Un Desastre Inevitable

2

Salí de mi última clase con la cabeza más llena de ruido que de apuntes.
El profesor había pasado hora y media hablando de fórmulas, proyecciones y un examen parcial que representaba el treinta por ciento de la calificación, pero yo apenas retuve la mitad. Cada vez que intentaba concentrarme, mi mente regresaba al mismo lugar: unos ojos azules mirándome como si de verdad quisieran entender algo, un aroma a mezcal pegado en mis fosas nasales y esa irritante sensación de haber dejado una conversación a medias con alguien que no tenía ningún derecho a importarme.
Lo odiaba.
Odiaba todavía más el hecho de que mi cuerpo siguiera recordándolo sin mi permiso.
Apreté los dientes mientras acomodaba mis cuadernos dentro de la mochila y bajé las escaleras del edificio principal con paso rápido, necesitaba trabajar o más bien necesito hacer algo útil. Cuando la cabeza se llena de pensamientos innecesarios, el mejor remedio suele ser el cansancio físico por eso crucé el campus rumbo al restaurante con una sola idea en mente: revisar el rol de la semana, calcular cuántas horas me tocarían y empezar a hacer cuentas mentales para el siguiente pago.
El sol ya estaba cayendo cuando llegué.
Desde fuera el lugar se veía igual que siempre: fachada de cristal, luces cálidas, parejas universitarias entrando a gastar dinero que claramente yo no tenía y un aroma constante a comida cara que solo servía para recordarme que no había almorzado. Empujé la puerta de empleados y entré por la parte trasera, donde el olor a salsa, detergente y platos recién lavados se mezclaba con el vapor de la cocina.
Había meseros yendo de un lado a otro, algunos cocineros discutiendo solo el ruido habitual.
Hasta que vi el nuevo rol pegado en el tablero de anuncios.
Me acerqué mientras me descolgaba la mochila de un hombro, busqué mi nombre entre los turnos.
Leonardo Vargas.
Lunes.
Miércoles.
Viernes.
Nada más.
Fruncí el ceño y repasé la hoja una segunda vez, luego una tercera.
No.
No estaba leyendo mal.
Solo tres días.
Tres malditos días.
Sentí un vacío inmediato abrirse en el estómago.
Yo cubría casi toda la semana desde hacía meses, a veces doblaba turno cuando alguien faltaba, a veces me quedaba más horas limpiando con tal de asegurar propina extra. No era el mejor empleo del planeta, pero era una entrada fija, una de las pocas cosas medianamente estables dentro de mi circo personal.
Tres días no eran estabilidad.
Tres días eran una broma.
Tres días eran directamente una amenaza.
Me giré tan rápido que casi choqué con una de las chicas de cocina y fui directo a buscar al encargado.
Lo encontré junto a la caja registradora revisando facturas.
—¿Qué es esto? —pregunté sin preámbulos, poniendo un dedo sobre el rol.
El hombre levantó la vista y bastó verle la cara para saber que sí, esto era deliberado.
—Leo…
—No, no me digas solo “Leo” —lo corté antes de que empezara con su tono conciliador—. ¿Por qué tengo tres días?
Se acomodó los lentes, incómodo, eso me enfureció más.
La gente siempre se pone incómoda cuando sabe que está jodiéndote y aun así piensa hacerlo.
—Hubo cambios administrativos —dijo al fin—. Entró personal nuevo y…
—¿Y?
Su silencio duró apenas un segundo pero ese segundo dijo suficiente.
—Las mesas VIP y las noches fuertes van a manejarse distinto.
Solté una risa seca.
—Tradúcelo.
Él exhaló por la nariz.
—Contrataron a un alfa recomendado por uno de los socios. Tiene experiencia en atención premium y creen que da mejor imagen al salón principal.
Me quedé mirándolo sumamente quieto sin decir nada.
A veces el enojo es tan grande que ni siquiera sale de inmediato; solo se queda atrapado en el pecho, subiendo despacio como agua hirviendo.
Da mejor imagen.
Claro porque yo no daba la imagen correcta.
No sonreía suficiente.
