El sábado me desperté sin alarma, lo cual en teoría debería sentirse como un lujo aunque para mí solo significó una cosa:
día de pagos.
Abrí los ojos despacio, mirando el techo manchado de humedad mientras cada músculo de mi cuerpo me reclamaba la existencia. La espalda me punzaba por haberme quedado dormido vestido sobre el colchón, el cuello estaba rígido y las piernas me temblaron apenas intenté incorporarme.
—Fantástico —murmuré, pasándome una mano por la cara—. La viva imagen del éxito.
El departamento seguía igual de silencioso, igual de frío e igual de poco acogedor. Me arrastré hasta la cocina y abrí el refrigerador con la esperanza absurda de que durante la noche hubiese aparecido comida por intervención divina.
No pasó.
Un tupper con arroz reseco, una pieza de pollo guardada del bar y media manzana golpeada me devolvieron la mirada con tristeza.
—Banquete de millonario —bufé.
Lo calenté todo sin entusiasmo y me obligué a comer. No tenía demasiada hambre, pero sí la suficiente conciencia para saber que si iba a recorrer media ciudad pagando deudas con el estómago vacío, probablemente terminaría estampado contra una banqueta.
Cuando terminé, lavé el plato, me puse unos jeans y una sudadera limpia dentro de mis estándares flexibles de limpieza, y saqué la caja metálica del clóset.
Abrí la tapa, ahí se encontraban los billetes doblados Y separados, sin que se notara la cantidad de veces que fueron contados.
El dinero de ayer parecía mucho cuando estaba sobre el colchón a las dos de la mañana pero bajo la luz del día solo parecía… insuficiente.
—Después de esto vuelvo a la gloriosa cifra de casi nada —murmuré mientras guardaba cada monto en sobres distintos.
Me colgué la mochila y salí antes de que me dieran ganas de quedarme encerrado fingiendo que el mundo no existía.
Afuera corría una brisa fresca, casi agradable. Una de esas mañanas que la gente normal aprovecharía para desayunar en paz o caminar sin prisa en cambio yo tomé el autobús con cara de funeral.
La primera parada fue la oficina de Haru.
Un local gris disfrazado de “gestión financiera”, aunque todos sabíamos que era solo una forma elegante de decir “ven a entregar dinero o te haremos la vida imposible”. Haru estaba afuera, recargado contra la pared con un cigarro entre los dedos. Al verme, alzó una ceja.
—Mira nada más, puntualidad. Casi me emociono.
—No vine por convivencia —respondí, sacando el sobre—. Toma.
Haru lo recibió y por un momento me observó demasiado.
—Tienes peor cara que otros días.
—Gracias, tú también luces radiante.
Soltó una risa nasal y me hizo pasar para firmar el recibo. Dentro olía a café quemado y papeles viejos, habia un par de betas al teléfono, un alfa revisando carpetas, teclados sonando como si la miseria tuviera banda sonora propia.
Haru selló el comprobante y me lo extendió.
—Listo. Siguiente sábado, misma hora, misma tragedia.
Guardé el papel en la mochila.
—Ajá.
Antes de salir me detuvo con la voz.
—Oye, Leo.
Lo miré.
—No te mueras antes de pagarme la deuda completa. Me caes mejor vivo.
Rodé los ojos.
—Qué conmovedor.
Salí de ahí sin darle tiempo a seguir con su humor de cobrador parcialmente humano.
El segundo pago fue peor.
El alfa encargado ni siquiera fingió cortesía. Contó el dinero con esa lentitud insoportable de quien disfruta recordarte que dependes de su aprobación para irte.
—Faltan quince.
Apreté la mandíbula.
Sabía perfectamente que no faltaban, pero también sabía que discutir significaba perder tiempo, energía y probablemente salir más humillado.
Saqué quince pesos de mi bolsillo.
—Aquí.
Su sonrisa me dio ganas de enterrarle el recibo en la frente.
—Así está mejor.
Me fui antes de decir algo que me costara caro.
El último pago fue el único civilizado. Una beta en una ventanilla municipal recibió el dinero, selló el comprobante y hasta me deseó buen día con una amabilidad tan básica que casi se sintió exótica.
Cuando terminé eran apenas las once de la mañana.
Tres pagos hechos, la mayor parte del dinero desaparecida y todavía me quedaba un día entero de trabajo por delante.
—Vas excelente, Leo —murmuré mientras esperaba el autobús—.
Directo a la ruina, pero excelente.
Solo seguí moviéndome porque detenerme significaba pensar, y pensar últimamente era un deporte peligroso.
Cuando llegué a la cafetería donde trabajaba por las tardes eran poco más de las dos, conocido como “la hora floja“. Algunos adolescentes arrastrando mochilas, dos profesores con cara de divorcio reciente y un cliente oportunista usando el wifi sin comprar nada.
Me até el delantal y entré en piloto automático.
Limpiar mesas.
Recibir pedidos.
Lavar vasos.
Sonrisa mínima.
Voz educada.
Todo marchaba con la monotonía habitual hasta que un aroma me golpeó de forma tan repentina que casi dejo caer una bandeja.
Mezcal.
como algo cálido e intenso pero al mismo tiempo con un toque terroso, totalmente inconfundible..
Levanté la vista.
Ren estaba sentado en una mesa junto a la ventana con un café frente a él, una pierna estirada y el celular en la mano. Su cabello rubio oscuro caía un poco desordenado sobre la frente y vestía como siempre, esa mezcla de chico problema con presupuesto caro.
Se veía… demasiado cómodo.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza, sentí mis hombros tensos y como las manos comenzaron a sudarme pero al mismo tiempo mi estómago se apreto.
.
Esperé el comentario, la sonrisa idiota o una provocación pero no llegó, Ren no me llamó ni me hizo señas, ni siquiera me sostuvo la mirada demasiado tiempo, simplemente estaba ahí y eso me descolocó de una forma absurda.
Seguí trabajando fingiendo indiferencia, pero cada pocos minutos terminaba mirándolo de reojo. Él bebía su café, revisaba algo en el teléfono, observaba por la ventana, con su aire calmado y quieto como si no hubiera ido a nada en particular.
Treinta minutos pasaron así.
Treinta larguísimos minutos en los que mi cabeza empezó a fabricar preguntas que no quería tener.
¿Por qué vino?
¿Por qué no habla?
¿Por qué solo está sentado?
¿Por qué me molesta que no se acerque?
Cuando finalmente volví a mirar hacia la ventana…
la mesa estaba vacía.
Parpadeé.