Un desastre elegido

32

La universidad estaba llena de ruido, gente y olor a café barato aunque claro yo también estaba lleno de algo, pero en mi caso era estrés, muchísimo estrés porque habían pasado tres días desde que decidí hablar con Rinto y tres días desde que NO hablaba con Rinto.

Cada noche me decía “hoy sí”, y luego él me sonreía, me preguntaba cómo me fue en la universidad, me abrazaba en la cocina mientras yo cortaba verduras con habilidad moderada y de repente ya eran las once de la noche y yo estaba acostado viendo el techo como un loco.

No era fácil.

¿Cómo se supone que uno saca ese tema casualmente?

“Hola, amor, pásame la sal y también hablemos de nuestros celos atrasados.”

No.

No podía.

Y ya estaba empezando a desesperarme porque mi cabeza era un zoológico de pensamientos ridículos.

Necesitaba hablar con alguien pero Nao no servía. Primero, porque era beta. Segundo, porque si le decía algo serio iba a empezar a burlarse de mí durante el resto de mi vida. Y tercero, porque no quería que cada vez que me viera dijera algo como “¿ya tuvieron su gran noche dramática de telenovela?”

Mi papá tampoco porque lo amaba, sí, pero eso terminaría en una charla de tres horas sobre salud emocional, comunicación, feromonas, hidratación, límites, prevención y probablemente una presentación de diapositivas invisible que solo existía en su cabeza.

Ayla era demasiado pequeña para esos temas en cambio Kai y Ren eran alfas y además unos exagerados emocionalmente. Si Les decía algo, iba a parecer que les confesé que me voy a lanzar a un volcán.

Así que aquí estaba.

Caminando por el edificio de administración con una botella de agua en una mano y mi dignidad cayéndose a pedazos en la otra porque si que había alguien más.

Alguien que tal vez podía ayudarme.

Leo.

Me parecía haber escuchado alguna vez que estudiaba contabilidad o algo de ese estilo aburrido, así que probablemente estaría cerca de esta parte del campus.

Lo malo era que no éramos exactamente cercanos.

Nos conocíamos, sí pero la única vez que habíamos hablado había sido hace casi siete meses y aun así, en este momento, me parecía menos humillante hablar con él que con cualquier otra persona.

Camino por el pasillo mirando placas de salones, grupos de estudiantes y carteles pegados en las paredes.

Mi aroma probablemente ya huele como un limón nervioso otra vez.

Genial.

Doblo una esquina y casi me choco con un chico cargando una caja de folders.

—Perdón —murmuro rápido.

—No pasa nada.

solo para seguir caminando.

Un salón de economía.

Otro de administración.

Una oficina de tutorías.

Encontrar a Leo fue mucho más fácil de lo que esperaba.

Tal vez porque resaltaba.

No por alto ni por guapo, aunque sí era alto y sí era guapo, sino porque tenía esa vibra de persona que parece estar pensando en algo más importante que el resto del mundo. Estaba saliendo del edificio de contabilidad con una carpeta bajo el brazo, el cabello un poco desordenado y una bufanda gris cubriéndole medio cuello aunque claramente ya no hacía tanto frío.

Me acerqué antes de arrepentirme.

—Leo.

Él levantó la vista y me reconoció después de un segundo.

—Sora, ¿no? —preguntó.

—Sí, hola… —me acomodé la correa del bolso en el hombro—. Esto va a sonar rarísimo, pero… ¿quieres comer algo?

Leo me miró en silencio, Parpadeó una vez, luego otra.

—¿Me vas a secuestrar?

—¿Qué? ¡No!

—Entonces sí, supongo.

La cafetería estaba medio vacía a esa hora, así que terminamos sentados junto a una ventana con dos bandejas horribles de comida universitaria y una bebida que honestamente parecía tener una guerra personal contra el sabor.

Leo se quitó la bufanda apenas nos sentamos y yo inmediatamente me concentré muchísimo en mi cuchara.

Muchísimo.

Demasiado.

Porque sí, definitivamente había marcas, pequeñas y rojizas, algunas más oscuras que otras.

Dios mío.

Ren parecía tranquilo pero aparentemente era un demonio.

—¿Entonces? —preguntó Leo después de unos minutos, apoyando la barbilla en la mano—. Porque dudo mucho que me hayas buscado solo para admirar la maravillosa pizza de cartón que sirven aquí.

—No estoy admirando nada —murmuré demasiado rápido.

Leo arqueó una ceja.

Yo me hundí un poco en mi asiento.

—Ok, sí estoy admirando algo pero no era mi intención y ahora me siento raro.

Él soltó una risa corta.

—Las marcas, ¿no?

Quise tirarme por la ventana.

—No tienes que decirlo así.

—Sora, estás mirando mi cuello como si escondiera secretos de estado.

Me tapé la cara con las manos.

—Perdón. Perdón muchísimo, es que… yo…

Leo me observó unos segundos más y luego su expresión cambió un poco a una menos divertida Pero más suave.

—¿Qué pasa?

Jugué nerviosamente con el tenedor.

—Yo… quería preguntarte algo.

—Pregunta.

—Pero no te burles.

—Depende de qué tan grave sea.

Lo miré mal.

Él sonrió apenas.

—Está bien. No me burlaré.

Respiré hondo.

—Rinto y yo no… bueno… nosotros nunca…

Las palabras se me atoraron tan horrible que sentí que mi dignidad abandonaba mi cuerpo y salía caminando de la cafetería aún así Leo esperó Y esperó. Y siguió esperando.

—Nunca tuvimos una noche de bodas —solté finalmente, bajito—. Ni nada de eso.

Leo no se sorprendió, ni siquiera un poco.

—¿Por decisión mutua?

Asentí.

—Él me dijo que no quería que yo sintiera que tenía que hacerlo por obligación y después… no sé. Pasaron demasiadas cosas, la mudanza, la empresa, la escuela. La vida explotando.

Leo jugueteó con su vaso.

—Pero ahora sí quieres.

No era una pregunta.

Era una sentencia y odio que las personas perceptivas existan.

—Yo… no sé —mentí fatal.

Leo soltó una risa suave.




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