Un Desastre Inevitable

4

El lugar no era lo que había imaginado.
Durante todo el trayecto me preparé para encontrarme con un sitio vulgar, lleno de luces neón baratas, humo de cigarro rancio y hombres borrachos gritando obscenidades desde las mesas. Algo decadente o algo que al menos justificara el asco que sentía por haber aceptado venir pero cuando bajé del autobús y comprobé la dirección por tercera vez, lo único frente a mí fue un edificio de fachada sobria, revestido en mármol oscuro, con ventanales cubiertos por cortinas pesadas color vino y un discreto emblema dorado sobre la puerta principal. Ni siquiera tenía nombre visible aunque no lo necesitaba. Ese tipo de lugares no se anuncian; la gente con dinero simplemente sabe dónde están.
Me quedé inmóvil unos segundos en la acera, mirando las luces tenues que escapaban por las rendijas de las cortinas, todo parecía absurdamente elegante, demasiado elegante.
Eso lo hacía peor.
Porque un sitio sucio puedes odiarlo con facilidad, puedes entrar sabiendo que estás tocando fondo pero un lugar hermoso… un lugar lujoso… te hace sentir que el fondo viene envuelto en terciopelo.
Tragué saliva.
Mis manos seguían dentro de los bolsillos de la sudadera, apretadas en puños, mientras mi cerebro repetía una sola cosa: todavía puedo irme.
Todavía puedo dar media vuelta.
Todavía puedo fingir que nunca llegué.
Y entonces recordé las cifras, la reducción de la beca, las deudas, el alquiler, mis costillas adolorida, el rostro indiferente de la coordinadora y la voz de Haru diciéndome que me estaba quedando sin opciones.
Mis pies avanzaron solos.
La puerta se abrió antes de que pudiera arrepentirme.
—¿Leo? —preguntó una voz femenina.
Levanté la vista.
Una Beta de baja estatura, cabello recogido en un chongo impecable y uniforme negro perfectamente planchado me observaba con profesionalismo, no parecía haber curiosidad en su rostro, ni lástima, ni burla, solo eficiencia como si yo fuera una cita más en la agenda.
—Soy Mina —se presentó—. Haru me avisó que vendrías. Ven conmigo, el jefe quiere conocerte antes.
Asentí sin encontrar palabras y crucé el umbral.
El interior era incluso más desconcertante porque no había música estridente ni risas vulgares, más bien sonaba un jazz suave, casi adormecedor, y la iluminación estaba cuidadosamente medida para bañar todo en tonos cálidos sin llegar a revelar demasiado. Los sillones aterciopelados se distribuían en pequeños espacios privados separados por biombos ornamentales, y el aire olía a alcohol caro mezclado con un difusor dulzón que intentaba mantener las feromonas bajo control.
Eso me llamó la atención de inmediato porque en un mundo como el nuestro, un sitio con tantos alfas y omegas reunidos en la madrugada tendría que ser una bomba hormonal imposible de soportar… pero aquí no. Aquí había neutralizadores ambientales caros, seguramente.
Lo suficiente para evitar que los clientes perdieran la compostura.
Lo suficiente para que el negocio siguiera siendo una fantasía fina y no una jaula de apareamiento.
La sola idea me revolvió el estómago.
Todo estaba diseñado, cada aroma, cada luz incluso cada textura, probablemente hasta el deseo aquí debía comportarse con etiqueta.
Me sentí ridículamente fuera de lugar, como si hubiera entrado embarrado de lodo a una sala de exhibición.
Mina me condujo hasta una oficina al fondo del pasillo y tocó dos veces.
—Adelante.
La voz masculina sonó grave, firme, de esa clase que está acostumbrada a que nadie le discuta.
Entramos.
Detrás del escritorio había un Alfa grande, quizá rondando los cuarenta, con un traje oscuro perfectamente ajustado, un reloj brillante y manos gruesas descansando sobre una carpeta. Su aroma era dominante, pero no salvaje; tenía el peso de alguien que aprendió a mandar sin necesidad de levantar la voz.
Sus ojos se posaron en mí y me recorrieron de arriba abajo con una rapidez insultante, claro que no como hombre mirando a otro hombre si no como comerciante mirando mercancía.
—Así que tú eres el recomendado de Haru —murmuró—. Leo, ¿cierto?
