Ya han pasado algunos días desde que Rinto se enfermó, y todavía me sorprende lo rápido que se recupera cuando decide escucharme. Bueno… escuchó la mitad de las veces, la otra mitad lo encontré revisando documentos a escondidas, pero igual logré que descansara más de lo que hubiera hecho sin mí.
La fiebre ya no existe, su voz regresó y hasta parece que tiene más energía que yo, lo cual es injusto porque él sí estuvo a punto de colapsar y yo no pero bueno, así es él: si no está trabajando, está pensando en trabajar y sí, lo ayudé con algunos documentos, pero aun así quedó demasiado rezagado con cosas de la empresa.
Cada vez que vuelve del corporativo parece que le descargaron un camión de papeles encima, en fin, yo también tengo mi propia vida, mis proyectos y, sobre todo, mi pelea eterna con Theo.
Por eso hoy, sábado en la mañana, estamos los tres reunidos en la cafetería donde Nao trabajó en vacaciones.
El lugar es sencillo, acogedor, con olor a pan recién hecho y café fuerte a Theo eso le da igual; su aura estricta contamina hasta las servilletas, Nao está feliz porque aquí lo tratan como amigo, y yo… bueno, yo ya me pedí un pastel de chocolate, dos panes dulces y un café con extra de jarabe, necesito combustible y azúcar.
Theo, como siempre, tiene solo un té frente a él.
—¿Por qué te pides tantas cosas? —me pregunta al verme morder mi tercer pan.
—Porque tengo hambre —le respondo—. Y porque mi cuerpo funciona con azúcar, no con hojas remojadas.
Theo suspira.
—Es té, no “hojas remojadas”.
—A mí me sabe a naturaleza —hago una mueca—. Y no me gusta comer plantas vivas.
—No están vivas…
—Ya niños —interviene Nao, moviendo su taza de cappuccino—. Tenemos que avanzar.
Abrimos las laptops y empezamos a organizar lo que ya tenemos del proyecto conjunto, es una mezcla rara entre análisis empresarial y propuesta creativa, así que obvio Theo quiere que todo sea rígido, gris y aburrido como su té y yo no, yo quiero color, estética, impacto visual, algo que no parezca salido de un archivo del año 2002.
—Sora, esto no es un anuncio publicitario —me reclama Theo por tercera vez en la mañana.
—Y tampoco es un funeral para que lo quieras tan plano —le respondo, empujando mi laptop hacia él—. Mira, si usamos este diseño limpio, con una paleta suave, se ve profesional y bonito, bonito no es malo.
—“Bonito” no es un criterio académico.
—Pues debería serlo.
—No lo es.
—Pues debería serlo igual.
Theo me mira como quien mira una pared que no piensa moverse.
Nao, acostumbrado a esto, se recarga en la silla y bebe de su cappuccino con cara de “ya empezó”.
—Sora —dice Theo, bajando el tono—, esto debe verse formal, es un proyecto de administración internacional, no un catálogo con dibujitos.
—No son dibujitos, son recursos visuales estratégicos. —Le guiño un ojo solo para molestarlo—. Aprende vocabulario, por favor.
—¡Eres imposible!
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Igual lo tomo.
Nao suspira fuerte.
—Ok, ok —dice, levantando las manos—. ¿Por qué no combinan ambas cosas? Sora elige una paleta y Theo adapta el formato, es un punto medio.
Theo lo piensa, lo piensa demasiado.
—...Está bien. —Cede con cara agria—. Pero nada de brillos, degradados absurdos o dibujos caricaturescos.
—¿Caricaturescos? ¡Yo no hago caricaturas! —respondo indignado—. Hago arte funcional.
—Como digas.
Al final llegamos a un acuerdo, a regañadientes, obvio,Theo y yo somos como agua y aceite, pero Nao siempre sabe mezclar lo suficiente para que no explote nada.
Después de un rato trabajando, Nao deja caer su lápiz y estira los brazos.
—Descanso —declara—. Me duele la cabeza, hablemos de otra cosa cinco minutos.
Yo cierro mi laptop sin dudar, Theo frunce el ceño.
—¿Cinco? —pregunto—. Hagamos diez.
—Cinco —corrige Theo—. No quiero que pierdas el enfoque.
—Sí, papá.
—No soy tu papá.
—Exacto —sonrío—. Mi papá me dejaría descansar diez.
Nao se ríe bajito.
—Sora —me llama—. ¿Cómo sigue Rinto? ¿Todavía con trabajo acumulado?
Asiento y tomo un trago de café… demasiado dulce, como me gusta.
—Ya está bien, la fiebre se fue hace días pero sí, tiene un montón de trabajo atrasado aunque lo ayudé con varios documentos, la empresa no se detiene solo porque él se enferma.
—Claro —dice Nao—. Su puesto es pesado.
Theo frunce el ceño, curioso.
—¿Dónde trabajas exactamente? —pregunta, moviendo su taza de té sin tocarla.
—En la sección de enlace de Kyo Construcciones con Minato’s —respondo como si fuera lo más normal del mundo.
Theo se queda quieto, muy quieto.
—…¿Minato’s? —pregunta, sorprendida y cuidadosamente neutral su voz—. ¿La Minato’s? ¿La empresa Minato’s?
—Sí —respondo, mordiéndome otro pedazo de pastel.
—Eso es… impresionante —admite, ajustándose los lentes.
Nao asiente.
—Es buen puesto, ¿no?
—Claro que lo es —dice Theo, mirando otra vez hacia mí como evaluándome—. Pero… Sora, ¿por qué allí? Si tu padre es dueño de Kyo Construcciones, ¿no deberías trabajar directamente en la empresa? Tendrías más facilidad para aprender y ascender.
Me quedo mirando mi café unos segundos.
Aquí viene la parte que nunca entienden a la primera.
—Puedo tener facilidades —admito—, pero no quiero depender de eso, quiero aprender bien pasar por todo lo que pasa cualquier empleado, conocer los procesos desde abajo, aunque mi apellido abra puertas.
Theo se sorprende un poco.
—Pero no estás “abajo”, tu puesto es muy bueno.
—Porque estudié para ello —respondo encogiéndome de hombros—. Y porque quiero estar en un lugar donde pueda ver cómo funciona todo sin tener a mi papá respirándome en la nuca, en Minato’s soy un empleado más en cambio en Kyo… soy “el hijo del dueño”, no es lo mismo.
Nao sonríe.