Me tiembla un poco la mano cuando inclino la botella para servir la cerveza, y el líquido cae torcido, chocando contra el vidrio con más espuma de la necesaria.
No es el tonto sentimiento de miedo, ojalá fuera algo tan simple como eso pero parece ser la tensión acumulada, el cansancio apelmazado en los músculos después de días enteros sin descansar de verdad.
Dormí cuatro horas anoche, tal vez menos. En este punto ya no llevo la cuenta porque saber el número exacto no cambia nada.
Lo que sí cambia algo, o al menos me revuelve el estómago cada vez que vuelve a mi cabeza, es la propuesta de Haru.
Un cuarto trabajo.
Ser acompañante.
La palabra sola ya me produce una especie de rechazo físico, como si alguien me hubiera obligado a tragar alcohol barato. No por moralidad, porque hace tiempo dejé de tener el lujo de sentirme moralmente superior a nada. Tampoco por vergüenza; la vergüenza se va desgastando cuando sobrevives lo suficiente. Es algo más básico e instintivo. Sé perfectamente qué clase de lugares son esos. Sé cómo funcionan los clubes donde hombres con dinero pagan por atención, por sonrisas, por conversación falsa, por sentirse deseados aunque sea una hora y sé también qué pasa con los omegas que entran ahí sin estar hechos de piedra.
Los alfas huelen la debilidad.
La reconocen aunque uno sonría.
La detectan aunque uno use bloqueadores.
La saborean como animales cuando ven algo herido.
Y yo estoy herido desde hace años.
Meterme en un sitio así sería como lanzarme a una pecera llena de pirañas con la piel abierta.
Respiro hondo detrás de la barra, buscando que el aire me acomode un poco las ideas, pero la música del local retumba demasiado fuerte e, insistente, y siento cómo el bajo me golpea directamente en las costillas. Cada vez que intento convencerme de que no voy a aceptar una estupidez así, la otra voz aparece puntual dentro de mi cabeza sonando venenosa y práctica.
¿Y qué otra opción tienes, Leo?
¿Morirte de hambre?
¿Perder la beca?
¿Esperar a que los cobradores dejen de golpear antes de cobrar intereses?
Apoyo una mano en la barra barnizada y cierro los ojos un instante o al menos lo suficiente para notar cómo me arden los pulmones, cómo me pesan los hombros, cómo la mente me gira tan rápido que por un segundo siento náuseas.
—¿Estás bien? —pregunta una voz frente a mí.
Abro los ojos de golpe.
Un cliente me observa con una media sonrisa, una de esas que nunca sé si vienen con preocupación genuina o con ganas de coquetear. En este lugar suelen ser lo segundo.
—Sí —miento sin esfuerzo—. ¿Necesita algo más?
Él tarda un poco en responder porque claramente esperaba otra reacción, quizá una sonrisa más amable o un omega dócil con energía para entretener pero que mala suerte. Yo solo le sostengo la mirada con esa frialdad seca que he perfeccionado con los años hasta que al final pide otra bebida y se gira hacia sus amigos.
La máscara vuelve a su sitio y sigo trabajando Como si hace menos de un minutos estuviera a punto de perder la poca cordura que quedaba.
Recojo platos medio vacíos, limpio vasos manchados de labial, esquivo manos demasiado confiadas, retiro una palma que intenta tocarme la cintura como si fuera accidente y continúo sirviendo tragos con el piloto automático encendido. Mi cuerpo conoce la rutina incluso cuando mi cabeza está en otra parte, atrapada dentro de la misma espiral oscura que no deja de cerrarse.
Si todo lo que gano desaparece al final de la semana…
si no me alcanza ni para llenar el refrigerador…
si la deuda sigue creciendo como una bestia alimentada a intereses…
si la universidad me exige notas impecables mientras apenas puedo mantenerme despierto…
si mi cuerpo finalmente decide dejar de cooperar…
¿qué demonios hago?
