La gente cree que los Omegas somos delicados como cristal o seda, algo que se rompe si levantas mucho la voz.
Yo soy más bien un ladrillo.
Pesado, agrietado y con suficientes golpes encima como para devolver alguno si me lanzan contra la pared.
No necesito una alarma.
Tengo deudas.
Eso funciona mejor que cualquier tono de teléfono.
Me despierto antes de que amanezca, con el corazón latiendo demasiado rápido y esa presión constante en el pecho que ya se volvió parte de mi anatomía como si el mundo entero estuviera esperando el momento exacto en que me distraiga para terminar de aplastarme.
Son las cinco de la mañana.
A las seis debo estar detrás de la barra de la cafetería del campus. A las ocho empiezan mis clases, después vienen el restaurante, las tutorías ocasionales, y si tengo suerte o muy mala suerte, el turno nocturno en el bar.
Dormir ocho horas es una fantasía burguesa.
Me levanto sin hacer ruido, aunque no haya nadie a quien despertar. La costumbre de no llamar la atención se me quedó pegada desde hace años, como humedad en las paredes.
Mi departamento es poco más que una caja de zapatos cara, una cama individual pegada a la pared, un escritorio rayado lleno de apuntes, una silla que amenaza con morir cada vez que me siento, un microondas y un refrigerador que zumba más de lo que enfría. Todo cabe en una sola mirada y, sinceramente, eso me gusta.
Aquí no hay fotos.
No hay recuerdos.
No hay nada que me haga pensar en la casa que mis padres dejaron atrás ni en las deudas que me heredaron con la misma facilidad con la que abandonaron a sus hijos.
Solo estoy yo y el eco de mis propios pasos.
Me pongo la camiseta negra del trabajo, todavía impregnada de café rancio y vapor de leche quemada.
No tuve tiempo de lavarla anoche.
No tuve tiempo de nada anoche.
Salgo al aire helado de la mañana con una botella de agua medio vacía en la mano.
El frío de la ciudad a estas horas tiene esa cualidad desagradable de colarse por la ropa y morderte los huesos aunque al menos me mantiene despierto.
Camino los veinte minutos hasta el campus con las manos enterradas en los bolsillos de la sudadera sintiendo como propio aroma se filtra a través de la tela pese al bloqueador de feromonas: dulce, afrutado, como uvas demasiado maduras.
Lo detesto.
Es un olor demasiado evidente como si mi cuerpo insistiera en anunciarle al mundo algo que yo llevo años intentando minimizar.El bloqueador barato me arde en la nuca, pero es mejor eso a soportar miradas largas o alfas creyendo que tienen derecho a acercarse porque detectaron azúcar en el aire.
Hoy el olor se siente un poco más fuerte.
Estrés, quizá o mi ciclo acercándose para arruinarme la semana.
Cuando llego, las luces del campus todavía están tenues y la cafetería ya tiene el movimiento habitual de cadáveres funcionales: estudiantes somnolientos, profesores con cara de divorcio y alfas ocupando más espacio del que les corresponde por puro talento natural.
—Buenos días, Leo —dice la supervisora.
—Buenos días.
Mi voz sale plana, sin energía, como casi todo en mí a esta hora.
Me ato el delantal, enciendo la máquina de espresso y dejo que las manos trabajen solas.
He aprendido a dividir el cerebro en compartimentos.
Uno para servir café.
Uno para memorizar fórmulas.
Uno para calcular cuánto dinero me falta esta semana.
Y uno muy pequeño para no colapsar en público.
Un grupo de alfas entra riendo demasiado fuerte, no necesito mirarlos para sentir cómo mi espalda se pone rígida, no es por miedo exactamente es más bien ese reflejo viejo, podrido, aprendido a fuerza de experiencias desagradables que me gritan que mantenga la distancia.
Uno se recarga sobre la barra.
—Un latte doble, cargado.
Ni siquiera me mira a la cara como si yo fuera parte de la cafetera.
Preparo la bebida, la entrego, cobro y paso al siguiente.
La mañana transcurre así entre cafés, órdenes, billetes húmedos, olor a colonia masculina y la sensación de que todos tienen una vida menos agotadora que la mía.
