Un Desastre Inevitable

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Los primeros dos días me sentí orgulloso de mí mismo.
Orgulloso en ese sentido miserable en el que uno se felicita por arrancarse una curita de golpe aunque se haya llevado media piel.

Ren no escribió tampoco llamó, no apareció, ni hubo mensajes de “¿ya comiste?”, ni cafés esperándome, ni esa burbuja con la inicial R brincando en la pantalla como si tuviera la costumbre insolente de hacerse parte de mi rutina.

Nada.

Exactamente lo que yo había pedido y se suponía que eso debía hacerme sentir seguro, se suponía que debía devolverme el control porque esa fue la idea desde el principio, ¿no? Cortarlo antes de que avanzara más, antes de que Ren se metiera hasta un punto del que ya no pudiera sacarlo, antes de acostumbrarme demasiado a alguien que, siendo honestos, tenía todas las herramientas para destruirme sin siquiera proponérselo. Un Alfa con una vida estable, con familia, con dinero, con futuro. Un Alfa que podía decidir un día que ya no era divertido insistir con el omega cansado de los mil trabajos por eso me adelanté, fuí inteligente bueno… eso sigo diciéndome.

El problema es que la inteligencia no sirve de mucho cuando tu vida ya se había reacomodado alrededor de una persona y tú no te habías dado cuenta.

Lo entendí al tercer día, cuando desperté y mi mano buscó el celular por pura costumbre. Ni siquiera estaba consciente solo lo agarré, desbloqueé la pantalla con los ojos pegados y esperé ver algo suyo pero solo hubo promociones del banco, un mensaje de Mina recordándome el horario del viernes y una notificación de la compañía telefónica.
Me quedé viendo la pantalla demasiado tiempo aunque luego me insulté en voz baja, arrojé el celular a la cama y me levanté.
Absolutamente ridículo pero siguió pasando:
Mientras comía, revisaba el chat.
Mientras esperaba el camión, revisaba el chat.
Mientras fingía ver redes sociales, terminaba subiendo otra vez hasta nuestra conversación, no había nada nuevo, obviamente aún así releía hacia arriba.
Sus preguntas tontas.
Sus “avísame cuando llegues”.
Sus “ya comiste”.
Sus “voy a decirle a mi papá que te mande otro café” y me descubría apretando el teléfono con una sensación agria en el pecho.

Varias veces pensé en escribirle solo un mensaje corto, algo que sonara neutral, un “hola”, un “¿cómo estás?” o tal vez un “perdón, estaba siendo dramático y no sé gestionar emociones como un ser humano funcional” pero no lo hice porque si yo daba un paso atrás tan rápido entonces todo esto habría sido una farsa. Habría quedado como el imbécil que pide distancia un día y al siguiente extraña que no lo persigan.
Además… si Ren aceptó tan fácilmente mi petición, eso debía significar que tampoco era tan importante, ¿no?

Ese pensamiento me molestaba y al mismo tiempo me hacía sentir culpable porque yo fui quien lo empujó lejos. Era como patearme solo y luego ofenderme por el dolor, una brillante demostración de estabilidad mental.

Para el quinto día ya estaba insoportable hasta para mí mismo.

Las vacaciones universitarias tenían demasiado tiempo muerto. Sin clases, sin cafetería del campus, sin trayectos largos entre edificios, no había suficientes distracciones solo el restaurante, el bar algunos días, el club y mis pensamientos que parecían haberse puesto de acuerdo para fastidiarme.

Ese viernes el bar canceló mi turno asi que me tocó entrar al club desde las ocho de la noche.
El club era otra cosa completamente distinta a cualquier lugar donde trabajara porque no tenía el ruido vulgar de los bares baratos ni el olor pegajoso a cerveza rancia. Ahí todo estaba diseñado para que la gente con dinero fingiera que el mundo era elegante incluso cuando se estaba pudriendo por dentro.
Incluso mi propio aroma tenía que estar controlado, Mina insistía en eso desde el primer día “Si hueles a cansancio y transporte público, no me vendes fantasía, Leo”.
Así que antes de salir de vestidores siempre usaba el neutralizante ligero que nos daban, suficiente para suavizar mi olor natural sin borrarlo del todo. Mi esencia seguía siendo esa mezcla limpia con fondo dulce que delataba mi condición omega.

Me odiaba un poco cada vez.

Esa noche, sin embargo, ni siquiera tuve energía para odiarme solo me sentía disperso.
Una mesa me pidió vino tinto y casi llevo blanco, en otra confundí dos órdenes. Un alfa de traje gris me habló dos veces antes de que reaccionara y Mina me lanzó desde la barra una mirada que básicamente decía: ¿en qué planeta estás?

Lo peor era que el trabajo estaba lleno, había desde parejas adineradas, un grupo de alfas jóvenes celebrando no sé qué adquisición millonaria, dos omegas con joyas que probablemente costaban más que mi edificio entero. Todos hablando bajo, riendo con esa educación falsa que solo tienen los ricos aún así seguía moviéndome entre ellos como un fantasma torpe. Cada vez que me quedaba quieto aunque fuera diez segundos, mi mente hacía lo mismo:
Ren llegando sucio al parque, sonriendo porque había ganado dinero por sí mismo para luego mirarme sin entender por qué yo lo estaba alejando y al final obedecía, ni hubo ni siquiera un “estás siendo injusto” solo lo aceptó. Eso me dolía más de lo que debería.
A mitad del turno casi dejo caer una charola de copas porque me quedé viendo a un alfa rubio de espaldas y por un segundo pensé que era él. Mi estómago se apretó tan fuerte que me faltó el aire, y cuando el hombre giró y vi que no era Ren, me sentí el doble de idiota.

—Leo —escuché la voz de Mina detrás de mí.
Me giré rápido.

Ella estaba cruzada de brazos, con su vestido negro impecable, labios tensos y esa expresión de jefa cansada que aparece cuando cree que alguno de nosotros va a incendiarle el negocio.

—Ven conmigo.
No sonó a invitación.

La seguí hasta la barra auxiliar del fondo donde casi no llegaban clientes. Mina tomó una servilleta, limpió una copa innecesariamente y luego me miró fijo.



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Editado: 09.06.2026

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