No pensé que compartir un cuarto con Lia fuera a ser tan complicado.
Bueno… mentira.
Sí pensé que sería complicado.
Lo que no pensé era que sería agotador de una forma tan específica, tan constante como una piedra dentro del zapato que no te deja caminar bien pero tampoco te deja detenerte a sacarla.
Lia no gritaba todo el tiempo es más ni siquiera me hablaba demasiado y aun así lograba llenar cada centímetro del cuarto con una incomodidad pesada.
Mi cama dejó de ser mi cama desde la primera noche, mi mesa ya no tenía espacio porque ella puso sus cosméticos baratos, una peineta rota, vasos vacíos y un montón de cosas que no sé de dónde salían. Había ropa sobre la silla, sobre la ventana, sobre mi mochila y a veces hasta encima de mí cuando despertaba porque, al parecer, tirar prendas al suelo era una actividad natural para ella, solo las recogía eso era lo peor porque ni siquiera discutía solo las recogía.
Esa tarde estaba justamente haciendo eso, inclinándome para juntar una blusa arrugada, dos medias y una falda que llevaba desde ayer tirada junto a la puerta, mientras intentaba calcular cuánto tiempo tenía antes de irme al club.
Lia seguía acostada en la cama.
Mi cama con una pierna doblada, la otra colgando, mirando un celular nuevo que no combinaba en absoluto con el resto de su desastre. Era uno de esos modelos recientes con pantalla enorme y funda brillante.
No pregunté de dónde lo había sacado porque sinceramente no quería escuchar la respuesta aunque podía imaginarla.
Su alfa.
Su “marido”, si es que a ese imbécil se le podía llamar así.
En esos días descubrí más de lo que quería sobre por qué Lia apareció de la nada en mi puerta, no fue una reconciliación familiar, tampoco una crisis de arrepentimiento.
Lia se fue de su casa porque un omega se metió con su alfa o, mejor dicho, porque su alfa se metió con otro omega pero Lia, por supuesto, no lo contaba así porque para ella la culpa siempre era del omega.
“Esa zorra lo sedujo.”
“Seguro se le regaló.”
“Los omegas así no sirven para otra cosa.”
La escuché repetirlo tantas veces esos días que terminé con un dolor de cabeza permanente.
Nunca decía: mi esposo me engañó.
Nunca decía: él decidió hacerlo.
No.
Siempre era culpa del otro.
Conociendo a ese idiota, yo podía imaginarlo perfectamente haciéndose la víctima, lloriqueando, diciendo que fue un error, que lo confundieron, que el omega insistió.
Patético.
Pero no iba a discutir con Lia sobre eso, no tenía energía y tampoco quería una pelea en un espacio donde ya ni siquiera podía cerrar la puerta y sentirme tranquilo.
Metí las medias dentro de una bolsa para lavar y escuché su voz, seca sin despegar los ojos del celular.
—No hay nada de comer otra vez.
Respiré por la nariz.
—Te dije que hoy compraría algo cuando cobre en el club.
—Siempre dices eso.
—Porque es verdad.
Ella soltó un sonido de desprecio.
—Pues qué vida tan miserable llevas.
No respondí.
Seguí doblando una camiseta mía que apareció debajo de su bolso.
—Ni fruta tienes —continuó—. Ni cereal. Ni carne. Ni nada decente
.
—Tengo deudas, Lia.
—Siempre tienes deudas.
Apreté la tela entre los dedos.
—Sí.
—Entonces ganas muy poco.
Qué observación tan brillante, pensé, pero me mordí la lengua.
Ella por fin dejó el celular a un lado y se incorporó sobre la cama para mirarme con esa expresión que siempre me hace sentir como si yo fuera menos cosa que el polvo.
—O tal vez no sabes usar lo que tienes.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
Lia me miró de arriba abajo con descaro.
—Eres omega.
Ya sabía que no me iba a gustar por dónde iba esto.
—Lia…
—No, escúchame. Eres omega, eres joven, no eres feo. Trabajas rodeado de alfas con dinero y aún así vienes aquí oliendo a cansancio y pobreza.
Sentí que la cara se me endurecía.
—No voy a hacer esto contigo.
—¿Hacer qué? ¿Ser realista? —se cruzó de brazos—. Si yo tuviera tus ventajas no estaría contando monedas para comprar arroz.
La miré, de verdad la miré y por un segundo no supe si sentir enojo o lástima porque lo decía tan fácil como si acostarse con cualquiera fuera una ecuación financiera, como si el cuerpo fuera una moneda que uno lanza cuando tiene hambre.
Tal vez para ella sí pero para mí no o tal vez sí podría serlo y eso era justamente lo que me revolvía el estómago.
—No quiero depender de nadie así —murmuré.
Lia soltó una carcajada corta, cruel.
—¿Depender? Leo, ya dependes de todos. De tus jefes, de tus cobradores, de tus clientes solo te haces el digno porque todavía no aceptas qué tan abajo estás.
Eso dolió más de lo que quería admitir ya que una parte de mí, esa parte fea que nunca se calla, susurró que quizá tenía razón.
Me enderecé despacio.
—Voy a cambiarme para irme.
—Claro —dijo ella con desgano—. Ve a jugar al omega fino para viejos ricos.
Apreté la mandíbula tan fuerte que me dolieron los dientes.
Abrí el cajón buscando mi ropa para el club.
Escuché movimiento detrás de mí y, cuando me giré, Lia ya tenía mi cartera en la mano.
—¿Qué haces? —pregunté, dando un paso.
La abrió sin pedir permiso.
Sacó los billetes doblados que llevaba guardando desde el turno anterior, los contó por encima y chasqueó la lengua.
—Qué miseria.
—Lia, devuélvemelo.
—Necesito salir.
—Yo también necesito ese dinero.
Me miró como si mi necesidad fuera una broma.
—No seas exagerado. No es como que vayas a morirte por un día
.
Sí podía o al menos podía dejar de comer pero antes de que lograra decir nada, ella ya se estaba poniendo los zapatos.
Guardó el dinero dentro de su bolso con una tranquilidad insultante y tomó su celular.
—Volveré tarde —dijo.
—Lia…
—¿Qué? ¿Me vas a detener?