Un desastre elegido

23

El lunes llega demasiado rápido.

Despierto con la sensación de que mi fin de semana fue un torbellino y sí, lo fue, pero me levanto decidido. Ya no tengo esa sensación de vacío que solía acompañarme las mañanas ahora pienso en Rinto, en nuestra boda, en lo que viene.

Me visto con calma, desayuno algo ligero y salgo rumbo a la escuela.

El estacionamiento está más lleno que de costumbre; todos parecen medio dormidos, arrastrando sus mochilas como almas en pena… bueno, tampoco soy un ejemplo de vitalidad, pero al menos tengo motivos para sonreír.
En cuanto subo las escaleras, veo a Nao recargado en su casillero, hojeando un cuaderno viejo como si intentara recordar por qué diablos lo seguía cargando a todos lados.

—Nao —lo llamo.

Él alza la mirada, parpadeando como si su cerebro estuviera arrancando motor.

—Oh, buenos días, Sora… ¿vienes muy sonriente hoy? Me asusta. —Frunce el ceño—. ¿Rinto hizo algo indecente?

—No —respondo, sacando un sobre—. Toma.

Me observa como si ya sospechara qué es, pero igual baja la mirada al sobre elegante. Lo abre sin prisa.

Al leer, levanta una ceja.

—Vaya… así que ya tienen fecha —murmura.

—Ajá.

—¿Dos semanas? —me mira otra vez—. Pensé que lo iban a hacer cuando terminaras el semestre o algo así. Esto es… rápido incluso para ti.

—No es rápido —respondo—. Es lo adecuado.

—Si tú lo dices. —Luego vuelve a ver el sobre—. ¿Y este lugar? Sora… esto parece un palacio de drama histórico ¿Estás seguro de que no vas a sacrificar vírgenes ahí?

—Nao…

—Ok, ok, ya. —Suspira—. Igual te queda, todo lo exagerado te queda.

Me sonríe con ese gesto cansado pero honesto que solo él tiene.

—Me alegra que ya estén en esto de lleno —dice—. Sabes que apoyo todo mientras tú estés bien.

Me quedo quieto un segundo porque Nao no suelta esas cosas seguido.

—Gracias —susurro.

Él guarda la invitación con cuidado.

—Y claro, no pusiste nombres en la tarjeta, qué sorpresa, tú y tus decisiones estéticas incomprensibles.

—Se ve más elegante así.

—Sí, sí… como tú digas, su alteza —responde dándome un golpecito en el hombro.

La campana suena mientras él se aleja hacia su clase, me grita por encima del hombro:

—¡Te cubro si necesitas escaparte para escoger flores o lo que sea! ¡Pero que sepas que no pienso ponerme corbata si hace calor!

—No será necesario —respondo.

—Nunca lo es contigo, tontos detalles estéticos, con cero funcionalidad —dice antes de desaparecer entre la gente.

Y sí, aunque suene raro… me siento más ligero.
El resto de la mañana pasa rápido, nada extraordinario, nada dramático solo clases, papeles, opiniones de alumnos, tareas atrasadas, y ese aroma familiar a pasillos escolares.

Cuando por fin termina la jornada, camino directo al estacionamiento. Subo a mi auto, dejo caer mi cabeza en el asiento y respiro profundo.

—Muy bien, Sora. Parte dos —me digo a mí mismo antes de arrancar.

El tráfico hasta el trabajo es soportable. Cuando llego, el edificio se ve como siempre, imponente, con esas ventanas que reflejan demasiado el sol.

Bajo del coche, entro por la puerta lateral y me voy directo a los vestidores.

Me cambio como siempre con ropa elegante, camisa perfectamente planchada, zapatos que hacen que mis pasos suenen más confiados de lo que realmente estoy. Subo los escalones y llego a la oficina.
En cuanto entro, siento todas las miradas encima.

Literal, TODAS.

Mei es la primera que habla desde su escritorio, levantando una ceja.

—Buenos días, estrella.

—Buenos días —respondo.

—¿Y cómo está el hombre comprometido más famoso de este piso? —se burla.

—No soy famoso.

—No, solo eres el tema de conversación desde hace dos semanas —dice Ishikawa sin levantar mucho la voz, pero lo suficientemente claro como para que todos lo escuchen.

Me detengo frente a sus escritorios.

Saco dos sobres.

Mei frunce el ceño.

—¿Qué es eso?

Le doy uno a ella y uno a Ishikawa.

Los dos se quedan… congelados.

Como si hubieran recibido citatorios judiciales.

Mei lo abre primero.

Y ahí está, el sobre blanco, la tarjeta gruesa, el texto elegante, la frase “Te invito a mi boda” sin nombre, la fecha dentro de dos semanas y la dirección del salón… que parece sacada de un sueño caro.

Mei parpadea tres veces.

—¿Sora…? —me mira como si no pudiera procesarlo—. ¿De verdad… estamos invitados?

—Sí.

—Pero… apenas te conocemos desde hace mes y medio —dice con sinceridad brutal—. Pensé que solo nos estabas informando por cortesía… no que… ¿te referías literalmente a invitar?

—Sí. Es mi boda, no una junta privada del gobierno. —Me encojo de hombros—. Y me caen bien, así que los invité.

Mei me observa un segundo y luego se recarga en su silla con una sonrisa de "no sé si sentirme especial o si eres una amenaza emocional".

—Oh… wow. Gracias —dice finalmente—. Prometo no ir vestida de rojo para opacar a la pareja.

—Nadie puede opacar a mi pareja —respondo.

Mei silba bajito.

—Qué fuerte declaración.

Mientras tanto, Ishikawa sigue mirando la invitación como si fuera un cheque sin firma.

—Es un lugar muy elegante —dice al fin.

—Lo es —asiento.

—Y la fecha es pronto.

—También.

Él baja la mirada, cierra el sobre con cuidado y lo guarda en su mochila como si fuera algo frágil.

—Me honra que nos consideres —dice simplemente.

La sinceridad me golpea más fuerte de lo que esperaba.

—Bueno, son parte de mi día a día —respondo—. No los iba a excluir.

Mei sonríe más grande, abiertamente.

—Eres raro, Sora.

—Ya lo sé.

—Pero… gracias —añade, y ahora sí parece genuinamente emocionada.

Ishikawa asiente, serio, pero con una pequeña curva en los labios.

Y después de toda la tranquilidad en el día, me siento… satisfecho como si las piezas del mundo encajaran un poquito mejor aunque había algo sospechoso en que mi día hubiera salido tan… perfecto, demasiado perfecto diría.




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