Me despierto antes del despertador, completamente consciente de que hoy es domingo familiar, lo cual significa caos, ruido, comida en exceso y un Itsuki llorando de felicidad por cualquier cosa.
Giro y veo a Rinto dormido, perfectamente derecho, como si estuviera posando inconscientemente para una revista de ejecutivos.
Le pico la mejilla.
—Riiiinto…
No se mueve.
Le pico otra vez.
—Rinto… despierta.
Frunce el ceño. Ya parece que revisa informes en sus sueños.
—Cinco minutos… —murmura.
—No hay cinco minutos —digo rotundo—. Hoy vamos a comer con mi familia.
Abre los ojos como si eso fuera una emergencia nacional.
—¿Es hoy?
—Sí, te avisé —me siento y bostezo—. Varias veces, mucho, muchísimas veces.
—No recuerdo “muchísimo”.
—Porque me ignoraste cuando lo dije mientras veías videos de perros —le reclamo con toda justicia.
Suspira, lento, como si la realidad le doliera.
—Está bien… iré a alistarme.
Camino detrás de él como gato vigilante porque sé lo que va a hacer.
Abre el clóset.
Saca un traje.
Un traje.
UN TRAJE.
—¿Qué haces? —pregunto como si hubiera cometido un crimen.
—Cambiarme para la comida familiar —responde serio—. Debo verme presentable.
—Rinto, amor., es una comida de familia, mi familia, no una cumbre empresarial.
—Pero… —carraspea, incómodo—. Las comidas familiares que tengo son las que se hacen en mi casa… y son formales siempre.
Ah.
Lo entiendo.
Mi pecho se aprieta.
—En mi casa no es así —digo acercándome—. Te juro que no necesitas traje. Eso solo hará que mi papá piense que vienes a pedirle dinero o que cometiste un delito.
—¿Tu papá piensa eso del que lleva traje? —pregunta confundido.
—Sí —asiento—. Rikuya es muy directo, brutalmente directo, si vas tan elegante va a sospechar.
Rinto baja un poco la mirada.
—Estoy… nervioso.
Eso sí no me lo esperaba.
Él, nervioso.
Ese hombre que negocia con tiburones empresariales como si fuera fácil.
—¿Por qué? —pregunto más suave.
—No quiero causar una mala impresión, no tengo experiencia con… ambientes familiares… relajados.
Se me aprieta el corazón.
—Ven —le tomo las manos—. Amor, te van a recibir bien, Itsuki te va a abrazar aunque no quiera, Kai te va a gritar “¡¿qué onda, cuñado?!” sin filtro, Ren va a juzgarte en silencio solo porque es Ren, y Ayla te va a observar como un experimento sociológico pero ninguno te va a odiar.
—No sé si eso ayuda —susurra.
—Ayuda más que ir de traje —digo mientras se lo quito suavemente.
Le doy una camiseta crema que sé que le queda increíble y unos pantalones negros casuales.
—Esto, ponte esto, si sales con ese traje, Itsuki va a pensar que fuiste obligado a venir.
—Tú siempre exageras —dice, pero ya va camino al baño con la ropa que le di.
Cuando sale, tengo que admitirlo…
Wow.
—¿Qué? —pregunta incómodo.
—Mi familia va a pensar que yo te obligo a existir —murmuro—. Te ves demasiado bien.
—Sora…
—Estoy diciendo la verdad —levanto las manos.
Bajamos. Tomo mis cosas y me dirijo a la puerta.
—¿No llevamos nada? —pregunta él.
—¡El pastel de queso! —choco los dedos—. Si no lo llevo, Itsuki me mira como si lo hubiera traicionado.
—¿Le gusta tanto?
—Es su debilidad al igual que la mía, tiene un cajón secreto lleno de cucharas solo para cuando hay pastel de queso.
—Eso no puede ser real.
—Bienvenido a mi familia.
Subimos al coche. En el camino veo su mandíbula un poco tensa, así que pongo música tranquila.
—Vas a estar bien —le digo, tocándole el brazo—. No te van a devorar.
—¿Seguro?
—Sí. Ayla es Omega y está en fase adolescente, así que ella sí podría devorarte, pero emocionalmente aunque ya has lidiado con ella.
—Sora… —me mira con desesperación.
—Estoy bromeando —le sonrío—. Te prometo que sobrevivirás.
En un semáforo rojo, toma mi mano un segundo. Un gesto pequeño, pero muy él.
—Gracias —murmura.
—Después de esto, la junta del lunes te va a parecer descanso —digo.
Llegamos a la casa y, desde afuera, ya se escucha ruido.
—¿Están… gritando? —pregunta Rinto, tensando los hombros.
—Sí, es su forma de comunicarse, no están peleando —le aseguro mientras camino hacia la puerta.
—¿Seguro…?
—Rinto, si estuvieran peleando habría platos volando esto es normal.
Abro la puerta.
—¡Ya llegamos! —anuncio.
Aparece Itsuki inmediatamente, con un delantal lleno de dibujos de cerezas y las manos húmedas de haber estado lavando algo.
—¡Mi bebé hermoso precioso adorado! —corre hacia mí… y luego pasa de largo.
Abraza a Rinto.
A Rinto.
—Mi yerno hermoso, mira nada más, vienes tan guapo, qué barbaridad —lo estruja—, te ves más flaco, ¿estás comiendo?, ¿no te están explotando en el trabajo?, ¿tu familia no te está causando traumas? Dime la verdad.
Rinto me ve por encima del hombro como si pidiera rescate.
Me río.
—Papá, lo vas a asfixiar.
—Ay perdón, es que lo quiero mucho —Itsuki se separa pero le agarra la cara con ambas manos—. Rinto, cariño, si te obligó a venir me dices.
—No me obligó… —responde él, todavía tenso—. Quería venir.
—¿Y el pastel de queso? —pregunta Itsuki brusco.
Levanto la bolsa.
—Aquí está.
Itsuki casi llora.
—Eres un buen hijo, te quiero.
De la sala sale Kai, mi hermano mayor, con una lata de refresco en la mano.
—¡Míralo! —grita, sin filtro—. ¡El famoso cuñado!
—Hola… Kai —dice Rinto, intentando sonar tranquilo.
Kai le da una palmada en la espalda que casi lo hace tambalear.
—Tranquilo, bro, aquí nadie te va a comer —dice riéndose—. Solo pregunto… ¿de verdad aguantas a este? —me señala a mí.
—Sí —responde Rinto, sorprendentemente firme—. Lo hago.