Un desastre elegido

20

Desperté con la sensación de que algo estaba fuera de lugar. Abrí los ojos lentamente y me tomó unos segundos recordar que Rinto estaba enfermo, me giré y lo encontré exactamente donde lo había dejado, dormido, con el ceño fruncido incluso en descanso, y la frente aún tibia.

Intentó incorporarse justo cuando yo estaba por levantarme.

—¿A dónde crees que vas? —pregunté, cruzando los brazos.

Rinto se quedó congelado a medio movimiento, como si lo hubiera atrapado robando galletas.

—…Al trabajo —murmuró, ronco.

—¿Perdón? —alcé una ceja—. ¿A qué?

—Tengo pendientes… —insistió intentando levantarse de nuevo.

Lo empujé con una mano en el pecho, literalmente y volvió a caer sentado.

—Rinto Minato, si das un paso fuera de esta habitación, juro que te desmayo con una almohada —dije con total calma.

Él bajó la mirada, derrotado.

—No quiero atrasarme…

—Atrasado estás si te mueres, te quedas y punto.

Rinto suspiró, resignado.

—Está bien… me quedaré, te lo prometo.

No confié en ese “te lo prometo”, pero no tenía opción yo también tenía que salir.
Me quedé un momento sentado junto a él, observándolo, no me gustaba nada dejarlo solo, pero la universidad era la universidad, y hoy Nao y Theo querían revisar lo del proyecto.

—Volveré lo más pronto posible —le dije—. Y si intentas moverte, la ama de llaves me lo dirá ya la amenacé.

—Eso suena como tú… —murmuró con una sonrisita débil.

—Gracias, es un halago.

Le acomodé las mantas, le dejé un vaso de agua, un medicamento y bajé para irme, no sin antes dejarle un beso en la frente.
No sé si estaba consciente, pero sonrió como si lo hubiera sentido.

---

El día en la universidad pasó más lento de lo que recordaba.
Cada clase me parecía interminable, y aunque intenté concentrarme, mi mente regresaba siempre a la misma cosa.

¿Cómo sigue Rinto?

Le escribí a la ama de llaves cada treinta minutos.

> ¿Ya desayunó?

> ¿Tomó el medicamento?

> ¿Sigue dormido? ¿Respira?

> ¿No está escondido en el estudio trabajando?

Ella me respondía con paciencia, como si ya estuviera acostumbrada a mis neurosis.

> Sí, joven Sora, todo bien.

Para la hora del almuerzo ya había revisado mi teléfono más veces de las que estoy dispuesto a admitir.

Cuando llegué al campus exterior donde habíamos quedado de vernos para hablar del proyecto, Nao ya estaba sentado en una mesa, moviendo su pierna como si se hubiera tomado veinte cafés.

—Tardaste, principe —me dijo apenas me vio.

—Cállate —me senté frente a él—. Me distraje… pensando.

—¿En tu perfecto esposo? —preguntó, con esa sonrisa burlona que lo caracteriza.

—En mi vida privada, gracias.

Nao soltó una risotada justo antes de mirar hacia un lado.

—Ahí viene “Su Excelencia Alfa”.

Y sí…
Theo apareció caminando con esa aura de “soy mejor que todos ustedes” que traía de fábrica.

—Llegas tarde —me dijo, mirándome como si le debiera dinero.

—Son tres minutos —respondí—. Respira, nadie murió.

—Nunca es bueno iniciar reuniones con retrasos.

—Ay, cállate —intervino Nao—. Apenas te sentaste tú.

Theo ignoró la puñalada verbal y se acomodó en la silla.

—Ya revisé lo que trabajaron —dijo abriendo una carpeta como si esto fuera la ONU—. Pensé que tendría que corregir todo, pero… no está mal.

Lo dijo así, como si alabarnos le diera alergia.

—Yo sí hice lo mío —dije con una sonrisa perfecta—. No porque sea obligatorio, sino porque me gusta no cargar a nadie.

Theo levantó la mirada, sorprendido, probablemente esperaba que yo viniera con un dibujo hecho en crayolas.

—Tu parte… está bastante completa —admitió, ojando mi sección—. Aunque… hay dos detalles que se podrían mejorar.

—Ya sabía que ibas a decir eso, dame —extendí la mano.

Me pasó el documento, revisé sus anotaciones y asentí.

—Están bien —dije—. Se pueden ajustar sin problema.

Theo frunció ligeramente el ceño, como si no supiera cómo reaccionar ante alguien que no se ofendía ni se rendía.

—Pensé que no tendrías tiempo para hacerlo tan bien, con tu trabajo y todo —comentó finalmente.

—Pensaste mal —respondí—. No soy inútil, ni un adorno y me gusta ser eficiente.

Nao carraspeó con una sonrisa orgullosa.

—Theo, por si no sabías —intervino—, Sora es tercer lugar del promedio general de la facultad, sorpresa.

La cara de Theo fue… deliciosa., una mezcla entre incredulidad, incomodidad y “¿qué demonios?”

—No lo sabía… —dijo serio.

—Bueno, ahora lo sabes —respondí, tomando un sorbo de mi bebida—. ¿Algo más?

—Podríamos reunirnos el fin de semana para integrar todo —propuso—. Mi casa tiene espacio.

Nao y yo nos miramos. Ambos sabíamos que esa invitación no era cortesía, sino control.

—Podemos vernos —dije—. Pero en un café, algo neutral para evitar jerarquías.

Theo pareció no encantado, pero tampoco protestó.

—Bien —aceptó—. Me sirve.

Hablamos un poco más de fechas, estructura del trabajo y tareas individuales.
A decir verdad, no fue tan horrible, Theo seguía siendo pedante, pero por lo menos ya no me hablaba como si fuera analfabeta, algo gané hoy.

Cuando terminamos, Nao me acompañó un rato mientras caminaba de regreso al estacionamiento.

—Oye —dijo—, ¿estás bien? Te ves distraído.

—Estoy bien —respondí—. Solo… preocupado.

—¿Por tu esposo? —preguntó más suave esta vez.

Asentí.

—Está enfermo y no sé… me pone raro verlo así. Siempre es tan firme… y ahora lo vi vulnerable.

Nao sonrió con calidez.

—Te importa mucho, ¿verdad?

—Mucho más de lo que debería admitir —murmuré.

Nao me dio un golpecito amistoso en el hombro.

—Entonces ve a casa rápido, tonto, asegúrate de que esté bien.

Eso planeaba.

Y mientras caminaba hacia mi coche , que, sí, se veía espectacular entre los demás autos baratos del estacionamiento, solo pude pensar en volver con él lo antes posible.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.