Un Desastre Inevitable

9

El sábado llegó con ese raro sabor a descanso incompleto, no tenía clases tan temprano, así que por primera vez en toda la semana pude dormir hasta que el cuerpo quiso soltarme, cerca de las diez.
Aun así me levanté sintiendo las piernas pesadas, como si cada turno acumulado se hubiera quedado metido entre los huesos pero había una diferencia importante la cual era que es día de pagos y esta vez, por primera vez en mucho tiempo, no me desperté con el terror inmediato de no saber si el dinero iba a alcanzar. Las propinas del club seguían guardadas dentro de un sobre en el cajón de mi mesa, dobladas con un cuidado casi ridículo, como si fueran a desaparecer si las miraba demasiado fuerte. No era una fortuna, ni de cerca, pero sí lo suficiente para pagar sin quedarme contando monedas con la garganta cerrada. Lo suficiente para comprar comida de verdad.
Lo suficiente para no pasar otra semana sobreviviendo con pan duro y agua.

Ese pensamiento solo ya me hacía respirar distinto.

Me comí el arroz frío que había quedado del viernes mientras me vestía. No sabía especialmente bien, pero tampoco me importó. Esa mañana todo sabía un poco mejor porque no tenía la presión habitual aplastándome el pecho.El celular vibró sobre la cama ni siquiera necesité verlo para saber quién era.
Lo agarré con una mano mientras terminaba de ponerme la sudadera.

R: ¿Ya te levantaste?
¿Dormiste algo?
¿Comiste?

Solté aire por la nariz.En serio parecía no cansarse nunca de preguntar.Tecleé con el pulgar, sin mucho entusiasmo aparente.
Yo: Sí.
Sí.
Sí.
No tardó ni medio minuto.
R: Mentiroso, seguro respondiste sin pensar.

Fruncí el ceño.Era irritante que estuviera empezando a leerme tan fácil.
Yo: ¿Por qué te importa?

Esta vez la respuesta tardó unos segundos más, como si de verdad lo hubiera pensado.
R: No sé. Me importa y ya.

Me quedé mirando la pantalla un momento más de lo necesario.
Después bufé, guardé el teléfono en el bolsillo y salí antes de seguir dándole vueltas a una frase tan simple y tan problemática.La primera parada era la tiendita donde casi siempre encontraba a Haru, el estaba, como de costumbre, recargado en el marco de la puerta con un cigarro entre los dedos y cara de sujeto que claramente nació para meterse en asuntos ajenos. Apenas me vio aparecer, sonrió de lado.
—Mira nada más, el universitario estrella. Hoy vienes temprano.

Le extendí el sobre.
—Aquí está lo de la semana.

Haru lo tomó, contó el dinero ahí mismo sin el menor rastro de vergüenza y luego levantó la vista hacia mí.
—No te ves tan desnutrido como la última vez.

—Qué amable.

—Es una observación profesional —respondió, guardándose el sobre—. Entonces sí está dejando el club.

Metí las manos en los bolsillos.
—Un poco.

—¿Un poco? —Haru soltó una risita seca—. Conozco esa cara, Leo. Esa es cara de “ya no estoy calculando si me alcanza para una torta o para el camión”.

No respondí porque, maldita sea, tenía razón.
Haru ladeó la cabeza, satisfecho consigo mismo.
—Te dije que en ese lugar pagan bien a los omegas bonitos.

—No me digas así.

—¿Y cómo quieres que te diga? ¿Omega gruñón? Porque también aplica.

Rodé los ojos.
—Solo digo que no quiero depender de ese trabajo.

Haru dejó de bromear un poco y me estudió con más atención.
—¿Por qué? Dinero es dinero.

Tardé un segundo en responder porque ni yo sabía explicarlo del todo.
—Porque se siente… fácil acostumbrarse y no quiero que mi vida se vuelva solo eso. Ir, sonreír, dejar que me huelan, cobrar e irme. No quiero pasar tantas horas ahí que deje de molestarme.

Haru soltó el humo lentamente, como pensándolo
.—Mmm. Sí. Entiendo.

Su tono había bajado, más serio de lo habitual.
—No es un trabajo para echar raíces —admitió—. Sirve para salir del hoyo, no para construir una casa dentro.

Lo miré, sorprendido de que dijera algo tan coherente.
—Vaya, a veces sí pareces una persona.

—No te acostumbres —resopló.

Y como si la parte sensata de la conversación le hubiera durado demasiado, me dio un pequeño empujón con el hombro.
—Hablando de cosas que se notan… ¿y ese alfa?

Sentí la nuca caliente de inmediato.
—¿Qué alfa?

Haru me miró como si acabara de preguntarle qué era el cielo.
—El que te anda rondando.

—¿Cómo sabes eso?

Él soltó una carcajada.
—Leo, yo tengo ojo en todo. Además eres pésimo ocultando cuando alguien te trae alterado. Hace dos semanas parecías gato callejero a punto de arañar. Ahora pareces gato callejero… pero alimentado y confundido.

—No me anda rondando —murmuré.

—Ajá.

Le lancé una mirada asesina que no le hizo ni cosquillas.Haru siguió fumando, divertido.
—¿Es alfa decente al menos o de esos que creen que porque uno es omega ya pueden andar oliendo como sabuesos?

Bajé la vista un momento.
—No… no hace eso.
—¿Te presiona?
—No.
—¿Te controla?
—No.
—¿Te molesta?

Abrí la boca, luego la cerré, Haru sonrió como zorro viejo.
—Eso pensé.

Mi celular vibró justo entonces dentro del bolsillo y Haru arqueó una ceja de una forma casi obscena.Lo saqué con resignación.
R: ¿Ya terminaste con el primer pago?

Parpadeé, levanté la vista hacia Haru.Él solo sonrió más.
—¿Ves? Parece un Perro guardián.

—Cállate.

Bajé la mirada otra vez al chat.
Yo: Sí. Ya terminé aquí.

La respuesta llegó casi enseguida.
R: Bien, ¿A dónde vas ahora?

No entendía cómo alguien podía sonar tan normal preguntando esas cosas y aun así hacerme sentir que el pecho daba un pequeño vuelco cada vez.
Yo: A pagar los otros dos lugares, es sábado.

Tardó apenas unos segundos.
R: ¿Quieres que te acompañe?

Me detuve.Literalmente me quedé quieto en media banqueta leyendo la pantalla.Haru chasqueó la lengua.
—Está pero bien metido.



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Editado: 09.06.2026

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