No sé por qué llevaba treinta minutos frente al espejo del baño y ni siquiera era un buen espejo. Era esa lámina vieja medio manchada que deformaba un poco el reflejo en las esquinas y hacía que uno siempre pareciera más cansado de lo que ya estaba. Tal vez por eso me veía peor. Tal vez por eso ninguna camiseta me convencía o tal vez porque simplemente estaba entrando en pánico por una comida a la que, según mi brillante criterio del jueves, había aceptado ir “sin que fuera gran cosa”.
Sí, claro.
No era gran cosa y por eso ya me había probado tres sudaderas, dos pantalones y una camisa que encontré al fondo del cajón y que descarté de inmediato porque me hacía parecer contador deprimido en entrevista laboral.
Me pasé una mano por el cabello húmedo y suspiré.
—Es una comida, no una boda —murmuré para mí mismo.
Pero ni así me calmé porque no era solo una comida, “era la comida” en la casa de Ren con su familia.
La famosa mesa donde todos parecían hablarse, molestarse y quererse con una naturalidad que a mí me ponía nervioso desde antes de verla.
Bajé la mirada hacia mi ropa una vez más.
Al final terminé escogiendo lo más decente que tenía: un pantalón oscuro sin roturas visibles, tenis limpios dentro de lo posible y una sudadera gris que no estaba tan gastada en los puños, nada elegante, solo… presentable o al menos eso esperaba.
Salí del baño todavía acomodándome las mangas y apenas crucé la puerta escuché la voz de Lia desde la cama.
—Vaya, vaya.
Levanté la vista.
Ella estaba recostada de lado, con mi almohada abrazada al pecho como si le perteneciera desde el nacimiento, mirándome de arriba abajo con esa expresión de juicio permanente que últimamente parecía vivirle pegada en la cara.
—¿Y esa producción? —preguntó.
—No es ninguna producción.
—Claro que sí.
Rodó los ojos y se incorporó un poco.
—Más te vale sacarle dinero al alfa.
Apreté la mandíbula.
—No voy a sacarle dinero a nadie.
Lia soltó una risa seca.
—Entonces al menos que te invite a comer en un lugar caro, porque aquí no hay nada decente desde hace días.
Tomé mi mochila de la silla y evité mirarla.
—Voy a salir con un amigo.
Fue un error decir “amigo”, lo supe por la forma en que sonrió ya que no fue una sonrisa amable ni una divertida fue más bien una de esas sonrisas torcidas que ya vienen cargadas de veneno.
—Ay, Leo… —dijo con una voz que me hizo querer largarme ya—. Los omegas no tienen amigos.
Cerré los ojos un segundo porque no quería discutir, de verdad no quería pero Lia siempre encontraba la manera exacta de meter los dedos donde más dolía.
—¿Ah, no?
—No —continuó ella, como si estuviera dando una clase—. Los omegas sirven para dos cosas: agradar y acostarse con quien pueda mantenerlos. Todo lo demás son fantasías.
Sentí el estómago revolverse aunque no solo por lo que dijo sino porque una parte de mí sabía perfectamente de dónde venía esa amargura, Lia no hablaba solo de mí, hablaba de ella, de su alfa, del otro omega, de todo lo que la había dejado varada aquí pero entenderlo no hacía que escucharla fuera menos insoportable.
—No todos piensan así —murmuré mientras me colgaba la mochila.
Ella resopló.
—Los que no piensan así terminan comiendo aire. Tú verás.
Me giré hacia la puerta, no valía la pena.
No valía la pena entrar en otra de esas conversaciones donde cualquier respuesta mía terminaba convertida en una prueba de que yo era ingenuo, tonto o inútil.
Di un paso.
Entonces mi celular vibró en el bolsillo, lo saqué casi con alivio, solo ver su nombre hizo que algo en mi pecho se aflojara de una manera irritantemente rápida.
Abrí el mensaje.
R: Ya estoy abajo.
Tragué saliva.
Era un mensaje simple y sin embargo sentí como si de pronto todo se volviera demasiado real. Todos esos nombres que hasta ahora solo habían existido en relatos.
Guardé el teléfono.
—¿Ya llegó? —preguntó Lia desde atrás con ese tonito que detestaba.
No respondí.
—Leo —canturreó—, si el alfa es rico no seas idiota. Los ricos no miran dos veces a un omega pobre por ternura.
Esa frase sí me alcanzó en plena espalda.
Me detuve con la mano en la perilla por un segundo quise girarme y decirle que cerrara la boca porque no sabía nada, que no entendía nada pero el problema era que una parte de mí sí entendía el miedo escondido ahí porque yo también me lo había preguntado más de una vez.
¿Por qué Ren seguía aquí?
¿Por qué tanto interés?
¿Por qué tanta constancia?
¿Qué veía en mí?
Apreté la perilla con más fuerza.
No tenía respuestas para eso y si me quedaba un minuto más en este cuarto, Lia iba a lograr meterme más dudas de las que ya cargaba.
Así que simplemente abrí la puerta.
—No me esperes despierta —murmuré.
—Como si quisiera —bufó ella.
Salí antes de escuchar algo más.
Bajé las escaleras del edificio con el corazón ridículamente rápido y el aroma rancio del pasillo todavía pegado en la nariz, pero a cada peldaño sentía crecer otro olor en mi memoria. Ese mezcal limpio y tibio que siempre anunciaba a Ren antes de verlo y no sé si eso me tranquilizaba o me ponía peor aunque probablemente era ambas.
Cuando empujé la puerta principal y salí a la calle, lo vi junto a su moto esperándome y de inmediato sentí que quizá había elegido la ropa equivocada, la cara equivocada y probablemente la vida equivocada para enfrentar ese día aunque lo primero que pensé no fue “hola”.
Ni “buenos días”.
Ni siquiera “voy a desmayarme”.
Lo primero que pensé fue: ¿por qué demonios tiene flores?
Porque sí, ahí estaba él, con jeans oscuros, una sudadera negra, el cabello un poco revuelto por el viento… y en la mano un ramo de flores mariposa envuelto en papel sencillo.
Me detuve en seco.
Lo señalé.
—Por favor dime que eso no es para mí.