Un desastre elegido

30

Han pasado exactamente siete días desde que nos mudamos… y creo que estoy perdiendo un poco la cordura y no en un mal sentido, bueno, tal vez sí un poco en un mal sentido.

Lo peor es que Rinto no tiene idea o al menos eso espero, porque si ya se dio cuenta me va a dar algo.

La casa rosada es hermosa, tranquila, cálida… pero vivir aquí es MUY distinto a vivir en la casa enorme donde estábamos antes, y ni hablar de la casa de mis papás. Aquí no hay asistente que pase a dejar comida, ni servicio de limpieza, ni nada que mágicamente aparezca sin que yo lo note.

Aquí… hacemos todo nosotros y yo no soy malo… pero tampoco soy exactamente un ejemplo de adulto funcional.

Este día comenzó como los últimos siete: conmigo despertando cinco minutos tarde porque no escuché la alarma, saltando de la cama como si el mundo se acabara y saliendo al pasillo mientras me pongo la sudadera.

—Sora —escuché la voz calmada de Rinto desde la cocina—. Le pusiste demasiado jabón a la lavadora. Otra vez.

—¿Qué? ¿Cómo lo sabes?

—Porque están saliendo burbujas por debajo —respondió.

Me asomé por la esquina.
Sí.
Eran burbujas.
De nuevo.

¡Rayos!

—No entiendo por qué ese aparato me odia —murmuré.

Rinto dejó la espátula, se acercó y me dio un beso en la frente como si estuviera medicándome.

—No te odia, solo necesita una cucharada no cinco.

—Cinco es un número bonito…

—No cuando quieres lavar ropa.

Suspiré dramáticamente.

Tomo el asiento a su lado en la mesa mientras desayunamos rápido, bueno, desayunó rápido él. Yo solo bebí café porque no tenía hambre de los nervios. Teníamos que ir al súper después de clases y yo ya estaba mentalmente preparando mi lista porque NO PODÍA olvidar nada, si olvidaba una sola cosa, iba a ser un infierno tener que regresar.

Ahora que vivimos aquí tenemos que hacer las compras nosotros dos, pero siento que recae más en mí porque quiero ayudarle, no quiero que él sienta que todo cae sobre sus hombros pero comprar es cansado y usar el autobús es peor.

Antes, la casa estaba en una zona donde podías caminar a la plaza o agarrar un taxi del servicio de la empresa sin pagar pero aquí no: aquí todo queda más lejos, y Rinto está usando el coche estos días porque está haciendo trámites para su nueva empresa.

Así que he tenido que aprender a usar el autobús.

El autobús.

EL.
AUTOBÚS.

—Mi amor —dijo Rinto mientras se acomodaba la corbata frente al espejo—, hoy te puedo dejar si quieres.

—¡No! —respondí demasiado rápido—. Yo puedo, ya hasta sé cuál asiento no debo elegir para que no me maree.

—¿El que está junto a la ventana?

—El que está frente al tipo que siempre escucha música sin audífonos —gruñí—. Ese señor quiere que nadie en ese autobús sea feliz.

Rinto se rió tranquilamente, como siempre. Él podía reírse de todo Pero yo no por cual la del estrés.
No sé quién inventó los camiones urbanos, pero seguro era un Alfa con resentimiento social.

Salí de la casa, aún con el cabello medio húmedo, y me quedé viendo el coche estacionado frente al jardín.

Ahí.
Reluciendo.
Perfecto.
Disponible como si quisiera seducirme pero no, no puedo gastar gasolina como si viviera con mis papás.

Suspiro.

—No puedes mirarme así —le digo al coche—. No soy tan débil.

Spoiler: sí soy.
Pero no hoy.

Camino a la parada del autobús, que está a tres cuadras ¡Tres! Dios mío, ya estaba sudando y apenas eran las 7:30 y como si el universo supiera que estoy sufriendo, me manda a Nao.

Nao, mi beta favorito, aparece saliendo de una tienda de conveniencia con un pan y un café.

El cree que no lo sé pero estoy seguro que camina desde su casa hasta aquí solo para asegurarse que no muera de un vómito insoportable en el autobús.

¿cómo lo sé?
para empezar el ni vive cerca de aquí pero aún así aparece cerca desde que le dije en que me iría a la escuela.

—¡SO-RA! —grita, levantando la bolsa—. ¿Qué haces? ¿Te robaron el coche? ¿Se incendió? ¿Lo vendiste por desesperación?

—Es lunes, Nao —murmuro—. No estoy emocionalmente equipado para tus teorías.

El me analiza con su radar beta que nunca falla.

—Ah —dice entonces—. ¿Autobús?

—Autobús —repito con el mismo tono que usaría para decir “enfermedad terminal”.

Nao me pasa su pan como si fuera consuelo.

—Toma, es de oferta, está bueno.

—Nao… —lo miro—. Esto está duro.

—Es pan firme.

—Es un arma blanca.

—Entonces te protege en el autobús.

No pude evitar reír.

El autobús llegó con el ruido de mil maldiciones mecánicas No me quedó más adopción que subir si quería llegar a tiempo.

Primero, fue el olor, luego, la vibración y después, la sensación inequívoca de que alguien me estaba viendo demasiado.

—Odio esto —murmuré agarrándome del tubo.

—Te acostumbrarás —dice Nao.

—No quiero.

—La adultez es esto, Sora. Apretarte en un camión a las siete de la mañana y esperar lo mejor.

—¿Y si no quiero ser adulto?

—Muy tarde para eso, ya tienes casa y marido.

—Puedo divorciarme.

—Lo quieres lo suficiente como para no hacerlo así que tú vas a seguir usando el autobús hasta que terminen de ahorrar.

Puse cara de horror.

—Nao… esto es tortura emocional.

—NO, es la realidad financiera.

Hizo una pausa.

—Pero dime: ¿por qué no quieres usar la tarjeta de crédito de tus papás? Podrías no estar aquí, en este sauna con ruedas.

—Porque… —respiro hondo—. Quiero que Rinto y yo estemos a la par. Él lo perdió todo de un día para otro, yo no quiero estar viviendo como si nada hubiera cambiado porque no sería justo.

Nao me mira serio.

Demasiado para ser el un lunes.

—Eres un idiota muy bonito —dice—. Pero un idiota.

—Gracias por el “bonito”.

—No era un elogio, era un diagnóstico.

Llegamos al campus con vida como si de un milagro divino Se tratase, y viendo que sobreviví si lo fue.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.