Un Desastre Inevitable

7

El lunes llegó demasiado rápido.

Ni siquiera sentí que hubiera dormido. Fue como cerrar los ojos un segundo y, de pronto, escuchar la alarma de las 4:15 am sonando como una sentencia judicial. Me arrastré fuera de la cama con el cuerpo hecho trizas, me lavé la cara con agua helada porque de otra forma no iba a revivir, me puse lo primero que encontré y salí rumbo a la cafetería mientras la ciudad seguía medio dormida y oscura.
A las cinco en punto ya estaba detrás de la barra, con el delantal puesto, la espalda protestando y el alma pidiendo un funeral.

Las primeras horas transcurrieron con la monotonía habitual: estudiantes zombificados buscando cafeína, profesores con cara de que odiaban existir, pedidos repetidos y conversaciones mínimas. Todo lo bastante automático como para que mi cerebro funcionara por inercia o al menos eso creí.
Cuando terminó mi turno eran exactamente las ocho. Me quité el delantal con prisa, agarré la mochila y ya tenía un pie fuera del local cuando la cajera, me llamó con esa energía insultante que solo tienen las personas que nacen siendo demasiado alegres.
—¡Leo! ¡Espera tantito!
Me giré con flojera.
—¿Qué pasó?
Ella me extendió un vaso de café con tapa, todavía caliente, sonriendo como si me estuviera entregando un premio de lotería.
—Te lo dejaron pagado. Dijo que era para ti.
Mi corazón dio un pequeño brinco idiota.
—¿E…h? ¿Quién?
Ella frunció el ceño, pensando.
—Un chico alto, cabello rubio… creo que era alfa, por el olor. Aunque para ser honesta, olía fuerte, como a… no sé… alcohol.

Sentí la espalda tensarse de inmediato.
Tenía que ser Ren.

Pero no lo había visto entrar y eso era lo raro, pero lo verdaderamente raro era que un alfa con un aroma tan marcado como el suyo no pasaba desapercibido jamás; normalmente su presencia se anunciaba antes de que apareciera su cara. Ese olor siempre se quedaba suspendido en el aire como una advertencia. Sin embargo, esta vez no sentí nada.
—¿A qué horas vino? —pregunté, intentando sonar casual aunque la garganta se me había secado.
—Hace como diez minutos. Entró, pagó el café, dijo tu nombre y se fue directo, no pidió nada para él.
Diez minutos o sea, mientras yo estaba en la parte trasera limpiando la máquina.
Tragué saliva y tomé el vaso. Fue entonces cuando lo noté: en uno de los costados había algo escrito con marcador negro. Bajé la mirada y sentí cómo el estómago me daba una vuelta absurda.

“No te escondas. —R”

Me quedé inmóvil observándolo más tiempo del necesario, con el corazón latiéndome demasiado rápido para la poca energía que me quedaba. Era una frase simple, tonta incluso, pero me cayó en el pecho como si pesara toneladas.

—¿Todo bien? —preguntó la cajera inclinando la cabeza.

—Sí… sí. Solo… no me esperaba esto.
Mentí fatal, pero ella no insistió.

Salí de la cafetería sin mirar atrás. El aire fresco de la mañana me golpeó en la cara mientras avanzaba por el pasillo de la facultad, sosteniendo el café como si fuera un objeto sospechoso. Mis ojos volvían una y otra vez al mensaje.
“No te escondas.”

¿Quién se creía?

No soy suyo para que me ande encontrando, no soy suyo para que me diga qué hacer, no soy suyo para nada y aun así, debajo de toda esa indignación, algo tibio y traicionero me rozó el pecho tan rápido que me enfurecí todavía más conmigo mismo.

—Ridículo… —murmuré entre dientes.

No entendía por qué hacía eso, por qué aparecía sin aparecer, por qué dejaba cosas y se iba antes de que pudiera verlo, por qué empezaba a darme la sensación de que me observaba incluso cuando no estaba frente a mí.

Me acerqué al salón y respiré hondo.
—Ignóralo, no es tu problema, no es tu vida, no es nada —me repetí en voz baja.

Pero cuando me senté en mi lugar habitual con el café aún entre las manos, la verdad me golpeó con toda la delicadeza de un ladrillo:
Si realmente no me importara, no estaría pensando tanto en ello.
Ni en él.
Ni en su jodido aroma imposible de ignorar.
Ni en su estúpida sonrisa.
Ni en cómo demonios sabía exactamente dónde encontrarme a esa hora.
—Estoy jodido —susurré por segunda vez en un fin de semana.

El café sabía demasiado bien como para ayudarme a convencerme de lo contrario.

Para cuando la clase terminó me encontré caminando hacia el edificio de Ingeniería Mecatrónica con una sensación incómoda atorada en el pecho. No era ansiedad exactamente; era esa clase de molestia moral que aparece cuando uno siente que le debe algo a alguien y no quiere deberlo. Nunca me ha gustado quedar en números rojos con nadie, muchos menos con Ren, que parece hacer todo con una facilidad irritante, como si el mundo se acomodara solo cuando él pasa.
Además, ya que no lo vi en la cafetería ni sentí su aroma, pensé que lo mínimo era buscarlo y agradecerle en persona, solo eso, un gracias y ya, nada raro.

Entré al edificio y el olor a metal, soldadura vieja y café barato de máquina me recibió de golpe. Ahí sí, todo volvió a sentirse normal, universitario, mediocre y funcional. Lo encontré más rápido de lo que esperaba: estaba afuera de un salón, recargado contra la pared, mirando su tablet con una expresión seria que conmigo casi nunca usa.
Frente a sus compañeros se veía distinto, más feo y contenido como una estatua de mármol cara que juzga silenciosamente a los mortales y justo cuando pensé en darme la vuelta porque me dio pena interrumpirlo, Ren levantó la cabeza como si hubiera sentido algo. Ese mínimo movimiento bastó para que su atención cayera sobre mí como un golpe suave al estómago.
Se giró completamente y sonrió.
—Leo.

Dijo mi nombre como si me hubiera estado esperando desde antes de verme. Me aclaré la garganta porque sentí un calor ridículo subir por el cuello.

—Solo vine para… agradecerte por el café —solté rápido, antes de que la situación pudiera ponerse más rara de lo que ya estaba.



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Editado: 09.06.2026

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