Habían pasado varios días desde que me quedé en casa de Ren.
Varios días desde ese beso.
Varios días desde que Lia me escupió sus palabras en la cara como si me hubiera abierto una grieta justo donde yo apenas empezaba a sentir algo bueno y, sinceramente, seguía sin saber qué demonios hacer conmigo mismo porque Ren no cambió.
Ese era el problema.
Si él hubiera cambiado, si se hubiera vuelto distante, si hubiera empezado a actuar como esos Alfas que solo juegan un rato y luego se aburren, todo sería más fácil. Podría decir “ves, tenía razón”, podría encerrarme otra vez y seguir adelante pero no, Ren seguía apareciendo cada mañana afuera de la cafetería del campus como si ya fuera parte natural de mi rutina.
A las ocho en punto yo salía todavía con olor a café tostado y leche evaporada pegado en la ropa, y él estaba ahí en una banca o recargado en una pared con esa maldita tranquilidad suya.
A veces traía un café caliente.
A veces un jugo de naranja.
A veces una fruta ya cortada en una cajita.
A veces un pan envuelto en servilleta.
Y casi siempre decía lo mismo.
—Mi papá te lo manda.
Como si eso solucionara el hecho de que yo no sabía dónde meter la cara cada vez que aceptaba. Lo peor era que ya me había acostumbrado, me había acostumbrado a verlo estirar la mano y entregarme cosas.
Me había acostumbrado a caminar con él hasta mi salón de contabilidad mientras me contaba tonterías sobre algún profesor insoportable de ingeniería.
Me había acostumbrado a su aroma a mezcal mezclándose con el aire frío de la mañana.
Me había acostumbrado tanto que el solo imaginar que un día no estuviera ahí me dejaba una sensación hueca en el pecho y eso me molestaba porque al mismo tiempo estaba actuando raro. Lo sabía. No hacía falta que nadie me lo dijera, contestaba tarde, a veces no sabía qué responder cuando él me hablaba y me quedaba mirándolo como idiota, otras veces me tensaba cuando me rozaba la mano y terminaba alejándome apenas unos centímetros. No eran movimientos enormes, pero Ren no era estúpido, el notaba cosas. Varias veces lo vi fruncir apenas el ceño o abría la boca como si fuera a preguntar algo y luego no dijo nada y agradecía y odiaba ese silencio al mismo tiempo porque si preguntaba… ¿qué iba a responderle?
¿Que mi hermana me había llenado la cabeza de veneno?
¿Que una parte de mí estaba aterrada de que todo esto fuera demasiado bueno para ser real?
¿Que aunque él nunca me había dado razones para desconfiar, yo seguía empujándolo al mismo cajón podrido donde metí a todos los Alfas que conocí?
Era injusto, terriblemente injusto, Ren no era como ellos, lo sabía incluso aunque quisiera negarlo.
Nunca me había tocado sin preguntar.
Nunca me había presionado con mis feromonas.
Nunca había usado su posición o su dinero para hacerme sentir menos.
Nunca insinuó que esperaba algo físico por pasar tiempo conmigo.
Al contrario, siempre dejaba sus intenciones tan claras que a veces me daba hasta más miedo porque Ren no jugaba, el me miraba como si de verdad me estuviera escogiendo y no…. No sabía qué hacer con alguien que me escogía sin querer arrancarme algo primero.
Ese pensamiento me persiguió toda la mañana del jueves.
Había salido de la cafetería con una botellita de jugo que Itsuki “mandaba porque los cítricos fortalecen”, según palabras textuales de Ren, y caminábamos hacia la facultad mientras él hablaba de una exposición que tendría Kai en la constructora, apenas escuchaba a medias. Mi cabeza estaba atorada en el mismo sitio de siempre.
Apreté la botella entre los dedos.
—Leo.
Parpadeé.
Ren me estaba viendo.
—¿Hm?
—Llevo como cinco minutos contándote que Kai casi atropella una mezcladora y tú no reaccionaste ni una vez. Eso es grave.
Intenté hacer una mueca normal.
—Perdón. Estoy cansado.
Ren no pareció convencido sin embargo siguió caminando un par de pasos más en silencio y luego habló con voz más baja.
—No es solo cansancio.
Sentí el cuerpo tensarse.
—Sí lo es.
—Leo.
Cómo odiaba que dijera mi nombre así, como si me estuviera dando una salida decente para hablar.
Miré al frente.
Los estudiantes iban y venían a nuestro alrededor, algunos riendo, otros cargando carpetas, otros desayunando a las carreras. Todo parecía absurdamente normal mientras dentro de mí había una tormenta ridícula por algo tan simple como no saber confiar.
Ren soltó un suspiro.
—No voy a presionarte —dijo—, pero estás lejos incluso cuando estás aquí conmigo.
No supe qué contestar porque tenía razón y escucharle decirlo me hizo sentir todavía peor.
Seguí caminando con la vista clavada en el piso.
—Si hice algo que te incomodó, prefiero que me lo digas.
Ahí estuvo, la oportunidad perfecta solo tenía que abrir la boca y preguntar.
“Ren, ¿qué soy para ti?”
“Ren, ¿esto va en serio?”
“Ren, ¿te vas a cansar?”
Tres preguntas simples que se me atoraron en la garganta como vidrio porque había una posibilidad mínima, diminuta, pero real de que él contestara algo que me destruyera y no estaba seguro de soportarlo.
Así que hice lo que mejor sé hacer.
—No hiciste nada —murmuré.
Ren me miró unos segundos largos. Tan largos que sentí el aroma a mezcal acercarse cuando se detuvo frente a mí.
—Entonces deja de mirarme como si esperases que te lastime.
Sentí que el corazón me dio un golpe seco.
Levanté la vista de inmediato, Ren no sonaba molesto, más bien sonaba herido Pero Confundido y me dolió de una manera profundamente asquerosa descubrir que sí, eso era exactamente lo que estaba haciendo.
Lo estaba mirando esperando una herida que él todavía no me había dado, sabía que estaba manejando todo mal porque después de lo que Ren me dijo en la mañana me quedé con una presión fea en el pecho durante todo el día, esa clase de culpa que no te deja respirar del todo pero tampoco te deja hacer algo útil para solucionarla. Varias veces en clase me descubrí escribiendo números donde no iban, copiando apuntes sin entender nada y mirando el celular con ganas de mandarle un mensaje que dijera algo inteligente, algo honesto, algo menos cobarde que mi habitual “estoy bien”.