Un Desastre Inevitable

1

Entre la cafetería del campus, las clases, el restaurante y los turnos ocasionales en el bar, mi vida se parece más a una cadena de producción que a una existencia humana decente. Despierto, trabajo, estudio, corro, vuelvo a trabajar y en algún punto intermedio recuerdo que también necesito respirar aunque después se me pasa.
No tengo tiempo para hacer amigos.
No tengo tiempo para esas ridiculeces universitarias que parecen tan importantes para el resto del alumnado, como quedarse conversando en los pasillos, asistir a fiestas de fraternidad o fingir que una mala calificación es el fin del mundo.
Mi fin del mundo tiene intereses acumulados y cobradores semanales así que no, definitivamente no tengo tiempo.
Salía de la cafetería con las manos todavía impregnadas de café y jabón industrial cuando lo sentí por primera vez.
No lo vi pero no hizo falta, su aroma llegó primero.
Una fragancia cálida, profunda, con ese fondo terroso y limpio que tienen algunos alfas cuando nacieron con la genética demasiado convencida de su propia superioridad. Era un aroma fácil de distinguir incluso entre el humo de los carros, la comida grasosa de los puestos ambulantes y el olor permanente a libros húmedos del campus.
Fruncí el ceño y seguí caminando.
Los alfas están en todas partes así que eso no significaba nada.
Crucé el patio central, subí las escaleras del edificio de contabilidad y entré al salón con la misma prisa automática de todos los días, más pendiente del examen de estadística que tendría en una hora que de cualquier otra cosa sin embargo, cuando me senté en mi lugar habitual junto a la ventana y abrí los apuntes, volvió.
Ese mismo aroma.
Más tenue esta vez, pero reconocible.
Levanté la vista apenas por encima del cuaderno solamente para encontrarme con filas de estudiantes acomodándose, un par de betas bostezando, dos alfas discutiendo sobre un partido del fin de semana y el profesor aún sin llegar.
Tal vez me estaba sugestionando.
Volví a bajar la mirada.
dos horas después, cuando salí hacia el segundo edificio para la siguiente clase, el olor apareció otra vez detrás de mí.
No parecía estar cerca o al menos no lo suficiente como para considerarlo una invasión, solamente estaba… ahí.
Persistente como una presencia que no terminaba de decidirse a manifestarse.
Apreté los labios.
Una coincidencia, pensé pero dichas coincidencias siguieron durante toda la mañana.
Lo sentí en el pasillo del laboratorio, en las escaleras, frente a la biblioteca, incluso cuando salí del aula y atravesé el área de talleres para acortar camino.
Cada vez que creía haberlo perdido, el maldito aroma regresaba unos metros detrás, como una sombra con glándulas funcionales.
Para el mediodía ya estaba irritado, no porque me asustara.
Asustarme requería energía y yo ya iba escaso de eso.
Me irritaba porque estaba cansado, porque llevaba desde las cinco de la mañana despierto, porque todavía tenía que comprar los medicamentos de Lia antes de visitar el hospital y porque no hay nada más insufrible que sentirte observado cuando bastante esfuerzo haces para no desmoronarte sin público.
No me giré.
Me negué a girarme.
Dar atención a un alfa desconocido es como alimentar palomas: aparece una y de pronto tienes veinte encima creyendo que les perteneces.
Así que seguí con mi día, fingiendo que no me importaba mientras por dentro iba acumulando una molestia densa, pegajosa, lista para explotar contra el primer imbécil disponible.
Cuando terminé la última clase ya estaba anocheciendo así que mis apuntes, me colgué la mochila al hombro y salí del edificio con la lista mental de siempre, farmacia, hospital, volver a casa quince minutos, cambiarme e ir al bar si me confirmaban turno.
Mi existencia cabía perfectamente en listas de pendientes, ni siquiera me dio tiempo de avanzar media cuadra cuando el aroma volvió a pegarse a mi espalda.
Esta vez solté el aire por la nariz.
Lento.
Contando hasta tres para no girarme y mandar al demonio a quien fuera.
Seguí caminando hasta la farmacia de la esquina, compré el analgésico que Lia necesitaba, pagué con dinero que honestamente debía estar guardando para la renta y salí con la bolsa de medicamentos crujiendo entre mis dedos.
Mi celular vibró justo entonces.
Miré la pantalla y sentí cómo el agotamiento mutaba inmediatamente en fastidio.
Haru.
Contesté sin detenerme.
—¿Qué?
Del otro lado hubo un pequeño bufido.
—Qué amable como siempre. Ya casi siento que me aprecias.
—¿Ya lo tienes? —preguntó enseguida, ignorando mi tono.
Miré el interior de mi cartera aunque sabía perfectamente cuánto había.
Billetes contados, unas monedas miserables y un recibo arrugado del supermercado.
—La mitad —respondí.
Haru guardó silencio un momento.
Pude imaginármelo masajeándose el puente de la nariz como hacía cada vez que yo no completaba.
—Leo, sabes que no depende de mí.
—Y tú sabes que no fabrico dinero en el baño de la universidad.
—Los jefes no van a querer escuchar excusas.
Solté una risa seca.
—Perfecto, porque yo tampoco quiero escucharlos a ellos.
Doblé la esquina con la bolsa apretada contra el pecho y entonces, otra vez, ese aroma.
Más cerca.
Mi paciencia, que ya estaba sostenida con cinta adhesiva, empezó a deshacerse.
—Mi hermana esta en el hospital —murmuré entre dientes—. Compré sus medicamentos con lo que me faltaba para la renta. Perdóname si no estoy en ánimo de cooperar con el crimen organizado.

