Cuando Rikuya dice “no va a ser fácil”, siento cómo se me aprieta el estómago, como si esas palabras hubieran sido dirigidas directamente a mí, aunque claramente estaban dirigidas a Rinto.
Mi papá nos da un gesto con la mano para que salgamos, una especie de “ya basta por hoy” elegante, pero también muy “si se quedan un segundo más, voy a seguir interrogándolos”. Así que Rinto y yo nos levantamos.
Itsuki nos sonríe desde el marco de la puerta, con esa ternura suya que no sabe controlar cuando está nervioso.
—¿Quieren té? —pregunta, porque es su forma de procesar el drama.
—Estamos bien, pa —digo mientras le doy un beso en la mejilla.
Rinto le hace una leve reverencia, porque es Rinto.
Salimos de la oficina de Rikuya y cierro la puerta detrás de nosotros, sintiendo cómo el aire vuelve a entrar a mis pulmones de golpe.
Me apoyo contra la pared del pasillo.
—No puedo creer todo lo que le dijiste —susurro.
Rinto suspira, se frota la nuca y me mira de reojo, como si de repente se diera cuenta de lo que hizo.
—Yo tampoco —dice con una risa suave—. Pero era necesario.
—¿En serio vas a dejar tu empresa familiar… por mí? —pregunto bajito.
—No solo por ti —responde—. Pero sí… tú eres una parte muy grande de la razón.
Mi corazón se derrite de manera muy poco digna.
—Rinto…
Él se acerca despacio, como si tuviera miedo de que yo retrocediera, cosa que obviamente no hago.
—Sora —dice, susurrando—. No quiero que vuelvas a sentirte inseguro… o en peligro… por causa de mi familia y si tengo que empezar desde cero para eso… lo haré.
Me da ganas de abrazarlo tan fuerte que desaparezca dentro de mis brazos.
—Solo que… —continúa—. Necesito que confíes en mí, incluso si las cosas se ponen complicadas.
Yo lo miro directo a los ojos.
—Ya confío en ti.
Rinto sonríe un poco, como si esas palabras fueran más grandes de lo que parece.
Nos quedamos allí un rato, respirando juntos, sin necesidad de estar abrazados, ni tomados de la mano, solo… la sensación de estar conectados.
Hasta que, claro, escuchamos la voz de mi papá desde adentro:
—¡Y no olvides enviarme esos correos HOY, Rinto!
Rinto se endereza del susto.
—Sí, señor —responde al instante.
Yo rodé mis ojos.
—Ni te esfuerces —susurro—. Se hace el duro pero le caes bien.
—…¿Eso crees?
—Es obvio. Si no le cayeras bien, ya te habría echado a patadas.
Rinto se ríe bajito.
—Bueno… menos mal.
Vamos hacia la entrada de la casa, listos para irnos cuando Rikuya vuelva a llamarnos desde la oficina:
—¡Y Sora!
—¿Qué? —respondo sin volverme.
—No golpees nada ni a nadie.
—¡No pienso golpear nada!
—Te conozco.
—¡No lo haré!
—Ajá.
Suspiro.
Rinto se tapa la boca para no reírse.
Ya afuera, caminamos hacia el auto donde el asistente está esperando con cara de “por favor ya vámonos antes de que me dé un ataque”.
—¿Nos vamos, jóvenes? —pregunta nervioso.
—Sí —dice Rinto—. Gracias por esperar.
El asistente arranca.
Yo me acomodo junto a Rinto en el asiento trasero, en plan “no quiero estar lejos de ti ni medio centímetro después de lo que acabamos de vivir”.
Rinto revisa sus correos otra vez y yo, sinceramente, estoy tan cansado que dejo caer la cabeza sobre su hombro.
—¿Qué dicen? —pregunto, con los ojos cerrados.
—Muchos mensajes internos del consejo… varios directivos preguntando si estoy bien… y uno de Recursos Humanos recordándome que la suspensión implica evaluación.
Abro los ojos.
—¿Perdón?
—Supongo que es parte del procedimiento cuando se reporta un comportamiento violento.
—¡NO fuiste tú el violento! —me quejo.
—Pero fui parte del incidente —dice tranquilo.
—¡Pero te golpearon!
—Igual aplica.
Gruño.
Literalmente gruño aunque es en voz baja intentando que no se note lo enojado que estoy.
Rinto sonríe un poco, como si me encontrara adorable.
—Sora —me dice con voz tranquila—. Estoy bien.
—No lo estás.
—Estoy contigo y eso es más que suficiente.
Cierro los ojos con fuerza porque si no lo hago voy a llorar ahí mismo.
—No quiero que sufras más por mi culpa —susurro.
Él ladea la cabeza y me mira, suave.
—No estoy sufriendo. Estoy tomando decisiones.
—Pero decisiones que te ponen en riesgo…
—Sora —me interrumpe—. Te lo dije, estoy dispuesto a perderlo todo… menos a ti.
Me cubro la cara con las manos, porque mis sentimientos ya están al borde de desbordarse.
—No digas cosas así…
—¿Por qué?
—Porque me enamoro más.
—…¿Eso es malo? —pregunta con esa voz dulce que me destruye.
—Es peligrosamente bueno.
—Entonces también me gusta.
Levanto la mirada y él está… sonriendo.
Sonriendo de ese modo pequeño, sincero, tímido que Rinto no muestra con nadie y yo…no puedo evitar caer más.
Llegamos a casa sin decir mucho más. El asistente nos desea suerte y se va casi huyendo, osea lo entiendo pobrecito, ha visto más drama en veinticuatro horas que en su año completo de trabajo.
Rinto y yo cruzamos la puerta y él suspira.
—Hoy… fue mucho.
—Demasiado —respondo.
Me acerco, lo tomo del rostro con cuidado y rozo su pómulo hinchado.
—¿Te duele?
—Un poco —admite.
—Lo siento… por todo esto…
—No es tu culpa, Sora.
—Aun así…
—Aun así nada —me dice, tomando mi mano
Me derrumbo contra él, solo para abrazarlo fuerte. Él me envuelve también, como si no planease soltarme nunca.
—Estoy enamorado de ti —me sale, bajito, temblando.
Rinto se queda quieto… y después me abraza aún más fuerte.
—Yo también te amo, Sora.
Mis rodillas casi fallan.
Es tan suave.
Tan simple.
Tan real.
Él me besa la frente y luego los labios , tan despacio y con una suavidad que me hace sentir que el mundo está bien, aunque no lo esté.