Un desastre elegido

25

El auto avanza demasiado lento para mi gusto, aunque sé que es solo mi percepción. Estoy tan tenso que siento los músculos de mi espalda como cuerdas jaladas al límite. El asistente de Rinto es quien conduce; insistió con voz temblorosa en que él llevaría el auto porque, según él, “ señor Sora se ve emocionalmente indispuesto”.

No le respondí porque tenía razón.

Voy con los brazos cruzados, la pierna rebotando sin parar, y miro por la ventana con una molestia que me arde en la garganta.

A mi lado, Rinto revisa los correos con la seriedad de un cirujano en plena operación.

—Hay inconsistencias —murmura sin levantar la cara—. Demasiadas.

—¿Inconsistencias o excusas? —le espeto sin pensarlo.

Rinto suspira por la nariz, paciente, como quien intenta poner una manta encima de un incendio.

—Sora, no es momento de—

—¿No es momento? Suspendieron tu puesto por “no estar bien mentalmente”. ¡Yo tampoco estaría bien mentalmente si alguien intentara golpear a mi pareja en mi propia empresa!

El asistente pega un brinquito en el asiento del conductor.

Rinto me lanza una mirada rápida.

—Como aún no nos presentamos en público o medios nuestro matrimonio, para ellos no eres mi pareja oficialmente.

—Técnicamente —replico, levantando la barbilla—, tampoco ellos tienen derecho a suspenderte por defenderme.

Rinto sonríe apenas.

—Esa lógica me gusta.

Seguimos así, en un silencio tenso, hasta que llegamos a la casa de mis padres. El asistente estaciona y casi que se baja corriendo para abrirnos la puerta, como si quisiera desaparecer antes de que explote algo más.

El aire de la tarde pesa distinto aquí, como si fuera más denso, tal vez más frío o quizá soy yo.

Itsuki abre la puerta antes de que toquemos.
Parece nervioso aunque esa palabra era quedarme corto.

—¡Sora! —me abraza de inmediato, luego mira atrás y suelta un suspirito al ver a Rinto—. Ay, mi niño, qué bueno que vinieron rápido.

—¿Dónde está papá? —pregunto sin rodeos.

Itsuki se aprieta un poco las manos.

—En su oficina. No… no está de mal humor, exactamente, pero… —mira a Rinto, luego a mí—. Está con cara de “mejor que no me toquen”.

Lo dice tan bajito que casi parece un secreto.
Yo asiento.
Es exactamente lo que temía.

Nos guía hasta la oficina, ya tenía la puerta entreabierta con las luces encendidas y el cuarto lleno de olor a madera y café fuerte.

Rikuya está sentado tras su escritorio,con los brazos cruzados y mandíbula rígida. Al vernos entrar, levanta una ceja como si fuéramos empleados llegando tarde a una junta.

—Bien. —Su voz truena—. ¿Me explican qué demonios es lo que acabo de leer en mi correo?

Trago saliva.
Rinto se acomoda la camisa.
Yo doy un paso al frente.

—Lo suspendieron del puesto de vice-residente porque su padre le mandó un golpe a la cara —resumo… tal vez demasiado directo.

—Sora —murmura Rinto, dándome un golpecito en el brazo.

—¿Qué? —me defiendo—. No voy a adornarlo.

Rikuya entrecierra los ojos.

—Empiecen desde el principio y quiero escuchar todo.

Así que empiezo.
Le cuento lo que pasó desde que apareció el mensaje, cómo bajamos a la sala, cómo el asistente explicó la suspensión, cómo yo me enojé, cómo Rinto revisó sus correos intentando entender… todo con la respiración caliente en la garganta.

Rikuya escucha sin interrumpir, lo cual es peor, porque sé que cuando guarda silencio así es porque está apilando furia.

Cuando termino, él parpadea una sola vez.

—Bien. Entonces explíquenme por qué Rinto tiene el pómulo hinchado —dice con voz peligrosamente suave—. ¿Qué fue eso?

El corazón me brinca.
Yo abro la boca antes de que Rinto pueda inventar una versión diplomática.

—El presidente Minato trató de golpearme a mí.

La reacción es inmediata.
Rikuya se pone de pie tan rápido que la silla se desliza hacia atrás y golpea la pared.

—¿¡ÉL QUÉ!?

Ay, no.
No, no, no.
Esto es exactamente lo que temía.

—¡Papá, espera! —me adelanto y le pongo las manos en el pecho para que no salga disparado por la puerta—. ¡No fue así! Bueno… sí intentó golpearme, pero Rinto se metió y por eso tiene el pómulo así.

Rikuya gira la cabeza hacia Rinto tan rápido que me da miedo que se le rompa el cuello.

—¿Él te golpeó?

—No fue un golpe directo —interviene Rinto con calma casi ridícula—. Yo me interpuse para evitar que tocaran a Sora, solo fue un roce fuerte pero estoy bien.

—¡No estás bien! —respondo indignado.

Rikuya respira por la nariz como un toro antes de embestir.

—Ese malnacido… —susurra.

—¡Papá! —lo detengo otra vez—. Suspenderlo también fue por eso porque él le gritó a Minato por defenderme lo cual vieron como “inestabilidad emocional”.

Rikuya se pasa las manos por el cabello, frustrado.

—Inestabilidad mis... —muerde la lengua al recordar que estoy enfrente—. Ese consejo está lleno de cobardes.

Itsuki aparece en la puerta, inquieto.

—Amor… por favor no destruyas la casa —dice con voz dulce.

—No prometo nada —responde Rikuya sin dejar de mirar a Rinto.

Luego respira profundo como si intentará contener todo el enojo en si mismo.

—Bien. ¿Qué dicen los otros correos? —pregunta al fin.

Rinto da un paso adelante, serio, totalmente profesional pese al estrés.

—El primer correo menciona “preocupación por conducta reactiva”. El segundo dice que habrá una evaluación psicológica obligatoria antes de reinstalarme. El tercero insiste en que mi suspensión no afecta mis beneficios laborales, pero que requieren una reunión presencial con la junta si quiero apelar.

Rikuya aprieta los dientes.

—¿Y quién firma esos correos?

Rinto baja la mirada.

—Mi padre y dos miembros menores del consejo.

El silencio es tan pesado que casi ahoga.

Yo veo a mi papá.
Mi papá ve a Rinto.
Rinto mira el piso.
Y yo… siento que esto apenas está comenzando.
Rikuya vuelve a sentarse, pero no porque esté tranquilo.
Se nota.
La forma en que tamborilea los dedos sobre el escritorio es la antesala de un terremoto.




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