Seguía con la taza entre las manos aunque el té ya no estaba tan caliente. Apenas había tomado un par de sorbos porque sinceramente no sabía ni cómo comportarme, sentía que si movía algo podía romperlo, ensuciarlo o quedar como un salvaje, Itsuki hablaba conmigo mientras picaba verduras con una naturalidad insultante, como si yo no fuera un desconocido metido en su cocina un domingo al mediodía.
Me preguntó dos veces si el té estaba bien, si me gustaban los postres muy dulces, si Ren me había traído con cuidado en la moto. Preguntas simples de esas que deberían ser normales, pero que en mí caían como piedras porque no estaba acostumbrado a que alguien llenara los silencios conmigo sin pedirme nada a cambio.
Entonces escuchamos el ruido de un coche entrando.
Itsuki levantó la cabeza enseguida y sonrió de una manera que me hizo entender que esperaba a alguien importante.
—Seguramente ya llegó Sora —dijo limpiándose las manos en el delantal—. Ya vuelvo, Leo, no te muevas.
Como si tuviera otro plan aparte de quedarme tieso en la silla.
Lo vi salir casi trotando hacia la entrada y me quedé solo en la cocina solo ahí fue cuando sentí de nuevo el peso de dónde estaba. Mis ojos se fueron por todos lados porque no sabía dónde clavarlos, la cocina era enorme pero no fría; tenía ese tipo de desorden ordenado de una casa habitada de verdad. Había frascos con galletas, notas pegadas en el refrigerador, una charola con pan cubierto por una manta, flores en un jarrón junto a la ventana. Todo olía a comida recién hecha, té dulce y a ese fondo tenue del aroma de Itsuki. .
Estaba mirando una foto enmarcada de los cuatro hijos con sus padres cuando escuché pasos de regreso y alcé la vista.
Itsuki volvió con una cajita blanca entre las manos.
—Trajo el postre, menos mal porque si no estos alfas se comen hasta la mesa —iba diciendo entre risas.
Pero casi no escuché el resto porque detrás de él entró otro aroma a miel y limón. No era pesado ni empalagoso, más bien era limpio, brillante incluso delicado de una manera que me golpeó de inmediato el cerebro antes incluso de procesar a la persona. Alcé la mirada casi por instinto y entonces lo vi y si, me quedé mirándolo más de la cuenta porque en mi cabeza yo había construido una imagen sencilla: el mellizo de Ren, alguien alto como otra copia masculina con distinta ropa era lógico pero no.
Sora no se parecía a Ren más que en los ojos.
Era… bueno, era el tipo de omega que uno ve en comerciales ridículos donde venden perfumes o cremas faciales. Rubio, pero de un rubio más claro y perfectamente cuidado; ni un cabello fuera de lugar. La piel limpia, la ropa elegante sin parecer exagerada, la cintura marcada por un pantalón claro y una camisa que seguramente costaba mi renta de medio año. Hasta la manera de caminar era refinada, como si desde pequeño le hubieran enseñado a no chocar con nada del mundo en cuanto a mi sentado ahí con ropa prestada por mí mismo de hace tres años y tenis gastados, me sentí un mueble torcido.
Sora me miró aunque no fue una mirada grosera, pero sí una mirada completa, de arriba abajo como si estuviera evaluándome y mi cerebro, traidor, pensó una sola cosa:
claro, así debe verse un omega cuando nació en una familia buena.
Me odié inmediatamente por pensarlo, pero no pude evitar compararme. Mi cabello seguramente estaba revuelto por el casco, mis manos seguían ásperas por lavar platos y cargar cajas, y mi aroma… mi aroma suave casi siempre se apagaba cuando estaba nervioso. Al lado de alguien como él debía oler a nada.
—Sora, él es Leo —canturreó Itsuki como si presentara a un amigo de años.
Sora dejó la cajita en la mesa y me sostuvo la mirada un segundo más antes de sonreír apenas.
—Así que tú eres Leo.
No sé por qué ese “tú” me hizo sentir que ya había escuchado de mí.
Abrí la boca.
—Sí… hola.
Magnífico, Leo, qué elocuencia.
Antes de que pudiera avergonzarme más, Ren entró desde el patio con olor a humo de carbón y mezcal fresco pegado a la ropa. Venía arremangado y con una ligera mancha en la mejilla.
Apenas cruzó la puerta alzó la vista hacia su mellizo.
—Llegaste.
Sora ni siquiera dejó lo que estaba haciendo para saludarlo; solo respondió con un asentimiento corto.
—Papá estaba a dos minutos de mandar a Kai por ti.
—Kai me mandó mensajes como si fuera mi gerente —contestó.
El intercambio fue tan seco que casi me dio risa. Gemelos y ni una pizca de dramatismo.
Sora ya estaba ayudando a Itsuki a sacar platos como si conociera exactamente dónde iba cada cosa. Lo hacía con movimientos rápidos, pulidos, sin perder esa apariencia impecable que me estaba resultando ofensiva por razones personales, mientras tanto seguía observando, demasiado callado, cuando otro aroma apareció en la entrada de la cocina, algo más oscuro y denso.
Levanté la vista y vi a otro alfa supuse de inmediato que era el esposo de Sora.
Tenía presencia de sobra para notarlo sin esfuerzo. Alto, serio, con ropa casual aunque formal como si hubiera salido de una reunión y lo hubieran arrastrado hasta ahí. No entró del todo; se quedó en el marco de la puerta mirando la escena, y por un momento sus ojos se clavaron en mí con esa evaluación silenciosa típica de los alfas que calculan espacios antes de entrar en ellos.
Me tensé.
No porque hiciera nada solo porque los alfas así me ponen alerta por costumbre.
Sora ni siquiera volteó a verlo.
—Llegas tarde —dijo mientras acomodaba platos.
El alfa abrió la boca para responder algo, pero desde el patio una voz gritó:
—¡OI, RINTO! ¡VEN A VER SI ESTA CARNE YA NO ESTÁ CRUDA O TU SUEGRO NOS VA A MATAR!
Kai, asumí.
El hombre junto a la puerta cerró los ojos apenas, como quien invoca paciencia divina. Su mandíbula se apretó y pude ver cómo su aroma se tensaba un poco, ese tipo de cambio que los omegas percibimos enseguida aunque los alfas crean que disimulan.