Haru suspiró del otro lado.
Con él las conversaciones siempre tenían ese matiz absurdo: seguía siendo un cobrador, pero al menos uno que ocasionalmente recordaba que yo era una persona y no una cuenta bancaria con piernas.
—Intentaré darte unos días —dijo al final.
Aflojé un poco los hombros.
—Gracias.
Colgué.
Me quedé quieto en mitad de la banqueta unos segundos, respirando con los ojos cerrados y sintiendo ese temblor infame instalarse en mis manos.
Cansancio.
Estrés.
Rabia.
Lo de siempre y detrás de mí, como si el universo no creyera que ya tenía suficiente encima, volvió a sentirse, algunos pasos, el olor, ahora incluso su presencia.
Abrí los ojos.
Esta vez no conté hasta tres.
Me giré de golpe.
—Ya deja de seguirme.
El hombre que estaba a pocos metros se detuvo como si acabaran de descubrirlo robando en una tienda.
Un alfa, alto, con una vestimenta que era todo menos impecable con su cabello rubio cayéndole apenas sobre la frente y una expresión de desconcierto tan genuina que por un segundo casi me hizo dudar… hasta que lo reconocí.
Ren Kyo.
Claro.
Por supuesto.
Porque si mi día iba a fastidiarme, tenía sentido que eligiera a uno de los alfas más conocidos de todo el campus.
Ren Kyo era de esos nombres que aparecían en todas partes sin esfuerzo: cuarto lugar general en calificaciones, capitán suplente del equipo de baloncesto, hijo de una familia obscenamente rica, cara habitual en eventos universitarios y poseedor de esa irritante facilidad social que hace que la gente quiera hablarle aunque no tenga nada interesante que decir.
En resumen: exactamente la clase de persona que me produce urticaria.
Lo miré de arriba abajo con una ceja alzada.
—¿Eh…? Yo no te estaba siguiendo —dijo.
La mentira fue tan torpe que hasta me ofendió.
Crucé los brazos sobre el pecho.
—Tu aroma lleva persiguiéndome desde esta mañana aunque intentes guardar distancia, sigo siendo omega, no un mueble sin olfato.
Ren abrió la boca, la cerró y parpadeó varias veces como si no hubiera preparado un discurso para el momento de ser descubierto acosando discretamente a alguien.
Qué tragedia.
—Yo solo quería hablar contigo.
Solté una risa breve, sin humor.
—Déjame adivinar. ¿Te parecí interesante? ¿Lindo? ¿Un omega con cara de pocos amigos es un desafío entretenido para el hijo perfecto de la universidad?
—¿Qué? No, yo no…
—Porque si es alguna variante de eso puedes ahorrártela —lo interrumpí—. Trabajo cuatro turnos, estudio gracias a una beca que se cae si respiro mal y tengo problemas suficientes como para además convertirme en el pasatiempo hormonal de un alfa aburrido.
Mis palabras lo golpearon más de lo que esperaba. Lo vi tensar la mandíbula, no por enojo sino por algo más cercano a la incomodidad como si no supiera dónde meter las manos ni cómo sostener una conversación que no lo estuviera recibiendo con sonrisas.
Lástima.
Yo tampoco sabía sostener conversaciones y aun así aquí estaba.
Ren dio un paso apenas perceptible.
—No quiero jugar contigo.
Lo miré con toda la desconfianza que fui capaz de reunir, que era bastante porque los alfas siempre dicen cosas bonitas antes de arruinarte la semana.
A veces la vida.
—No me interesa qué quieras —respondí con frialdad—. Aléjate de mí.
Le di la espalda y retomé el camino.
Dos pasos.
Tres.
Su voz me alcanzó antes de que doblara la esquina.
—Ni siquiera sé tu nombre.
Cerré los ojos un instante.
No sé si fue el cansancio, la jaqueca o el simple deseo de terminar la interacción de una vez, pero terminé contestando sin girarme.
—Leo.
Y seguí caminando.



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Editado: 14.05.2026

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