No sé cuánto tiempo llevé parado en la salida de personal, pero sentía que cada minuto me empeoraba el dolor de cabeza.
El aire de la madrugada estaba frío y húmedo, y aun así yo seguía sintiendo calor en la cara de pura vergüenza. Tenía el estómago revuelto, la boca seca por el alcohol y la sensación desagradable de haber hecho alguna estupidez enorme aunque todavía no recordara toda la secuencia con claridad. Lo único que sabía era que Mina había contestado el teléfono, que Ren venía en camino y que yo estaba ahí como un condenado esperando la lectura de su sentencia.
Intenté ordenar mis ideas varias veces.
Podía decirle que fue un accidente.
Podía decirle que no recordaba haber mandado ese mensaje.
Podía fingir que estaba demasiado borracho para hablar.
Podía incluso volver a pedirle espacio.
Pero ninguna opción sonaba bien dentro de mi cabeza porque todas terminaban igual: conmigo viéndolo a la cara y sintiéndome peor.
Apreté más la sudadera alrededor de mi cuerpo, mi aroma estaba hecho un desastre, mezclado entre alcohol, humo fino del club, perfume de clientes y mi propio nerviosismo. Odiaba eso. Los Omegas solemos ser más sensibles a esas mezclas cuando estamos alterados, y yo me sentía como si mi propia piel me molestara.
Cuando escuché el motor acercarse, mi espalda se tensó sola, ni siquiera tuve que mirar para saber que era él. Ese aroma a mezcal limpio con madera húmeda llegó antes que sus pasos y me pegó de lleno en el pecho, como si mi cuerpo lo reconociera demasiado rápido y no le importara que mi cerebro quisiera salir corriendo.
Respiré hondo.
No levanté la vista enseguida.
Escuché cómo apagaba la moto, cómo caminaba hacia mí, cómo se detenía a una distancia prudente, ni demasiado cerca para invadirme ni demasiado lejos para parecer indiferente algo muy típico de él porque siempre parecía saber cuánto espacio dejar y eso lo hacía todavía más difícil de manejar.
—¿Leo?
Tragué saliva.
—Sí.
Su voz sonó más baja de lo normal cuando preguntó:
—¿Estás bien?
Eso fue todo.
No “¿qué pasó?”, no “¿por qué me mandaste eso?”, no “¿estabas borracho?”, nada de reproches o exigencias m. Solo eso.
¿Estás bien? y de alguna forma eso me hizo sentir peor.
Asentí sin mirarlo porque si lo hacía tenía la sospecha de que me iba a quebrar de la forma más ridícula posible.
—Sí… creo.
Hubo un pequeño silencio. Escuché una bolsa de papel arrugarse y finalmente lo vi moverse de reojo. Me extendió una botella pequeña de vidrio con un líquido ámbar claro.
—Toma esto primero.
Fruncí el ceño y por fin levanté un poco la cabeza.
—¿Qué es?
—Algo que preparó mi papá, dice que ayuda con la resaca, el mareo y las náuseas. También dijo textualmente que si te subes a la moto sin tomarlo probablemente me vomites la espalda y que prefería evitar esa experiencia.
Parpadeé.
La imagen mental era tan absurda que casi me hizo reír, pero mi cabeza dolía demasiado para permitírselo.
Tomé la botella con torpeza, estaba fría.
—No era necesario —murmuré, porque era lo único que sabía decir cada vez que él hacía algo que me movía el piso.
Ren se encogió de hombros como si aquello no tuviera importancia.
—Para mí tal vez no pero para mi papá sí.
Lo miré ahora sí, confundido.
—¿Tu papá?
—Le dije que iba a salir porque un amigo no se sentía bien. Me vio buscando qué llevar y me lo preparó.
Amigo.
La palabra se me quedó atorada de forma rara.
—Pero… no me conoce —dije, sintiéndome genuinamente descolocado—. O sea, ni siquiera sabe quién soy.
Ren metió las manos en los bolsillos y se apoyó contra la pared como si no tuviera ninguna prisa en presionarme.
—No necesita conocerte para preocuparse si sabe que estás mal.
Lo dijo con una naturalidad que me dejó sin respuesta porque para él eso era normal, para él debía ser normal que alguien oyera “una persona está mal” y automáticamente quisiera ayudar pero para mí no, para mí eso seguía sintiéndose ajeno, como mirar por la ventana de una casa iluminada en invierno sabiendo que adentro hay comida caliente pero no es tu casa.
Bajé la vista a la botella otra vez.
—Tu familia es rara.
Ren soltó una risa breve.
—Eso me dicen seguido.
Destapé el frasco y olí el contenido. Tenía un aroma herbal, algo cítrico y miel, olía mejor de lo que esperaba, le di un trago pequeño y torcí la boca.
—Sabe a medicina de abuela rica.
—Eso significa que funciona.
—No sabía que existían las abuelas ricas medicinales.
—En mi casa todo viene con instrucciones de mi papá así que sí.
Volví a beber, esta vez un poco más. Sentí el líquido bajar caliente por la garganta y asentarse en mi estómago revuelto con una suavidad extraña, no era milagroso, pero sí ayudaba.
Ren no me apuró y tampoco volvió a hacer preguntas, simplemente se quedó a mi lado mientras yo tomaba eso a sorbos lentos, como si entendiera que mi cabeza estaba demasiado llena y demasiado vacía al mismo tiempo.
Eso también me desesperaba de él, que supiera quedarse, que no necesitara llenar cada silencio y su aroma estuviera ahí, estable, limpio, dándome una sensación de calma que no había pedido.
Me humedecí los labios y murmuré sin pensar demasiado:
—Debes estar molesto.
Ren giró apenas el rostro hacia mí.
—¿Por qué?
Solté una risa seca.
—Por hacerte venir hasta acá en mitad de la noche, por el mensaje, por… todo.
Él me sostuvo la mirada unos segundos y luego negó despacio.
—Estoy preocupado, no molesto.
Sentí una presión tonta en la garganta.
Bajé la botella antes de terminarla.
—Eso no mejora las cosas.
—supongo que para ti no pero para mí sí.
No supe qué contestar porque ahí estaba otra vez esa manera suya de responder como si cuidarme fuera la cosa más simple del mundo en cambio yo seguía sin entender qué se supone que debía hacer con alguien así.