Nota de la autora
¡Hola!
Antes de empezar este pequeño extra quería contarles algo que me hace muchísima ilusión.
Hoy es mi cumpleaños. 🎂
Y, como Leo es mi personaje favorito de toda la saga, decidí que a partir de ahora también será el suyo. Así que sí… oficialmente compartimos cumpleaños.
(15 de julio)
Curiosamente, mientras pensaba en eso me di cuenta de que, en todos estos libros, nunca escribí un capítulo dedicado al cumpleaños de ninguno de mis personajes. Creo que, entre tanto drama y romances, esa clase de momentos tranquilos siempre terminaban quedándose fuera.
Pero con Leo quería hacer una excepción.
Después de todo lo que vivió, me parecía bonito regalarle un recuerdo feliz en una fecha que durante muchos años significó muy poco para él. Este extra no cambia nada de la historia principal; simplemente es un pequeño momento para verlo siendo querido, cuidado y celebrado por la familia que tanto luchó por encontrar.
Espero que lo disfruten tanto como yo disfruté escribirlo.
Y gracias, de corazón, por seguir acompañándome a mí, a Leo, a Ren y a toda esta enorme familia durante un libro más.
———————————————————————-
Había algo curioso con los cumpleaños.
Para la mayoría de las personas parecían ser fechas importantes, días llenos de llamadas, felicitaciones, regalos, pasteles y fotografías. Incluso en la universidad veía cómo algunos compañeros llegaban con globos o terminaban embarrados de crema por culpa de sus amigos.
Yo nunca había entendido del todo esa emoción.
Quizá porque, siendo completamente honesto, apenas podía recordar el último cumpleaños que realmente celebré.
Existía un recuerdo muy difuso de cuando era pequeño. Tendría unos cinco o seis años, recordaba un pastel blanco con fresas, unas velas demasiado grandes para el tamaño del bizcocho y a mi madre riéndose porque terminé llenándome la nariz de crema al intentar soplarlas demasiado fuerte.
Era un recuerdo borroso.
Tan borroso que muchas veces dudaba si realmente había ocurrido o si mi cabeza simplemente había inventado un momento feliz para llenar un espacio vacío.
Después de eso… Nada.
A partir de los ocho años los cumpleaños comenzaron a convertirse en un día cualquiera.
Papá siempre decía que no había dinero para tonterías.
Luego comenzaron las discusiones y, cuando finalmente ambos me abandonaron, la fecha terminó perdiendo cualquier significado.
Cumplir años solo significaba que seguía creciendo, nada más por eso, cuando abrí los ojos aquella mañana, no esperaba absolutamente nada.
Era un día cualquiera.
Me incorporé despacio sobre la cama de Ren, todavía envuelto entre las sábanas que conservaban un ligero aroma a mezcal mezclado con detergente. Él ya no estaba.
Entraba mucho más temprano a la universidad que yo.
Me estiré despacio, todavía resentido por algunos golpes que seguían desapareciendo poco a poco después de todo lo ocurrido, casi no dolían, aunque todavía aparecía algún moretón amarillento cuando me cambiaba de ropa.
Me puse de pie, me arreglé como cualquier otra mañana y salí de la habitación.
La casa estaba completamente silenciosa.
—¿Papá?
No obtuve respuesta.
Fruncí ligeramente el ceño mientras bajaba las escaleras.
Tampoco estaba Itsuki eso sí era un poco raro, generalmente ya llevaba un buen rato despierto preparando el desayuno antes de salir.
Cuando llegué a la cocina encontré la respuesta, sobre la barra había un plato perfectamente servido, una taza de café todavía desprendiendo un poco de vapor y una pequeña nota escrita con aquella letra elegante que reconocería en cualquier parte.
“Leo, no olvides desayunar, te dejé el almuerzo en el microondas para que lo lleves a la universidad. Nos vemos por la tarde, con cariño, papá.”
No pude evitar sonreír, era curioso.
Itsuki seguía escribiendo notas como si yo fuera a olvidarme de comer en cualquier momento.…Bueno si me olvidaba con bastante frecuencia.
Doblé cuidadosamente el papel antes de guardarlo en el bolsillo de mi mochila, me daba un poco de vergüenza admitir cuánto me gustaba conservar aquellas pequeñas notas ya que nadie había escrito recordatorios para mí, ni preparado mi comida pensando en que no pasara hambre durante las clases, seguía sintiéndose…Extraño pero bonito.
Salí de casa como cualquier otro día, con la mochila colgada de un hombro y el recipiente del almuerzo bien acomodado dentro de ella. El aire de la mañana todavía era fresco y caminar hasta la universidad se había convertido en una costumbre que, poco a poco, comenzaba a disfrutar. Hacía apenas unos meses ni siquiera habría sido capaz de hacerlo con tranquilidad; todavía volteaba por instinto cuando escuchaba pasos detrás de mí o cuando algún alfa hablaba demasiado fuerte cerca. Sin embargo, la paciencia de Ren, las constantes llamadas de Itsuki para preguntarme si ya había comido y el simple hecho de saber que tenía un lugar al cual regresar habían comenzado a borrar, muy despacio, esa sensación constante de peligro.
Las clases transcurrieron con normalidad. Aun así, cuando el reloj marcó la hora del almuerzo, mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza, mis ojos buscaron automáticamente a Ren ya que siempre me esperaba, no importaba si tenía una clase antes o después, encontraba la forma de aparecer con una sonrisa y preguntarme qué quería comer ese día pero esa vez no estaba.
En cambio, quien levantó una mano desde una de las mesas del jardín fue Cameron.
—¡Leo! ¡Por aquí!
Parpadeé un par de veces, sorprendido.
Caminé hasta él mientras acomodaba la mochila sobre mi hombro.
—¿Y Ren?
Cameron soltó una risita apenas me senté frente a él.
—Buenos días para ti también.
Sentí cómo las mejillas se me calentaban.
—Buenos días…
—Mucho mejor.
Abrió una de las bolsas que llevaba consigo y comenzó a repartir la comida sobre la mesa como si fuera la cosa más normal del mundo.
—Ren no pudo venir.