Abrí los ojos antes de que sonara la alarma.
Ni siquiera hizo falta que el celular vibrara porque mi espalda ya se había encargado de despertarme sola.
Dormir en el piso tiene niveles de sufrimiento que el cuerpo nunca termina de aceptar del todo. Uno pensaría que después de varios días se acostumbra, que la columna se resigna, que las caderas dejan de protestar pero era una mentir, cada mañana es una nueva carta de odio firmada por los huesos.
Me quedé unos segundos mirando el techo desde la sábana mal acomodada que había extendido junto a la cama. La cama donde Lia dormía atravesada como si fuera reina destronada en exilio con una pierna colgando, el brazo sobre mi almohada, la cobija casi toda de su lado.
Suspiré.
No tenía sentido enojarme, Lia nunca había sido una persona particularmente considerada ni siquiera cuando éramos niños, y ahora que estaba instalada aquí parecía todavía menos interesada en compartir oxígeno de manera amable. Así que me incorporé despacio, ignorando el tirón desagradable en la cintura, y busqué el celular a tientas.
4:00 a.m.
Perfecto.
Se acabaron las vacaciones, lo cual significaba volver a la cafetería del campus, volver a los estudiantes medio muertos y ver a los maestros que piden café como si estuvieran solicitando una transfusión mientras cinco que mi cuerpo no quiere desintegrarse aunque también significaba menos horas de sueño.
Sonreí con amargura mientras desbloqueaba el teléfono y como ya se había vuelto una costumbre que no pensaba analizar demasiado porque me daba miedo la respuesta, lo primero que hice fue abrir el chat de Ren.
El último mensaje seguía ahí, enviado anoche después de dejarme en el edificio.
R: Duerme bien.
Tan simple y aun así me había quedado mirando la pantalla un rato antes de responder porque ¿quién demonios me desea dormir bien con tanta naturalidad?
Al final le había contestado lo único que me salió sin sentir que estaba confesando demasiado.
Yo: Lo intentaré.
Seco pero no tanto como si no importara aunque sí importaba.
No había mensajes nuevos todavía, lo cual era lógico porque solo los enfermos mentales funcionales están despiertos a las cuatro de la mañana por gusto y Ren, hasta donde sabía, no entraba en esa categoría.
Guardé el celular, me puse de pie y sentí cómo las rodillas tronaban con un dramatismo indigno para mi edad.
—Fantástico —murmuré.
Me cambié en silencio.
Todo lo hice con movimientos medidos para no despertar a Lia porque sinceramente no tenía energía para soportar una discusión antes del amanecer. Ella apenas se removió entre las cobijas cuando abrí la puerta, pero no despertó.
Salí al pasillo y el aire frío me pegó en la cara con esa crueldad típica de la madrugada. Caminé hacia la parada todavía medio dormido, con el estómago vacío y el cuerpo funcionando por pura memoria muscular.
El trayecto al campus fue automático, ya conocía ese horario, ese silencio extraño de la ciudad apenas desperezándose, esos pocos trabajadores cargando termos y caras de derrota.
Cuando llegué a la cafetería no pensé, solo hice. El primer turno siempre me convertía en una especie de aparato doméstico con piernas. Sonrisa básica, voz educada, manos rápidas, no hacía falta mucha conciencia para sobrevivirlo.
Además el aroma constante a café recién molido, leche caliente y pan dulce recién desempacado ayudaba a engañar al cerebro. Era una nube tibia que al menos mantenía a raya el sueño.
Las horas se fueron como suelen irse cuando una no tiene tiempo para sentirlas: entre vasos, órdenes mal pronunciadas y estudiantes bostezando. Cuando por fin el reloj marcó las ocho, me quité el delantal con la sensación de haber vivido tres días completos.
Me despedí rápido de mis compañeros, colgué la tela en su gancho y salí por la puerta lateral de siempre pero ahí fue cuando frené.
Ren estaba sentado en una de las bancas de afuera como si su presencia ahí no desafiara ninguna lógica, tiene las abiertas con descuido con su mochila tirada a un lado, el cabello todavía un poco húmedo, seguramente recién bañado con una sudadera gris y con cara de alguien que claramente tampoco durmió suficiente pero decidió existir de todas formas.
Tenía una botellita de jugo de naranja en la mano cuando me vio, se puso de pie sin apuro y caminó hacia mí, lo miré varios segundos porque de verdad… de verdad empezaba a preocuparme la facilidad con la que él aparecía en mis rutinas como si siempre hubiera pertenecido ahí como si fuera completamente normal que al salir de trabajar hubiese un alfa esperándome o como si fuera completamente normal que ese alfa supiera mi horario o como si fuera completamente normal que mi pecho hiciera esa cosa rara de aflojarse al verlo.
Ren se detuvo frente a mí y me extendió la botella.
—Toma.
Parpadeé.
—¿Qué es esto?
—Jugo de naranja.
—Eso lo veo.
—Entonces no entiendo la pregunta.
Lo miré con cansancio.
—Ren.
Él alzó una ceja, apenas divertido.
—No desayunaste, ¿verdad?
Abrí la boca para mentir por reflejo, pero me cerró la posibilidad con una mirada demasiado conocedora.
Suspiré.
—No tenía hambre.
—Leo, son las ocho de la mañana y llevas despierto desde las cuatro.
Me puso la botella en la mano casi a la fuerza.
—Tómalo.
La acepté porque discutir requería energía y yo ya había gastado toda batiendo capuchinos.
—¿Y tú qué haces aquí? —pregunté mientras destapaba el jugo.
Ren se encogió de hombros como si no fuera nada.
—Te esperaba.
Así sin más como si fuera la frase más casual del idioma.
Le di un trago al jugo solo para no quedarme viéndolo como idiota, estaba frío pero dulce y me hizo notar de golpe el hueco vacío que tenía en el estómago.
Ren metió las manos en los bolsillos y me observó beber con una tranquilidad que me estaba empezando a resultar peligrosamente familiar. Parecía que esto, estar sentado afuera de mi trabajo con jugo de naranja para mí, era lo más normal del mundo y tal vez ese era el verdadero problema, que él hacía normales cosas a las que yo no estaba acostumbrado aunque eran cosas pequeñas Como esperarme, traerme comida, asegurarse de que desayune o escribirme buenas noches, eran pequeñeces domésticas cosas que para cualquier otra persona serían insignificantes pero para mí se sentían enormes.