Un Desastre Inevitable

17

Todavía me sentía aturdido.

No era una exageración dramática, ni una de esas frases que la gente usa cuando no sabe cómo describir que está nerviosa. No. Literalmente seguía aturdido como si una parte de mi cerebro hubiera decidido dejar de funcionar desde que Ren me besó y hasta el momento no mostrara intención de regresar. Cada pocos segundos me encontraba tocándome los labios con la punta de la lengua, como si esperara confirmar que sí había pasado, que no me lo imaginé, que esa sensación tibia y extrañamente adictiva había sido real y probablemente por seguir así de idiota fue que cometí la estupidez número uno de la noche: aceptar quedarme a dormir.

Ren había dicho, con esa naturalidad con la que soltaba cosas que para mí eran enormes, que ya era tarde, que no pensaba dejarme ir solo y que además yo merecía dormir una vez en una cama decente. Lo dijo como si fuera la propuesta más lógica del mundo y no una bomba lanzada directo a mi autocontrol, debería haber dicho que no.
Debería haber recordado que tenía una hermana insufrible ocupando mi cama, sí, pero seguía siendo mi casa.
Debería haber pensado en lo peligroso que era seguir acumulando momentos con él.
En lugar de eso asentí como un imbécil y luego vino la estupidez número dos.
Cuando me preguntó si quería dormir en el cuarto de invitados, yo, que claramente había perdido toda capacidad de supervivencia, le dije que no, que prefería quedarme en su cuarto.

Todavía no sabía por qué había contestado eso.
Tal vez porque salir de su habitación después de ese beso me parecía como cortar algo de golpe.
Tal vez porque seguía sintiendo el cuerpo blando.
Tal vez porque el aroma a mezcal me tenía más tranquilo de lo que quería admitir.

El punto era que ahora estaba encerrado en el baño de Ren, bajo una ducha demasiado buena para mi nivel de vida, intentando no pensar en el montón de decisiones cuestionables que me habían llevado hasta ahí.
El agua salía con la presión perfecta y caliente de verdad, no tibia miserable como en mi departamento cuando el boiler decidía cooperar. Los productos que tenía acomodados en una repisa olían caros, no sabía de marcas, pero sí sabía reconocer cuando algo no era el shampoo genérico de quince pesos y el jabón corporal me dejó la piel con una sensación rara de suavidad.

Cuando terminé de enjuagarme me di cuenta de otro detalle todavía peor.

Mi aroma había cambiado.

No en esencia, seguía siendo uva, pero estaba más vivo como si esos productos hubieran despertado mis feromonas de una manera ridícula. Era un olor dulce pero profundo, menos apagado que de costumbre, y eso me puso nervioso porque implicaba salir de ese baño oliendo demasiado a Omega en el cuarto de un Alfa que me había besado hace menos de una hora.

Maravilloso.

Me sequé lento, intentando retrasar lo inevitable, pero no podía quedarme a vivir ahí así que terminé poniéndome la pijama que Ren me dejó. También eso me resultó absurdamente íntimo, la tela me quedaba grande, las mangas me sobraban y olía a él. A él y a detergente limpio.
Suspiré.

—Estás perdido —murmuré para mí mismo.

Abrí la puerta y me encontré con Ren entrando de espaldas mientras arrastraba algo.
Parpadeé.
Era un sofá, bueno, un sofá cama plegable.

—¿Qué… haces?

Ren giró un poco, acomodándolo con esfuerzo.
—Traje el sofá cama.

Lo miré sin entender.
—¿Para qué?

—Para dormir —contestó como si fuera obvio—. Estaba en el cuarto de Sora pero como ya no vive aquí, lo tomé prestado.

Tardé dos segundos en procesar y luego fruncí el ceño.
—¿Vas a dormir ahí?

—Sí.

Lo dijo tan tranquilo que me irritó.
—No.

Ren alzó la vista.
—¿No qué?

—No vas a dormir ahí. Es tu cuarto.

—Leo, está bien.

—No está bien, ese sofá se ve horrible.

—He dormido en peores lugares.

—Yo también.

—Precisamente por eso tú duermes en la cama.

Crucé los brazos.
—Yo puedo dormir ahí y tú en tu cama.

Ren me miró como si acabara de sugerirle que incendiáramos la casa.
—Ni loco.

—¿Por qué no?

—Porque eres visita.

—Pero es tu cuarto.

—Porque quiero que descanses.

—Pero no pienso quitarte tu cama.

La discusión siguió así varios minutos, cada uno devolviendo el argumento del otro como una pelota tonta. Lo peor era que ninguno quería ceder y mientras más insistía él, más me negaba, en parte porque me daba culpa y en parte porque la escena era tan ridículamente doméstica que empezaba a ponerme nervioso.

Al final exhalé con fuerza.
—Entonces dormimos juntos y ya.

El silencio que siguió fue tan brusco que casi escuché cómo se le trababa el cerebro.
Ren se quedó tieso.
Completamente tieso.
Hasta el aroma le cambió, el mezcal se volvió más fuerte de golpe, como si se le hubiera disparado el pulso.

—No.

Parpadeé.
—¿No?

—No.

—¿Por qué dices no tan rápido?

—Porque no.

Lo miré con desconfianza.
—Ren.

Él evitó mis ojos mientras fingía acomodar una almohada que no necesitaba acomodo.

—No quiero.

Fruncí más el ceño.
—Hace una hora querías besarme.

Sus orejas se pusieron rojas al instante.
—Eso es diferente.

—¿En qué mundo es diferente?

—En este.

—Explícame.

Ren soltó el aire por la nariz, claramente incómodo.
—Leo, no quiero que te sientas incómodo.

Lo miré unos segundos sin hablar.
Él seguía sin verme directo, concentrado en el maldito sofá como si ahí estuvieran escritas las respuestas del universo y entonces entendí. No era que no quisiera era que estaba intentando controlarse hasta el extremo porque yo olía distinto después de esa ducha, lo sabía, mis feromonas estaban más marcadas, flotando por todo el cuarto y el era un Alfa. Un Alfa que ya estaba nervioso conmigo vestido normal; meterme en su cama con su propia pijama y oliendo así probablemente le parecía una pésima idea.



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En el texto hay: #omegaverse, #bl, #alfayomega

Editado: 28.06.2026

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