La pregunta se me instala en el pecho como hielo.
Me aprieto el antebrazo con la otra mano, una costumbre vieja que adopté sin darme cuenta cada vez que siento que la ansiedad empieza a subirme por la garganta. No sirve de mucho, pero al menos el dolorcito de las uñas clavándose me mantiene enfocado en algo tangible.
¿De verdad Haru cree que puedo acompañar hombres a beber y fingir interés como si fuera un trabajo cualquiera?
¿De verdad piensa que yo saldría intacto de un lugar así?
Una risa muda me vibra en el pecho.
Ojalá.
Ojalá fuera ese tipo de persona flexible, práctica, inmune.
Ojalá pudiera apagar lo que siento, sentarme frente a desconocidos, sonreírles bonito y cobrar pero no soy así. No me queda margen para romperme más de lo que ya estoy y el problema es que, por mucho que me repita eso, tampoco consigo encontrar otra salida.
La noche avanza con una lentitud insoportable, el reloj parece burlarse de mí cada vez que lo miro, como si las agujas hubieran decidido moverse a propósito más despacio, cada minuto pesa el doble, cada cliente nuevo se siente como una piedra añadida sobre la espalda para cuando por fin anuncian cierre y me dejan quitarme el mandil, tengo la sensación de haber envejecido varios años detrás de esa barra.
Salgo del bar casi a la una de la mañana con las manos oliendo a cerveza rancia y desinfectante, y el cuerpo tan cansado que me siento hueco por dentro, como si alguien hubiera vaciado todo lo útil y me hubiera dejado funcionando solo por inercia.
El aire nocturno está frío, pero mi piel sigue ardiendo, camino despacio porque si acelero me mareo pero si camino lento, en cambio, pienso demasiado y pensar nunca me ha salido barato.
Mi mente se desliza sola hacia atrás, a ese lugar engañoso donde todavía existe una versión de mi familia que quizá nunca fue real. Recuerdo la cocina pequeña, la mesa tambaleante, mamá sirviendo arroz mientras papá hacía algún comentario absurdo que a veces conseguía arrancarle una sonrisa. Recuerdo a Amelia encerrada en sí misma incluso entonces, pero aún se sentía como alguien presente. Recuerdo días sencillos donde el mayor problema parecía ser llegar a fin de mes.
No éramos ricos.
Ni siquiera cómodos.
Pero yo, era un idiota optimista, pensé que eso era suficiente, pensé que teníamos algo, pensé que si yo estudiaba más, si me portaba mejor, si esperaba un poco… las grietas iban a cerrarse solas.
Le creí a esa fantasía incluso cuando papá empezó a llegar oliendo a perfume ajeno y mentiras baratas.
Le creí cuando mamá lloraba a escondidas creyendo que no la escuchábamos.
Le creí cuando Amelia comenzó a mirarme como si yo fuera una extensión de todo lo que odiaba en esta casa.
Seguí creyendo porque aceptar que nada estaba bien implicaba aceptar que no había ningún adulto al mando, ningún plan, ninguna red, solo nosotros cayendo despacio.
Cierro los ojos un momento mientras avanzo.
Ahora camino solo por calles vacías mirando por encima del hombro, cargó con tres trabajos, pagó deudas que no firmé, incluso vivo pendiente del siguiente golpe financiero o literal y me pregunto en qué punto exacto dejé de ser hijo para convertirme en sustituto.
En deudor.
En la pieza que quedó cuando todos los demás decidieron largarse o romperse.
Miro mis manos bajo la luz amarillenta de un poste.
Tiemblo un poco.
—Solo estaba soñando —susurro con una risa seca.
Ese antes feliz probablemente nunca existió solo fui lo bastante desesperado para adornarlo.
Acelero el paso aunque el cansancio me aplaste el estómago y las piernas me pesen como plomo, no quiero seguir recordando, simplemente no quiero sentir absolutamente nada, solo quiero llegar a casa… y comprobar que todavía sigo respirando.