasiado y le escribo a Rinto.
Sora:
Rin… tengo que contarte algo.
La pantalla tarda en responder, como si él también estuviera trabajando pero vigilándome desde algún satélite.
Finalmente aparece su respuesta:
Rinto:
¿Ocurrió algo? ¿Estás bien?
Sonrío.
Claro, su primer instinto siempre es pensar que explotó algo y bueno… conociéndome, no lo culpo.
Le mando un audio porque estoy demasiado emocionado como para escribir.
—Estoy bien, tonto —susurro para que Mei no escuche— El jefe me llamó a su oficina… y… quieren que siga trabajando aquí aunque regrese a clases. En las tardes dijo que es por mi trabajo, no por mi apellido ni nada de eso… Rin, creo que lo estoy haciendo bien.
A los segundos, el celular vibra.
Audio de Rinto.