A las ocho cierro caja y salgo prácticamente corriendo hacia el edificio de clases.
El olor a café viejo se quedó pegado a mi ropa aunque mi aroma propio intenta abrirse paso debajo.
Maravilloso.
Huelo a cafetería frutal deprimida.
El salón de clases huele a desinfectante barato y a ansiedad académica, los demás se acomodan en grupos mientras voy a mi sitio de siempre, la esquina del fondo junto a la ventana rota.
Una chica beta me sonríe cuando paso.
—Hola, Leo.
Asiento apenas.
No porque me caiga mal, solo porque si uno empieza a contestar saludos, la gente agarra confianza., después hacen preguntas, después quieren amistad, después esperan cosas y yo ya tengo suficientes obligaciones financieras como para además adquirir obligaciones emocionales.
El profesor habla una hora y media para luego tirar un Examen sorpresa aunque lo termino primero así que Recojo mis cosas y salgo antes de que alguien intente socializar conmigo.
El restaurante es igual de insoportable, solo que con mejores cubiertos aunque sonrió porque me pagan por hacerlo, cargo platos, finjo paciencia y dejo que el tiempo me mastique vivo hasta las cinco de la tarde.
A las cinco vuelvo a clases.
A las siete y veinte llego a mi departamento.
Caigo sobre la cama sin quitarme los zapatos y me quedo mirando la grieta del techo la cual a veces fantaseo con que se abra y me trague completo sería eficiente.
Deudas, trabajos, universidad, soledad… todo resuelto en una sola caída.
El celular vibra antes de que pueda seguir dramatizando.
“Tenemos espacio en el bar hoy. Puedes venir a las nueve.”
Respiro hondo.
La vida nunca me da tiempo suficiente para pensar solo para seguir.
Me pongo otra chaqueta y salgo de nuevo.
El bar siempre huele a lo mismo: alcohol barato, perfume caro y desesperación cruda.
No me molesta.
Es un olor más honesto que el de la universidad.
En el campus todos pretenden que tienen futuro, amigos, familias funcionales y sueños alcanzables al menos aquí no, aquí todos vienen a olvidar algo, aunque sea por unas horas y yo solo estoy aquí porque olvidar no paga cuentas, pero servir tragos sí.
Llego cinco minutos antes de mi turno, como siempre, no por que esté entusiasmo si no más bien por costumbre.
La puntualidad es una de esas pequeñas virtudes miserables que desarrollas cuando sabes que perder un trabajo significa perder también una comida, una cuota o la tranquilidad de no recibir amenazas por teléfono.
El encargado apenas me mira cuando entro.
—Buenas, Leo. Hoy cubres la barra y una mesa VIP si se llena.
—Ajá.
No necesito más instrucciones.
Me amarro el mandil negro, acomodo los vasos, reviso las botellas y entro bajo las luces neón que convierten todo en una versión barata de una fiesta. La música está demasiado alta desde antes de que el lugar se llene y el piso ya tiene esa textura pegajosa que nunca desaparece del todo.
Viernes.
Eso significa gente ebria, alfas creídos y propinas variables según cuánta paciencia me quede.
Las primeras dos horas pasan en automático.
Vodka tonic.
Whisky doble.
Ron con cola.
Gin.
Cerveza.
Mi cuerpo trabaja mientras mi cabeza está en otra parte, repasando mentalmente, cuánto debo separar para la renta y cuánto tendría que juntar para el siguiente pago con Haru.
La cifra nunca mejora solo cambia de forma.
—Oye, guapo.
Ignoro la voz.
—Guapo, te hablo a ti.
Levanto la vista apenas lo suficiente para encontrarme con un alfa sonriente, de esos que creen que enseñar los dientes cuenta como encanto. Lleva el cuello de la camisa abierto y huele a colonia demasiado cara para el lugar.
—¿Qué va a ser? —pregunto.
Él se ríe, como si mi sequedad le pareciera un reto.
—Primero tu nombre.
—No está en el menú.
Sus amigos sueltan una carcajada detrás de él.
El alfa inclina la cabeza.
—Frío como me gustan.