Un Desastre Inevitable

26

Lo primero que noté fue el silencio pero no era aquel silencio incómodo de mi departamento donde siempre parecía haber tensión flotando en el aire más bien era un silencio tranquilo y suave aquellos que apenas son interrumpido por el sonido lejano de alguien moviéndose en la planta baja y el viento golpeando ligeramente la ventana.

Después llegó el dolor, menos intenso que antes, pero seguía ahí como si mi cuerpo entero estuviera cubierto de moretones por dentro y por fuera.

Abrí los ojos lentamente mirando el techo conocido de la habitación de Ren por un momento me quedé quieto intentando recordar en qué momento me había dormido pero solo recordaba estar llorando abrazado a él.
Intenté incorporarme un poco y enseguida solté una mueca porque las costillas protestaron, aun así logré sentarme apenas y fue entonces cuando noté que la intravenosa ya no estaba conectada a mi brazo aunque las vendas seguían ahí pero al menos ya no tenía el tubo enterrado en la mano.

Me quedé sentado unos segundos acomodando la respiración mientras observaba la habitación.
Los pósters pegados algo chuecos junto con los libros de mecánica apilados sin mucho orden. Una chamarra tirada sobre la silla como si la hubiera dejado ahí rápido. Incluso había una taza vacía sobre el escritorio que probablemente llevaba horas olvidada, era extraño lo cálido que se sentía todo eso ya que nunca había estado en un lugar que realmente pareciera habitado por alguien feliz.

Antes de seguir pensando escuché pasos acercándose y luego la puerta abriéndose despacio.
Ren entró cargando una charola de comida y siendo sincero se veía agotado. Traía el cabello desordenado otra vez, una sudadera arrugada y ojeras todavía más marcadas que la última vez que lo vi despierto aún así apenas sus ojos se encontraron con los míos sonrió de inmediato y fue una sonrisa tan genuinamente aliviada.

—Al fin despertaste.

Su voz sonó feliz como si hubiera estado esperando eso durante mucho tiempo.

Fruncí un poco el ceño confundido.
—¿Cuánto dormí…?

Ren parpadeó apenas.
—Tres días.

Lo miré completamente incrédulo.
—¿Qué?

Él soltó una risa pequeña acercándose rápidamente hacia la cama.
—Bueno, despertabas ratitos pero casi no reaccionabas. Volvías a dormirte enseguida.

¿Tres días completos?

Sentí una mezcla extraña entre vergüenza y confusión.
—Lo siento…

Ren me miró como si acabara de decir la tontería más grande del mundo.
—¿Por dormir mientras estabas lesionado?

No respondí, sí sonaba ridículo cuando él lo decía así.
Ren dejó la charola sobre el escritorio y enseguida se acercó a ayudarme a sentarme mejor, ni siquiera tuvo que preguntarme si me dolía o si necesitaba ayuda simplemente acomodó una mano detrás de mi espalda y la otra sobre las almohadas para levantarlas un poco más.
Todo lo hacía despacio con mucho cuidado, parecía era que todavía creyera que podía romperme y bueno… tal vez sí podía.

Mi cuerpo dolía demasiado pero no era solamente eso.
Era raro dejar que alguien me cuidara así, toda mi vida había tenido que arreglármelas solo incluso enfermo o herido. Nadie acomodaba almohadas para mí. Nadie preguntaba si ya había comido. Nadie se quedaba despierto cuidándome y ahora Ren actuaba como si fuera lo más natural del mundo eso me hacía sentir cálido pero también increíblemente avergonzado.

Cuando terminó de acomodarme volvió por la charola y la dejó frente a mí sobre las piernas.
El olor me golpeó enseguida, un caldo suave con arroz, una de esas comidas sencillas que se preparan cuando alguien está enfermo.

—Antes de que pongas cara rara —dijo Ren sentándose otra vez junto a la cama— sí es comestible. La hizo mi papá.

No pude evitar soltar una risa pequeña.
—Qué confianza te tienes.

Ren sonrió apenas, claramente satisfecho de haber logrado hacerme reír aunque fuera poquito.

Miré la comida unos segundos sintiéndome extraño otra vez porque incluso eso se veía demasiado cálido y hogareño como si realmente hubiera un espacio para mí ahí.

Tomé la cuchara intentando ignorar cómo me temblaba un poco la mano, pero apenas hice fuerza un dolor horrible atravesó mi muñeca y terminé soltando un quejido bajito.

Maldición.
Qué humillante.

Intenté volver a intentarlo como si nada hubiera pasado pero esta vez Ren me sostuvo suavemente la mano antes de que hiciera el esfuerzo otra vez.

—Leo.

Su tono fue suave, casi paciente y eso solamente empeoró mi vergüenza.
—Puedo solo…

—No puedes.

Quise protestar pero honestamente ni sostener bien la cuchara estaba pudiendo y Ren claramente ya lo había notado.
Sin hacer comentarios tomó la cuchara de mis manos y sopló un poco el caldo antes de acercarlo hacia mí.

Sentí la cara calentarse horrible.
—Ren…

—¿Qué?

—Puedo hacerlo solo.

Él levantó apenas una ceja.
—Hace diez segundos casi te lesionas comiendo sopa.

Lo dijo tan serio que me dieron ganas de enterrarme debajo de las cobijas.
Aparté la mirada completamente avergonzado mientras él seguía sosteniendo la cuchara frente a mí esperando.
Odiaba esto o bueno… no realmente, una parte de mí sí quería aceptar todo aquello, dejarse cuidar, quedarse en esa cama y fingir aunque fuera un rato que podía depender de alguien más aunque eso daba muchísimo miedo.

Abrí la boca finalmente dejando que me diera la cucharada mientras intentaba no pensar demasiado en el hecho de que Ren parecía absurdamente feliz solo por poder alimentarme y a decir verdad comer terminó siendo más tranquilo de lo que esperaba.
Al principio me sentía demasiado consciente de todo pero poco a poco esa vergüenza fue bajando hasta convertirse en algo más tibio porque Ren no hacía comentarios incómodos ni actuaba como si fuera una molestia cuidarme, tampoco parecía compadecerme, solo estaba ahí, dándome de comer como si fuera la cosa más normal del mundo mientras de vez en cuando hacía bromas tontas sobre cómo Itsuki seguramente se ofendería si dejaba comida.
No recordaba la última vez que alguien me había preparado algo pensando específicamente en mí. Tal vez nunca había pasado realmente.
Así que terminé comiendo en silencio, escuchando la voz tranquila de Ren llenar algunos espacios entre cucharadas mientras afuera la casa sonaba lejanamente viva. Era un ambiente tan diferente al mío que a veces todavía me costaba creer que realmente estaba ahí.



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Editado: 23.07.2026

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