Asentí.
Sentía la nuca rígida.
—Haru no suele traerme basura —continuó, entrelazando las manos—. Dice que eres responsable y que necesitas dinero. Esa combinación suele volver obediente a la gente.
No contesté.
Porque si abría la boca probablemente diría algo que me costaría el trabajo antes de empezar.
El hombre inclinó apenas la cabeza.
—Bonito rostro, tienes complexión fina, rasgos delicados sin perder masculinidad. Los clientes más exclusivos pagan bien por omegas así.
La palabra clientes me raspó por dentro.
—No vine a vender mi cuerpo —solté antes de pensarlo, la voz más dura de lo prudente.
Por un instante creí haber arruinado todo pero el Alfa soltó una carcajada baja.
—Relájate. Si quisiera prostitutos no tendría este nivel de establecimiento, aquí vendemos compañía, atención y fantasía visual, lo demás está prohibido, los clientes pagan por sentirse deseados, no necesariamente por tocar.
No supe si eso me tranquilizó o me humilló más porque seguía siendo venta solo que con moño.
Él hizo un gesto hacia Mina.
—Enséñale el sistema, si sobrevive a la impresión inicial, se queda.
Mina asintió y me hizo salir de la oficina.
Apenas nos alejamos unos pasos me entregó una bolsa negra.
—Tu uniforme.
La abrí y tuve que contener la expresión.
Dentro había un short negro demasiado corto para mi comodidad, tela ajustada y brillante, una camisa sin mangas con el frente peligrosamente abierto y un cinturón fino decorativo que no cumplía ninguna función salvo marcar cintura.
Miré la ropa.
Luego a Mina.
Luego la ropa otra vez.
—¿Esto es una broma?
Ella sonrió con naturalidad.
—Créeme, los bailarines usan bastante menos.
—No soy bailarín.
—No, eres catálogo premium de omega universitario —respondió como si comentara el clima—. Y eso vende muchísimo.
Me quedé viéndola.
¿Catálogo premium?
Fantástico.
Mis traumas ahora tenían clasificación comercial.
Mina me condujo hacia los vestidores mientras yo seguía sosteniendo la bolsa como si pudiera incendiarse sola.
Todo olía a perfume costoso, planchas de cabello calientes y productos fijadores. Había espejos enormes, luces blancas y varias estaciones de maquillaje.
—Cámbiate —ordenó—. Después te arreglo.
—¿Arreglar?
—Algo de maquillaje ligero, corrector, un poco de color. Tienes ojeras de funeral y eso no genera ventas.
La miré con cansancio.
—Qué alentador.
Ella soltó una risita.
—Bienvenido al negocio.
Entré al vestidor y me cambié con movimientos lentos, sintiendo cómo cada prenda que me ponía me alejaba un poco más de la persona que había sido esa mañana.
Cuando me observé en el espejo, tardé un segundo en reconocerme.
La ropa acentuaba demasiado mi cuerpo.
Las piernas largas.
La cintura estrecha.
Las clavículas marcadas por semanas de comer mal.
Mi condición, esa que tantas veces había intentado disimular bajo uniformes holgados y sudaderas gastadas, de pronto estaba ahí, exhibida sin pudor, convertida en estrategia de venta.
No me veía vulgar.
Eso era lo irritante.
Me veía… atractivo y odié que eso me molestara tanto.
Mina tocó la puerta y salió a mi encuentro apenas abrí.
—Mucho mejor —evaluó—. Siéntate.
Sus manos trabajaron rápidas sobre mi rostro: base ligera para ocultar el agotamiento, algo tenue sobre los labios, un toque en las pestañas.
Yo permanecí quieto, mirando mi reflejo como si estuviera asistiendo a la transformación de otra persona.
—Aquí nadie paga por compadecerse de ti —comentó Mina mientras difuminaba corrector bajo mis ojos—. Pagan por la ilusión de tener a alguien bonito escuchándolos como si fueran el centro del universo.
—Suena deprimente.
—Lo es —admitió sin drama—. Pero deja buenas propinas.
Cuando terminó, me entregó una carpeta delgada, la abrí, eran fotos mías, probablemente las que había tomado Haru cuando me cobró por primera vez, de frente, de perfil, una donde me obligaron a sonreír apenas.
Debajo, mi nombre escrito en letras limpias.



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Editado: 14.05.2026

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