No fui a la cafetería.
La alarma sonó a las cuatro como siempre pero me quedé en el piso mirando el techo con los ojos secos y el cuerpo entumecido ni siquiera sentía sueño ya. Había pasado casi toda la noche despierto, sentado en la misma esquina donde me derrumbé cuando Lia se fue, repasando una y otra vez cada palabra que me dijo hasta que se me metieron debajo de la piel.
No lloré aunque quise.
Varias veces sentí ese ardor detrás de los ojos, esa presión en la garganta que pide soltarse aunque sea un poco, pero me forcé a no hacerlo. Llorar era darme permiso de ser débil y en ese momento lo único que me quedaba era mantenerme rígido. Si empezaba a llorar iba a aceptar que me había lastimado, y no quería regalarle eso ni siquiera a una habitación vacía así que me quedé pensando y analizando cada cosa con una frialdad que en realidad no tenía.
Lia había encontrado dónde herirme.
Sí.
Pero solo pudo hacerlo porque Ren estaba ahí porque Ren ya se había metido en mi rutina, en mis pensamientos, en mis mañanas, en mis noches, en mis malditos sueños, y por eso ahora bastaba con mencionarlo para que todo dentro de mí se tambaleara.
Eso era exactamente lo que yo había querido evitar desde el principio.
Tener un punto débil.
Tener a alguien capaz de importarme lo suficiente para que usarlo en mi contra funcionara y ahora lo tenía, lo había dejado crecer, había dejado que Ren se volviera necesario y me odié por eso porque significaba que había bajado la guardia.
Que me había ilusionado y que por unos días estúpidamente creí que podía acercarme a algo cálido sin quemarme.
Antes de las ocho me obligué a ponerme de pie. Tenía el cuerpo pesado, la cabeza hueca y un sabor amargo clavado en la lengua. Me lavé la cara, me cambié y salí sin desayunar, sin revisar mensajes, sin querer mirar siquiera si Ren había escrito porque sabía dónde estaría.
A las ocho él siempre me esperaba afuera de la cafetería del campus y esta vez no iba a darle tiempo de sonreírme como si todo siguiera normal.
Caminé directo hacia ese lado de la universidad. Lo vi desde lejos, sentado en la banca de siempre con una mochila a sus pies y el cabello todavía un poco húmedo, como si hubiera salido a toda prisa. En cuanto me reconoció se puso de pie.
Su rostro mostró sorpresa al instante.
—Leo… ¿vienes de…?
—Necesitamos hablar.
No lo dejé terminar.
Mi propia voz me sonó extraña.
Ren parpadeó.
—¿Qué pasó?
—Solo ven.
Seguí caminando sin esperar respuesta. Escuché sus pasos detrás de mí casi enseguida. Lo llevé hacia uno de los laterales menos transitados del campus, cerca de unos árboles donde a esa hora casi no pasaba nadie. Sentía su aroma acercarse y cada paso me costaba más porque una parte imbécil de mí quería girarse y echarse atrás pero no lo hice.
Me detuve dándole la espalda, no podía mirarlo porque si lo miraba iba a vacilar.
—Leo —su voz sonó tensa—. Me estás asustando. ¿Qué pasa? ¿Tuviste un problema? ¿Estás mal? ¿Es Lia? ¿Te hicieron algo?
Cada pregunta era preocupación genuina, eso solo hacía todo más insoportable.
Apreté los dientes.
—Lo mejor es que tomemos distancia.
Hubo un silencio corto como si no hubiera entendido las palabras.
—¿Qué?
—Que ya no deberíamos seguir viéndonos así.
Escuché cómo se movía un paso más cerca.
—No entiendo.
—No hay nada que entender.
—Claro que sí hay algo que entender —contestó más rápido—. ¿Pasó algo ayer? ¿Hice algo? Dímelo y lo arreglamos.
“Lo arreglamos.”
Esa facilidad con la que hablaba en plural me destrozó más.
Negué aunque él no podía verme.
—No hiciste nada.
—Entonces ¿por qué dices esto?
Su voz estaba cambiando, ya no era solo confusión. Había miedo, lo podía sentir y me odié más.
—Porque ya no quiero seguir con esto.
—¿Con esto qué? —insistió—. Leo, mírame.
No me moví.
—Por favor mírame y dime qué está pasando.
Mi respiración empezó a romperse.
Ren seguía intentando sacar información, seguía buscándole sentido, seguía preocupado por mí cuando yo estaba a punto de clavarle un cuchillo sin que lo mereciera eso solo estaba haciendo que me pusiera peor porque si seguía hablándome así iba a terminar cediendo y no podía o más bien no debía asi que exploté.
Me giré de golpe.
—¡Porque ya no quiero verte!
Mi propia voz rebotó entre los árboles haciendo que Ren se quedara inmóvil pero seguí, casi gritando porque si bajaba el tono me quebraba.
—¡No me gustas! ¡No me interesa seguir con esto! ¡Me molesta que estés encima todo el tiempo! ¿Qué es tan difícil de entender?
Cuando levante la vista lo vi pero desearía no haberlo hecho, ojalá no me hubiera girado, ojalá me hubiera quedado de espaldas porque en los ojos de Ren… los ojos de Ren estaban brillando con ese brillo insoportable de lágrimas atrapadas.
Su boca tembló apenas, como si quisiera decir algo y no encontrara cómo, le temblaban las manos ligeramente pero lo suficiente para que lo notara. Tenía una expresión de dolor tan desnuda que me dejó un segundo sin aire.
Nunca lo había visto así.
Ren, que siempre parecía saber qué hacer.
Ren, que siempre sonreía aunque yo fuera un desastre.
Ren estaba mirándome como si acabara de arrancarle algo.
Entré en pánico.
Una parte de mí quiso retractarse de inmediato, decir que no era verdad, pedirle perdón, intentar explicar la razón pero entonces Lia volvió a mi cabeza.
“Basura usada.”
“Alfas así no se fijan en ti.”
Y me obligué a quedarme quieto.
Ren tragó saliva con dificultad.
Cuando habló, su voz salió baja y rota.
—Ya entendí.
Sentí que el corazón me golpeó las costillas.
Él asintió una vez, como intentando sostenerse.
—No voy a molestarte más.
Se agachó despacio, abrió su mochila y sacó una caja de comida bien envuelta. La sostuvo un momento entre las manos antes de extenderla hacia mí.