Nunca pensé que volver a esta casa me iba a pegar así.
Estoy parado en la sala que solía ser “la casa de Rinto”, mirando alrededor como si fuera un museo abandonado. El eco que queda cuando ya no vives en un lugar es incómodo, como si te recordara que hubo una vida completa aquí… y que ya no nos pertenece.
Bueno.
No le pertenece.
Después de estos 90 días, Rinto dejó oficialmente la corporación Minato’s. Su renuncia se volvió válida ayer, y desde esta mañana estamos terminando de empacar lo último para mandarlo al departamento nuevo.
Nuestro departamento.
Suspiro y acomodo la caja que tengo en las manos, tiene algunos libros pesados de esos que Rinto compra pero nunca termina porque se queda dormido a la mitad de la lectura.
—No hagas esa cara —dice Rinto desde el pasillo, cargando otra caja con una sola mano—. Te juro que no están tan pesados.
—Son como diez diccionarios… —murmuro.
—Son guías financieras —me corrige.
—Diccionarios —le respondo.
Él sonríe apenas, un gesto chiquito que casi no se nota, pero que significa mucho más de lo que parece. Hoy es un día extraño para él, eso lo sé, después de todo dejar la empresa no es cualquier cosa, menos aún cuando su nombre estaba escrito en las paredes de cada maldito piso.
Rinto deja la caja cerca de la puerta y respira profundo. Lo conozco lo suficiente para saber que está luchando contra pensamientos que no dice.
—¿Quieres descansar? —pregunto, acercándome.
—Estoy bien. —Lo dice rápido.
—Mentira —le digo sin dudar.
Se queda quieto para luego deja caer los hombros como si hubiera perdido una batalla silenciosa.
—Es raro… —susurra—. Caminar por mi propia casa sabiendo que ya no es… mía y aún así sentirme libre.
Me acerco y le tomo la mano mientras el aprieta la mía con algo de fuerza como si necesitara un ancla.
—Estás empezando algo tuyo —le digo—. No hay nada más digno que eso.
Él baja la mirada un momento.
—¿Y si no soy suficiente? —murmura.
Me acerco más para jalarlo hacia mí, lo abrazo por la cintura, apoyando mi frente en su pecho.
—Rinto… tú nunca fuiste insuficiente, solo fuiste… atrapado, obligado y probablemente controlado pero nunca insuficiente.
Él me rodea con los brazos, lento, como si temiera romperme.
—Tengo miedo —admite en voz baja—. No por mí si no por ti, no puedo ni quiero fallarte.
—No tienes que demostrarme nada —le digo, sin soltarlo—. Yo no me enamoré del vicepresidente de Minato’s, me enamoré de ti.
Rinto se tensa un segundo, como si esas palabras le temblaran por dentro y luego me abraza más fuerte.
—Gracias… —murmura contra mi cabello—. Gracias por quedarte conmigo incluso cuando no tengo nada seguro que ofrecerte.
—Cállate —le digo con cariño, levantando la cabeza para mirarlo—. Tienes a tu favor que cocinas bien y eres guapo, ya con eso sobrevivimos.
Él ríe.
Suena algo cansado, pero totalmente real.
---
—Sora —dice unos minutos después, cuando el abrazo ya se ha convertido en un remolino cálido de silencio—. Estás aplastando mis guías financieras.
—Son diccionarios —corrijo.
—No lo son.
—Bueno, depende de cuánto los uses —digo, separándome.
—Sora…
—¿Sí?
—Gracias.
Lo miro. Y ahí está esa mirada suya… la que siempre me deja sin aire.
—De nada —susurro.
---
Seguimos empacando. Bueno, yo empaco. Rinto organiza las cajas con la precisión maniática de alguien que necesita controlar algo, lo que sea, en un día como este.
—¿Qué hacemos con esto? —pregunto levantando una bufanda que encontré metida atrás del sofá.
—Tírala —dice sin pensar.
—Es tu favorita.
—Era. —Se detiene, frunce el ceño—. ¿Por qué estaba atrás del sofá?
—No sé. Tú haces cosas raras cuando estás muy estresado.
Él suspira.
—Guárdala.
Sonrío.
---
Cuando estamos guardando los últimos objetos de la cocina, me doy cuenta de que hay algo que él no ha querido tocar.
La taza.
Esa taza negra con iniciales doradas que usaba todos los días.
La heredó de su madre.
Nunca la prestaba.
Ni siquiera la dejaba en el lavavajillas. La limpiaba él mismo.
La observo. Él también la mira.
—¿Quieres que la lleve en mano al departamento? —pregunto suavemente.
Rinto niega con la cabeza.
—No. —Toma la taza con extremo cuidado—. Esta… va conmigo.
Y la guarda en una caja aparte.
Una que él mismo lleva hasta la entrada.
---
—¿Crees que nos falte algo? —me pregunta después de un rato, mirando el lugar vacío.
Yo miro las paredes desnudas.
Las ventanas abiertas.
El eco hueco.
—No —respondo—. Creo que ya nos llevamos todo.
Se queda pensativo, luego murmura:
—No. Lo más importante me lo estoy llevando conmigo.
Y me mira.
Me sonrojo tan rápido que me odio.
—¡Rinto! ¿Por qué dices esas cosas sin avisar?
—Porque es verdad —contesta sin ningún pudor.
Me cubro la cara con las manos.
—¡Déjame! Estoy vulnerable.
Él sonríe.
—Vamos, Sora. El camión llegará en media hora. Y Itsuki va a matarnos si llegamos tarde a cenar.
—Tiene preparado algo… ¿verdad? —pregunto con resignación.
—Sí. —Rinto asiente—. Y dijo “que no vengan con estómagos vacíos porque hoy se come como si estuvieran celebrando una coronación”.
—¿Por qué… es así? —suspiro.
—Te ama —contesta Rinto, ahora serio—. Y yo estoy muy agradecido por eso.
Lo miro.
Y en ese momento, entre cajas, polvo y un futuro incierto…
Me doy cuenta de algo.
Este no es el final de una etapa.
Es el comienzo de la primera que es solo nuestra.
—Vámonos —le digo.
—Vámonos —responde.
Cerramos la puerta detrás de nosotros.
Y se siente, por primera vez en mucho tiempo…
Como libertad.
El problema de ir manejando con Rinto a mi lado es que a veces me distrae. No haciendo nada, ¿eh?
Solo… existiendo.
Respira y yo ya pierdo el 20% de mi capacidad cognitiva.