Un desastre elegido

31

Han pasado casi seis meses desde que nos mudamos a esta casa.

Seis meses desde que declaré la guerra a la lavadora.
Cinco desde que entendí que la comida no se hace solo por mirarlo con una intensidad intimidante.
Cuatro desde que dejé de llamar a Nao cada vez que el aceite saltaba.
Tres desde que acepté que la Ruta 17 jamás dejará de ser mi enemiga natural.

Y hoy… hoy estoy cocinando pollo a la plancha.

Yo.

Sora Kyo

El mismo que una vez convirtió un sartén en arma biológica.

Miro el pollo con orgullo mientras lo aplasto un poquito con la espátula, sonriendo de estar feliz porque la comida ya no parece querer atacarme así que ya no me da miedo que termine pareciendo comida sacrificada. Incluso hice arroz blanco y no arroz blanco triste si no un arroz blanco bien hecho de esos que se despegan por sí solos de la olla y brilla de una blanco tan bonito que parece algo elegante.

—Mírame, mundo —murmuro mientras revuelvo la ensalada—. Soy funcional.

La cocina no responde, pero esta vez siento que me respeta.

La casa está tranquila mientras afuera el sol ya está bajando y las flores del jardín se mueven con el viento suave. Las bugambilias siguen tirando hojas como si tuvieran algo personal contra mí, pero ya no están solas, las pequeñas flores que sembramos también comienzan a soltar sus pétalos.

Escucho la puerta abrirse.

—Ya llegué —dice la voz de Rinto desde la entrada.

—Estoy cocinando, no te emociones demasiado —grito de regreso—. Todavía existe la posibilidad de que esto sea veneno.

Pero no recibo la respuesta tranquila de siempre.

Escucho pasos rápidos demasiado rápidos para ser Rinto Acompañados de un aroma bastante intenso.

Antes de que pueda reaccionar, aparece en la cocina con las mejillas rojas, el cabello un poco desordenado y la corbata medio floja parece agitado y eso da más miedo que cualquier otra cosa.

—¿Qué pasó? —pregunto de inmediato—. ¿Qué explotó? ¿La empresa? ¿El coche? ¿La economía?

Rinto me mira y, por un segundo, parece que no sabe por dónde empezar.

Luego sonríe pero no es cualquier sonrisa es la que da cuando algo va realmente bien o cuando me ve intentando cortar el pollo.

—Nos aprobaron el sistema.

Parpadeo.

—¿Qué?

—Hoy firmaron tres empresas —dice, acercándose un paso más—. Una constructora pequeña, una inmobiliaria y una empresa de logística. Las tres van a usar el programa.

Mi espátula cae de la mano directo al sartén.

—¡¿Qué?!

Él asiente rápido, casi nervioso de tanta emoción contenida.

—Y… después de pagar lo que debíamos, los programadores, los permisos y todo lo demás… quedó dinero, Sora ¡ Quedó dinero!

Yo lo miro.

Él mete la mano en el bolsillo del saco, saca el celular y me enseña la pantalla.

Hay demasiados números para mi cerebro cansado, pero alcanzo a entender lo importante.

—¿Eso… eso es real?

—Sí —dice, y hasta su voz tiembla un poco.

Lo miro otra vez.

QUEDO DINERO

Tal vez no sean millones ni de cerca pero sí suficiente para respirar. Suficiente para que todos estos meses de estrés, trabajo y noches sin dormir dejen de sentirse como una apuesta desesperada.

—Rinto… —susurro.

Él baja un poco la mirada.

—Es la primera vez desde que dejamos todo atrás que siento que de verdad vamos a estar bien.

Y ahí está, aquel momento raro, suave, que hace que esto se sienta como algo enorme porque yo estuve aquí cuando no tenía nada.
Cuando se dormía sobre la laptop.
Cuando fingía estar tranquilo aunque se notaba que estaba aterrorizado.
Cuando revisaba cuentas a las dos de la mañana creyendo que yo estaba dormido.

Así que dejo la cuchara, camino hasta él y lo abrazo fuerte.

—Sabía que lo lograrías —murmuro contra su cuello—. Eres insoportablemente inteligente, ¿sabías? A veces me dan ganas de golpearte con una cuchara de madera.

Él se ríe bajito y me abraza de vuelta.

—Eso no suena romántico.

—Para mí sí.

Siento cómo esconde la cara un segundo en mi hombro.

—La mitad es tuya —dice entonces.

Me separo un poco para mirarlo.

—¿Qué?

—La mitad —repite, suavemente.

Abro mucho los ojos.

—¡Rinto, no!

—Sí.

—¡No hicimos todo esto para que me mantengas!

—No te estoy manteniendo —dice con esa calma firme que usa cuando ya decidió algo—. Somos un equipo. Tú también trabajaste por esto.

—Yo solo…

—No digas “yo solo” —me interrumpe—. Tú me ayudaste todos estos meses, me ayudaste cuando estaba agotado. Cuando pensé que no podía hacerlo. Cuidaste la casa, te adaptaste a todo esto, me acompañaste aunque estabas asustado. Tú estuviste conmigo desde el principio.

Mi garganta se aprieta un poquito.

Porque él lo dice tan fácil como si de verdad creyera que todo eso vale lo mismo que construir una empresa.

—Pero…

—Es tuyo, Sora —dice otra vez—. Puedes guardarlo, gastarlo o comprar veinte plantas absurdas para el jardín si quieres.

Lo miro.

Luego sonrío despacito.

—Podría comprar muchas plantas.

—Lo sé.

—Y tal vez una cafetera nueva.

—También.

—Y quizá un pastel.

Él asiente solemnemente.

—Un pastel pequeño ya sabes del tamaño de nuestra estabilidad económica.

Ahora sí se ríe de verdad Y yo también porque después de mucho tiempo, siento que esta casa ya no parece algo prestado, si no parece que finalmente es algo nuestro.

Frunzo la nariz apenas termino de decirlo.

La mitad, tal vez no parezca mucho pero si lo es, demasiado considerando cuando gastábamos a la semana ahora y lo peor es que sé perfectamente que ese dinero no es realmente “libre”. Una parte va a tener que quedarse guardada para la empresa, otra para emergencias, otra para impuestos, otra para quién sabe qué cosas aburridas de adultos responsables.

Yo miro el celular otra vez y luego lo miro a él.




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