Un Desastre Inevitable

8

Dormí o no dormí.

O bueno, dormí de esa manera miserable en la que el cuerpo se desconecta un rato pero la cabeza sigue girando como ventilador viejo. Me acosté pasada la medianoche con la intención muy optimista de “cerrar los ojos y ya”, pero cada vez que estaba a punto de caer de lleno en el sueño mi cerebro decidía recordarme alguna estupidez: el celular vibrando durante el día, los mensajes de Ren, el silencio de la madrugada, mi propia reacción ridícula a todo eso.

Así que cuando por fin me hundí en una especie de microsueño incómodo, la alarma de las 4:15 a.m. me arrancó de ahí como si me hubieran aventado un balde de agua.

Abrí los ojos con una violencia innecesaria.
—No puede ser… —murmuré con la voz completamente muerta.

Me quedé viendo el techo unos segundos, inmóvil, sintiendo cómo me dolía la espalda, los párpados, la existencia entera. Mi alma estaba en huelga. Mi cuerpo también, pero ese no tenía sindicato con una resignación casi espiritual estiré el brazo para agarrar el celular. No esperaba nada, solo necesitaba un motivo para no levantarme todavía pero sí había algo.

Un mensaje reciente.

Ren K:
“Lo siento, no pude contestarte.
Mi hermano me llamó con una crisis porque no entiende cómo piensa alimentar una casa sin vender un riñón. Llevo horas escuchando números y quejas, ya me quiero morir.”

Me quedé mirándolo varios segundos y después, sin poder evitarlo, sonreí.
Fue una de esas sonrisas pequeñas y traicioneras que salen antes de que uno tenga oportunidad de impedirlo. Mi cara decidió reaccionar sola, como si no hubiera consultado con el resto del sistema.

—Ren… —susurré.

El pecho se me aflojó un poco.
No sé por qué me hizo tanta gracia imaginarlo atrapado a las cuatro de la mañana escuchando a su hermano quejarse sobre comida, gastos, cuentas y tragedias financieras como si el mundo dependiera de ello y conociendo a Ren, seguramente había estado sentado con esa cara de “quiero desconectarme de esta dimensión” mientras asentía por educación.

Releí el mensaje.
“sin vender un riñón”.

Solté una risa nasal, su hermano sonaba dramático aunque Ren sonaba agotado y yo, increíblemente, me sentía mejor.
Apoyé el celular sobre mi pecho y cerré los ojos un segundo, solo Ren podía escribirme una queja doméstica a esa hora infernal y conseguir que la madrugada se sintiera menos hostil.
Eso era preocupante pero también… bastante agradable.

—Bueno —murmuré, sin moverme todavía—. Vamos a fingir que esto me da fuerzas para vivir.

Obviamente no pude volver a dormir.
Mi cuerpo ya estaba en ese estado de vigilia miserable donde no descansas pero tampoco funcionas bien. Miré la hora.
4:23 a.m.
Perfecto.
Maravilloso.
Fantástico.
Qué ganas de no existir.

Volví a abrir el chat y le contesté con los ojos todavía medio pegados.
Yo: “Lo siento por ti y por tu cordura.
Suena a que tu hermano necesita una calculadora y terapia o ambas.”

Envié el mensaje y dejé el teléfono a un lado mientras me obligaba a sentarme en la cama.
No había pasado ni un minuto cuando vibró.
Parpadeé.

Lo agarré otra vez.
Ren K:“¿Tú qué haces despierto?
Pensé que tú sí dormías como persona normal.”

Solté aire por la nariz.
—Claro, persona normal que concepto tan lejano —murmuré mientras me arrastraba fuera de la cama.
Fui al baño caminando como cadáver reanimado y empecé a lavarme la cara con agua helada mientras tecleaba con una sola mano.

Yo: “Entro a las 5. Estoy medio muerto ¿Y tú? ¿Sigues escuchando presupuestos funerarios?”

La respuesta llegó casi instantánea.
Ren: “Más o menos, mi hermano está convencido de que alimentar invitados es un crimen financiero y mis padres dicen que si insistió en casarse, entonces ahora que no se queje. Así que aquí sigo. Madrugando contigo, supongo.”

Me quedé quieto con el cepillo de dientes en la mano.
“Madrugando contigo.”

Leí esa parte dos veces, luego una tercera.
Sentí esa sensación molesta en el pecho, esa mezcla de calor y nervio que últimamente aparecía cada vez que Ren decía algo demasiado simple con demasiado efecto.
No era una frase importante o bueno al menos no debería serlo pero ahí estaba yo, mirándola como imbécil a las cuatro y media de la mañana.

—No analices esto —me ordené a mí mismo.

Tenía que vestirme, peinarme un poco, ponerme el uniforme arrugado de siempre y fingir que era un ser humano operativo.
Mientras me amarraba las agujetas le mandé otro mensaje.

Yo: “Suerte sobreviviendo a la contabilidad matrimonial.
Yo voy a llorar en silencio mientras llego al trabajo.”

Guardé el celular en el bolsillo y salí de casa casi trotando.
El aire frío me golpeó de frente en cuanto puse un pie en la calle, la ciudad todavía estaba a medias dormida, aunque no me encontraba mejor, yo seguía con el cerebro entumecido… pero había algo cálido instalado en medio de todo ese cansancio.
Ren despierto.
Ren respondiendo al instante.
Ren quejándose de su hermano conmigo como si fuera lo más normal del mundo y yo caminando más rápido de lo necesario mientras intentaba no sonreír solo por eso.

Llegué a la cafetería prácticamente por milagro. Apenas crucé la puerta me puse el delantal, saludé a medias y entré en modo automático.
El turno de las cinco siempre era una experiencia cercana a la muerte: pocos clientes, mucho silencio, estudiantes con cara de difunto, todo eso mientras me encontraba sirviendo café como si fuera una máquina defectuosa con patas.
Durante tres horas hice lo de siempre, preparar bebidas, limpiar mesas, cobrar, repetir “buenos días” con una voz que claramente no sentía nada de bueno. Mi cerebro flotaba en una nube espesa de sueño, pero de vez en cuando el recuerdo del chat me hacía revisar el bolsillo solo para confirmar que el celular seguía ahí.



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Editado: 09.06.2026

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