No coqueteaba con clientes.
No era el omega dulce, dócil y agradable que a los ejecutivos les encanta poner junto a las mesas caras para inflar propinas y egos.
Yo solo me centraba en trabajar y al parecer eso no era vendible.
Sentí mis uñas clavarse en la palma.
—¿Me están quitando horas porque no soy bonito para sus clientes o porque un niño rico necesitaba entretenimiento laboral?
—No es personal.
La frase me dio ganas de lanzarle la caja registradora por la cabeza.
Nunca es personal para quien no depende del sueldo ajeno.
—Necesito este trabajo —dije, y odié cómo sonó mi voz: baja, tensa, peligrosamente cercana a una súplica.
El encargado desvió la mirada.
Cobarde.
—Lo sé, pero no puedo hacer nada podrías intentar cubrir ausencias, quizá salga algo.
Quizá.
La palabra más inútil del idioma porque el quizá no paga renta, el quizá no alimenta a una persona endeudada hasta las cejas.
Miré otra vez el tablero y sentí que los números empezaban a acomodarse solos en mi cabeza.
Tres días menos significaban varios cientos menos, varios cientos menos significaban el pago a Haru incompleto.
Otra vez.
Mi respiración se volvió un poco más superficial.
Me forcé a tragar porque no podía hacer una escena, no les iba a regalarles eso.
Asentí una sola vez, agarré mi mochila y me di media vuelta.
—Leo —llamó el encargado.
No me detuve.
—Lo siento.
Seguí caminando.
Porque si me quedaba un segundo más probablemente iba a romper algo.
Salí por la puerta trasera y el aire de la calle me golpeó de frente.
Metí una mano en el bolsillo de la sudadera buscando el celular por puro reflejo, como si abrir la aplicación del banco fuera a mostrarme mágicamente más dinero pero no pasó y la cifra seguía siendo miserable, ridícula y totalmente insultante.
Me pasé una mano por la cara y respiré hondo, pero lo único que conseguí fue sentir más fuerte el aroma a uva escapando bajo el bloqueador, solo era estrés.
Perfecto.
Ahora hasta mi cuerpo quería humillarme.
Empecé a caminar hacia el departamento con pasos rápidos, sintiendo cómo la desesperación me iba royendo por dentro.
Tres días.
Cobradores.
Una beca.
Y encima un alfa con complejo de vigilante apareciendo de la nada para complicarme todavía más la cabeza.
Solté una carcajada breve pero amarga porque mi vida realmente tenía un sentido del humor detestable.
Cuando llegué al edificio ya estaba anocheciendo, subí las escaleras con el pecho pesado, buscando mis llaves dentro de la mochila sin demasiada atención solo quería entrar, tirarme en la cama cinco minutos y hacer cuentas.
Tal vez encontrar una forma.
Tal vez simplemente colapsar.
Encuentro la llave, la meto en la cerradura y entonces me detengo porque la puerta está abierta, claro que no mucho, solo un pequeño espacio negro entre el marco y la madera pero yo recuerdo perfectamente haber cerrado esta mañana.
El corazón me da un golpe seco, durante un segundo pienso en robo, tal vez algún vecino, quizás Lia o incluso algún imbécil del edificio así que empujo con cuidado.
La puerta se abre con un chirrido leve y el interior está a oscuras, salvo por la luz amarillenta del pasillo que se cuela detrás de mí.
No doy más de dos pasos antes de sentirlo, un aroma pesado y hostil, era el aroma de un alfa.. lleno de sudor viejo, algo parecido al tabaco y cuero, no pude evitar compararlo con el olor limpio y terroso de Ren o esa nota ahumada de mezcal que parece quedarse suspendida como una provocación elegante Pero lo realmente peligroso es que era un alfa que no olía a deseo ni a campus universitario, solamente huele a problema.
—Por fin llegaste —dice una voz desde la penumbra.
Me quede congelado sin poder dar un paso más.



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Editado: 14.05.2026

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