El domingo empezó como una broma cruel.
Porque técnicamente sí, ya era domingo cuando salí del club a las cuatro de la mañana, me dejé caer en el colchón sin siquiera quitarme bien la ropa y dormí apenas unas horas antes de volver a levantarme para cumplir con el resto del día. No hubo descanso, no hubo esa sensación tibia de fin de semana que otras personas parecían conocer. Solo existió una cadena infinita de horas pegadas unas con otras hasta que la noche regresó demasiado rápido.
Para cuando crucé otra vez la puerta del club, sentía el cuerpo hueco como si por dentro solo quedaran café barato, sueño mal digerido y una terquedad absurda que se negaba a dejarme caer.
Mina me retocó el maquillaje con movimientos rápidos, me acomodó el cuello de la camisa oscura y soltó que “hoy ya no parezco un cervatillo atropellado”. Yo no estaba seguro de que eso fuera un avance, pero asentí igual.
La música sonaba igual de envolvente, las luces seguían bañando todo con ese tono cálido y mentiroso que hacía parecer elegante hasta la soledad ajena, y los clientes reían entre copas como si el dinero pudiera comprarles versiones temporales de cariño.
Yo ya entendía mejor cómo funcionaba o al menos lo suficiente para sonreír antes de que me lo pidieran o para sentarme sin parecer una tabla rígida o para bajar la voz cuando decía “buenas noches” y eso era preocupante, porque significaba que una parte de mí empezaba a adaptarse.
—Alex, mesa nueve —anunció Mina desde la barra, enseñándome la tablet con el número.
Tomé aire y caminé.
Me acerqué a la mesa con mi sonrisa profesional medio ensayada y saludé con suavidad, presentándome como Alex, como si ese nombre ya me perteneciera un poco más con cada hora que pasaba allí. El cliente levantó la vista y me encontré con un alfa joven, quizá de unos veintitantos, con lentes finos, postura algo encorvada y una timidez evidente en la forma en que ajustó sus gafas antes de hablar.
Eso me relajó durante medio segundo.
Los tímidos solían ser más fáciles.
Hasta que su aroma me alcanzó, fue como caminar directo contra una pared invisible: un olor intenso a cedro, café oscuro y especias secas, fuerte de esa forma tan propia de los alfas aunque intentaran verse contenidos. No era desagradable, pero sí invasivo. Entró por mi nariz y se me acomodó detrás de los ojos, recordándome con brutal claridad que seguía siendo un omega sentado al lado de un alfa desconocido en un club de acompañantes.
Mi espalda se tensó apenas.
—H-hola… yo pedí por ti —murmuró él, sin mirarme del todo a la cara—. Eres nuevo, ¿no?
Su voz era suave, casi nerviosa.
La contradicción me desconcertó un poco: un olor dominante envuelto en una personalidad tímida.
—Sí, recién empecé —respondí, tomando asiento a su lado con una distancia prudente que no pareciera rechazo—. ¿Cómo va tu noche?
—Bien… creo que mejor ahora.
Sonreí con educación. Esta vez no me costó tanto sostener la expresión porque el tipo no parecía buscar intimidarme. Hacía preguntas sencillas, torpes incluso, sobre si estudiaba, si me gustaba la música, si llevaba mucho tiempo allí. Yo respondía con ese tono dócil que Mina me había hecho practicar frente al espejo, soltando frases amables y vacías mientras intentaba acostumbrarme al peso de sus feromonas alrededor.
Era manejable.
Todo estaba relativamente tranquilo y controlado al menos hasta que otro aroma atravesó el aire, no fue gradual, tampoco fue sutil, fue más bien un corte limpio en mitad de todos los demás olores del salón, un aroma caliente y áspero imposible de confundir.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Sentí cómo se me endurecían los hombros, cómo el estómago daba un vuelco y cómo mi respiración se atoraba un segundo en la garganta. Entre el perfume dulce del club, el alcohol caro y las feromonas de los clientes, ese aroma se abrió paso como una firma quemada.
Ren.
Y lo peor fue que, siendo omega, no pude ignorarlo.
