Nota: la siguiente historia se ambienta en un UA así que no interfiere directamente con la historia principal.
------
Sora odiaba tres cosas en la vida.
La primera: madrugar.
La segunda: las órdenes largas del Consejo.
La tercera (y la que lo había llevado exactamente a esa situación) trabajar.
—Esto es injusto —refunfuñó, flotando a escasos metros del suelo con las alas dobladas y la túnica torcida—. Yo sí hice mi trabajo tal vez no… todo pero algo es algo, ¿no?
El niño sentado en la banca del parque lo observaba con la seriedad solemne que solo los niños podían tener, chupando distraídamente una paleta.
—No hiciste nada —sentenció—. Solo dormiste en una nube.
—¡Era una nube muy cómoda! —protestó Sora, llevándose una mano al pecho como si aquello fuera una acusación imperdonable—. Además, el amor debería fluir solo, yo solo… facilito.
El niño ladeó la cabeza.
—Te mandaron aquí porque eres un vago.
Sora chasqueó la lengua, ofendido.
—Oye, se supone que los niños son puros, no crueles.
La realidad era mucho menos poética de lo que Sora habría querido admitir.
El Consejo había sido claro, demasiadas flechas sin lanzar ocasionando muchos destinos ignorados además de demasiadas siestas en horas laborales. El castigo era simple y humillante.
Ir a la Tierra, hacer su trabajo y peor aún: hacerlo bien.
—Solo será un día —murmuró para sí mismo, acomodándose el carcaj en la espalda—. Un par de flechas, un par de parejas felices y listo, vuelvo a casa.
—Eso dijiste ayer —replicó el niño.
Sora lo ignoró.
Caminó (o más bien flotó de mala gana) unos pasos, observando a los humanos pasar, parejas tomadas de la mano, gente apurada, algunos con corazones demasiado cerrados para su gusto, no parecía ser nada interesante o nada que valiera su atención divina.
Hasta que empezó a quejarse en voz alta.
—Además, ¿por qué siempre en febrero? ¿No pueden enamorarse en abril? ¿O en noviembre? Hace frío, la gente está de mal humor, y—
—¡Cuidado!
La exclamación lo tomó por sorpresa. Sora giró demasiado rápido, tropezó consigo mismo y, en medio del caos, una flecha salió disparada del arco.
—¡ESPERA, ESA NO—!
La flecha cruzó el aire con un destello dorado e impactó de lleno en un hombre que pasaba frente al parque, vestido con traje oscuro, acompañado de una expresión cansada y el ceño permanentemente fruncido como si el mundo le debiera una disculpa.
El hombre se detuvo en seco.
Parpadeó y alzó la mirada.
—…¿Qué demonios…?
Sora palideció.
—Oh no.
El niño sonrió, encantado.
—Ups.
Sora sabía reconocer el desastre cuando lo veía de frente y aquel oficinista de mal humor acababa de convertirse en el peor error de su carrera como cupido.
O quizá… el más importante.
Sora se quedó congelado unos segundos, observando al hombre como si hubiera cometido un crimen celestial.
—No, no, no… —murmuró, llevándose ambas manos al cabello—. Esto no estaba en el manual.
Definitivamente no estaba en el manual.
El hombre seguía allí, inmóvil, con la mano en el pecho, respirando hondo como si algo invisible le hubiese atravesado el corazón. Sus ojos recorrieron el parque con confusión, hasta que finalmente se clavaron… en él.
Directamente en él.
Sora sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Eh… —sonrió nervioso, flotando un poco más bajo—. Bien , calma, tal vez solo fue coincidencia, tal vez solo miró en esta dirección, los humanos miran cosas todo el tiempo, ¿no? Bancas, árboles, errores de cupidos irresponsables—
—¿Quién eres?
La voz fue firme pero grave y absolutamente dirigida a él.
Sora se atragantó con su propia saliva.
—Ah.
Eso no había pasado nunca.
—Ah, ah… —rió, nervioso, señalándose a sí mismo—. ¿Yo? No, no, tú no puedes verme o sea, técnicamente nadie debería poder verme, excepto niños y animales y… bueno, algunos fantasmas, pero eso es otro departamento, no el mío—
El hombre frunció el ceño.
—Te estoy viendo ahora mismo —dijo—. Y estás flotando.
Sora miró hacia abajo.
Efectivamente, estaba flotando.
—Bueno, eso sí es difícil de negar.
Suspiró, derrotado, y descendió hasta quedar de pie frente a él, se frotó el rostro con ambas manos, murmurando entre dientes.
—Genial, Sora, simplemente genial, primera flecha del día y rompes una regla básica del universo. El Consejo va a matarme.
—¿Sora?
Levantó la cabeza.
El hombre lo observaba con una intensidad extraña, ya no había confusión en su mirada… más bien parecía algo cálido, algo peligrosamente parecido a interés.
—Ese es tu nombre, ¿no?
Sora tragó saliva.
—Sí, pero normalmente la gente no lo dice con esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa —respondió, señalándolo vagamente—. Como si me conocieras de toda la vida, como si… —se detuvo de golpe.
Ah.
La flecha.
El corazón de Rinto latía demasiado rápido, aunque no entendía por qué, solo sabía que, desde el instante en que algo invisible lo había atravesado, el mundo había perdido un poco de peso… y aquella persona frente a él se había vuelto el centro de todo.
Intentó tensar los hombros y endurecer la expresión.
—Mira —dijo—, no sé quién seas ni qué truco estás haciendo, pero no tengo tiempo para—
Dio un paso atrás y luego otro.
No porque quisiera alejarse sino porque su cuerpo no estaba cooperando.
—…para… —gruñó, apretando los dientes—. Maldición.
Sora lo miró con los ojos muy abiertos.
—Oh no, oh no, no, no. Tú estás… —se llevó una mano al pecho—. Tú estás flechado.
Rinto cerró los ojos un segundo, respiró hondo, intentando recuperar el control.
—No estoy flechado —dijo con frialdad forzada—. Solo estoy… distraído.
—Eso es peor —susurró Sora—. Definitivamente es peor.
Rinto chasqueó la lengua, frustrado.