Llegamos a casa en silencio, no era un silencio incómodo, es ese tipo de silencio que te deja escuchar tus propios pensamientos… y hoy no quiero escucharlos.
Apenas cerramos la puerta, le tomo la muñeca a Rinto.
—Ven —murmuro, jalándolo con un poco más de fuerza de la que pretendía.
Él no pregunta nada, solo me sigue.
Lo siento tenso, pero no por sí mismo por mí.
Lo llevo hasta el sofá, lo hago sentarse y voy directo por el botiquín porque esa mejilla no va a quedarse así.
No después de que recibió un golpe que estaba destinado para mí.
Cuando regreso, él me observa con una mezcla extraña de suavidad y cansancio.
—Sora, estoy bien —dice antes de que pueda tocarlo.
—Shh —contesto, abriendo la caja y sacando una compresa fría—. No hables solo deja que lo haga.
Él suspira como si quisiera discutir, pero no lo hace, apoyo la compresa contra su piel.
Se estremece apenas.
—¿Duele? —pregunto.
—Un poco —admite, aunque intenta sonar casual.
No lo es y me arde por dentro.
—Lo siento —susurro.
Él abre los ojos, esos ojos cálidos que siempre parecen ver demasiado.
—¿Por qué te disculpas?
—Porque… —trago saliva—. Porque te metiste en medio por mí porque tu papá te golpeó por mí porque ahora quiere cancelar la boda por mí porque… —respiro hondo—. Porque no mereces que tu vida se complique por alguien como yo.
Rinto me mira como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.
—Deja de hablar así.
—Es la verdad —insisto—. No… no quiero ser una carga para ti, Rinto. Yo sé que no merezco—
—Sora. —Su voz se vuelve más baja, más firme—. Mi papá no puede hacer nada, es demasiado tarde.
Lo miro confundido.
—¿Cómo que demasiado tarde?
—Porque ya estamos casados, legalmente y yo no pienso divorciarme. —Su tono no deja espacio para negociación—. No hay nada que él pueda hacer.
Mis labios tiemblan un poco.
—Rinto… yo no quiero que tu vida se vuelva difícil por mi culpa. Yo—
—Vale la pena. —Me interrumpe sin dudar—. Tú vales la pena.—Respira y Continúa—: Y no planeo dejarte ir, al menos no esta vez.
Mi corazón se aprieta.
—¿Esta vez? —repito, desconcertado—. ¿De qué hablas?
Él desvía la mirada apenas un segundo.
Es raro, Rinto casi siempre me mira directo, como si quisiera memorizarme.
—Tengo que decirte algo —murmura.
Me quedo quieto.
La compresa sigue en mi mano, olvidada.
Rinto se aclara la garganta y su postura cambia, como si regresara años atrás.
—No es la primera vez que nos vemos, Sora.
Mi cerebro se queda en blanco.
—¿Eh?
—Nos conocimos cuando era un niño. —Él suelta una risa nerviosa—. Tenía ocho años y tú… unos seis, creo — Me mira—. Fue en una pequeña escuela pública.
Mi boca se abre.
—Había unos alfas mayores molestando a un gatito afuera de la escuela —continúa—. Yo intenté ayudarlos pero… ya sabes cómo era.
Él baja la mirada a sus manos.
—Eras tímido —digo en voz baja, sorprendido, pero sin poder evitar imaginarlo un Rinto de ocho años, chiquito, intentando salvar un gato con su cara seria y su corazón enorme.
—Sí —admite—. Muy tímido, creo que siempre lo fui.— Vuelve a hablar—: Me golpearon por entrometerme.
Mi pecho se aprieta.
Claro que lo hicieron.
—Me encontraron tirado detrás del contenedor —agrega, ya con la voz más suave—. Tú me encontraste.
Yo parpadeo.
—¿Yo?
—Sí — Y lo dice con una firmeza que me deja sin aire—. Tú tenías esa cara seria que pones cuando estás concentrado y me dijiste: “No deberías pelear si no puedes ganar”.
Imita mi voz infantil, y me quiero hundir en el suelo.
—Yo… ¿dije eso?
—También dijiste que había formas más lógicas de ayudar al gato que dejar que me golpearan. —Sonríe un poco—. Pero cuando te pregunté qué harías tú, solo dijiste: “Lo cuidaré hasta que te vuelvas a sentir fuerte”.
Mis ojos arden.
No lo recuerdo pero él… lo recuerda con cada detalle.
—Era mi último día en esa escuela —continúa—. Mi familia ya tenía planeado transferirme, yo sabía que no lo volvería a ver.
Toma una pausa y su voz se quiebra apenas.
—Pero tú… tú me prometiste que lo cuidarías hasta que nos volviéramos a ver.
No puedo hablar.
Mi garganta parece estar cerrada.
—Tal vez no fue algo enorme —dice él—. Tal vez fue solo un momento de niños. Pero…—Me mira directo a los ojos —Algo en mí cambió ese día, algo que no entendí hasta muchos años después.
Mis manos temblaban.
La compresa cae al suelo.
—Y cuando me dijeron que me casaría con un omega, no me importó, no tenía expectativas. Pero…
Se detiene, respira hondo y ahí está, el momento.
—Cuando alcé la mirada y te vi… tú, con esa forma de caminar, esa forma de observar todo, esa forma de existir… —susurra—. Supe que eras tú.
Toma una Pausa larga.
—Y por primera vez, quise casarme de verdad.
Mi corazón está martillando tan fuerte que creo que va a derribar el pecho.
—Conviviendo contigo… —sus mejillas se vuelven un poco rojas, y eso me destruye— me enamoré de verdad.— Me mira como si fuera un secreto que por primera vez se atreve a liberar—. Sora, estoy enamorado de ti.
El mundo se detiene.
Yo también.
No sé si estoy respirando.
Solo lo veo ahí, con la mejilla marcada, con las manos en las piernas, con la voz temblando un poco pero firme, diciendo que me ama como si fuera lo más simple y lo más devastador del mundo.
Mi voz sale rota.
—Rinto…
Pero no puedo hablar más.
No todavía.
No cuando siento que algo dentro de mí está abriéndose, despacio, como una flor que había estado cerrada demasiado tiempo.
Él me observa, esperando.
Esperándome a mí.
No puedo respirar o no, sí estoy respirando, pero demasiado rápido, demasiado fuerte, como si mi pecho no supiera qué hacer con todo lo que Rinto acaba de soltar.