Los aromas fuertes no son solo “olores”; se te meten debajo de la piel, te raspan la atención, te obligan a registrar presencia aunque no quieras. El mezcal de Ren siempre hacía eso: llenaba espacio. Era una existencia olfativa tan absurda como él, intenté seguir escuchando al alfa frente a mí, de verdad lo intenté pero mi nariz ya lo había localizado antes que mis ojos.
Venía de arriba.
Giré apenas el rostro hacia las escaleras del área VIP y ahí estaba,
Ren recargado contra la baranda del segundo piso, con un cigarro entre los dedos y la expresión más seria que le había visto desde que lo conocía. Sus amigos alfas bajaban entre risas, algunos con acompañantes colgados del brazo, otros ya medio ebrios, pero él permanecía aparte.
No estaba sonriendo, tampoco estaba actuando como idiota ni parecía tener esa energía irritante de siempre, solo parecía … cansado.
La imagen me golpeó con una fuerza estúpida y junto con ella llegó un alivio igual de estúpido cuando comprobé que no venía acompañado de ningún omega.Sentí cómo algo dentro de mí se aflojaba, una tensión que ni siquiera sabía que traía, lo cual era ridículo, absolutamente ridículo.
¿Por qué demonios me importaba?
¿Por qué mi pecho reaccionaba a algo tan absurdo como verlo solo?
No era mío.
Ni siquiera era cercano.
Era solo Ren, el alfa insoportable que aparecía a fastidiarme cuando quería pero mi nariz seguía llena de mezcal y humo, y mis ojos seguían regresando a él como si hubiera algo ahí arriba que necesitara descifrar.
—Alex… —la voz del cliente me devolvió de golpe—. ¿Estás bien?
Parpadeé.
Maldición.
El alfa me miraba con una mezcla de timidez y ligera inseguridad, como si pensara que había hecho algo mal.
Volví hacia él enseguida y le dediqué una sonrisa más suave, inclinándome apenas para compensar mi distracción.
—Perdóname —murmuré, rozando con cuidado el dorso de su mano tal como Mina me había enseñado—. Me distraje un segundo, fue grosero de mi parte.
El rubor le subió hasta las orejas con una facilidad casi adorable.
—No, está bien. Pensé que… tal vez te aburrías conmigo.
—Para nada —mentí con dulzura entrenada—. Solo tuve un pequeño lapsus.
Eso pareció tranquilizarlo.
Retomó la conversación hablando de música, de cómo odiaba las reuniones familiares porque siempre le preguntaban cuándo iba a casarse. Yo asentía, sonreía, respondía cuando tocaba, pero era difícil concentrarme porque, por encima del cedro y café del alfa a mi lado, seguía llegando en oleadas ese mezcal seco del segundo piso.
—Alex —dijo el cliente con una sonrisa tímida—, me gusta tu voz. Es… tranquila. ¿Podrías seguir hablando?
Asentí.
—Claro para eso estoy aquí.
Y volví al personaje. A la versión dócil y amable que sabía inclinar la cabeza en el momento correcto, a Alex no a Leo ni al omega idiota que estaba demasiado pendiente del aroma de un alfa situado en el piso de arriba. No el que, de forma vergonzosa, se había sentido mejor al comprobar que Ren no tenía a nadie pegado del brazo, solo Alex. La versión falsa de mí que sabía sonreír aunque el pecho siguiera inquieto.
La música seguía retumbando incluso cuando ya no estaba en la mesa. Mi turno por fin había terminado, las dos de la mañana según el reloj pegado sobre las cortinas negras, y mis pies ya no sentían nada.
Caminé hacia los vestidores con una mezcla rara en el pecho: alivio por haber sobrevivido otra noche… y esa espinita estúpida por lo que había pasado arriba.O bueno, por lo que no había pasado porque, sinceramente, lo único que me tenía dando vueltas la cabeza era que Ren no me había visto.
Estaba… aliviado, mucho o demasiado y eso me molestaba.
«No tengo por qué sentirme así», pensé mientras abría la puerta del vestidor oscuro, húmedo, lleno de olor a maquillaje y perfume barato.
«Él ni siquiera me busca. Solo aparece a veces y ya. ¿A mí qué me importa si sube al VIP? Total, ni somos amigos. Apenas conocidos, bueno medio… conocidos.»
Suspiré.