Desperté con esa sensación incómoda de cuando uno ya tomó una decisión, pero su cuerpo todavía no termina de aceptarla.
Me quedé unos segundos sentado al borde de la cama de Ren, mirando la mochila que había dejado lista la noche anterior, no llevaba demasiadas cosas, en realidad, casi nada solo lo que realmente era mío, un par de cuadernos, mis cargadores, algunos artículos de aseo, la camisa que compré mientras estaba viviendo ahí y el libro que Itsuki me regaló “para que no te aburras cuando Ren se ponga insoportable”, según sus propias palabras.
Todo lo demás lo dejé en su lugar, la mayor parte de la ropa que había usado ese mes pertenecía a Sora.
Al principio me negué rotundamente a aceptar que me compraran ropa nueva y, como tampoco me dejaron regresar por mis cosas al departamento, la solución más sencilla fue abrir el clóset de Sora y prestarme lo que ya no usaba y honestamente… tenía muy buen gusto.
Esa mañana llevaba un conjunto en tonos pastel que jamás habría escogido por mí mismo. La tela era suave, el corte me quedaba perfecto y, aun así, cada vez que me veía al espejo sentía que estaba usando algo que no me pertenecía como si estuviera disfrazado de alguien que encajaba en esa casa.
Me observé un momento más en el espejo, el color me favorecía, lo sabía pero no dejaba de pensar que, apenas llegara a mi departamento, me cambiaría, lavaría toda la ropa y la devolvería porque , aunque ya me había acostumbrado a todo esto, una parte seguía insistiendo en que solo estaba de paso, que nada de esto era realmente mío y que tarde o temprano tendría que regresar a mi vida de siempre.
Escuché movimiento en el piso de abajo, Ren había entrado temprano a la universidad ese día, así que ya se había ido.
La cama todavía conservaba un poco de su aroma y eso hizo que mi pecho se apretara de forma desagradable, era mucho más fácil pensar en irme cuando estaba solo, si Ren hubiera estado ahí probablemente habría vuelto a pedirme que me quedara y yo… no estaba seguro de tener la fuerza para decirle que no mirándolo a la cara.
Tomé la mochila y salí de la habitación.
Bajé las escaleras despacio, escuchando el sonido de utensilios en la cocina y el olor a café recién hecho mezclado con pan tostado, un aroma simple y cotidiano pero que en esa casa siempre lograba hacerme sentir extrañamente tranquilo.
Apenas puse un pie en la cocina, escuché la voz de Itsuki.
—Buenos días, cariño. Ven a desayunar.
La naturalidad con la que lo dijo me hizo detenerme por un segundo, aún no me acostumbraba a que alguien me hablara así, mucho menos a que lo hiciera como si fuera lo más normal del mundo.
Itsuki estaba de pie frente a la estufa, usando un delantal y moviendo algo en un sartén.
Cuando volteó a verme, sus ojos se posaron primero en mi rostro y luego en la mochila que colgaba de mi hombro, no dijo nada de inmediato solo me dedicó una sonrisa suave.
—Siéntate antes de que se enfríe.
Asentí en silencio y obedecí.
Dejé la mochila a un lado de la silla y tomé asiento por alguna razón, el simple hecho de verla ahí, lista para irme, hizo que un nudo pesado se instalara en mi estómago como si la mochila confirmara algo que no quería enfrentar del todo, que por más cómodo que me sintiera en esa casa… Seguía pensando en ella como el lugar al que estaba a punto de renunciar.
Me senté frente al desayuno intentando actuar con normalidad.
El aroma a pino de Itsuki flotaba por toda la cocina, mezclado con el olor del café, el pan recién tostado y algo dulce que acababa de sacar del horno. Era un aroma limpio y reconfortante, como caminar por un bosque fresco después de la lluvia, ya me había acostumbrado tanto a él que, sin darme cuenta, mi cuerpo lo asociaba con seguridad y con hogar, ese pensamiento me hizo bajar la mirada al plato.
Comí despacio, casi con demasiada calma porque quería grabarme ese momento.
La mesa de madera.
La taza humeante.
El aroma a pino envolviéndolo todo.
La sensación tranquila de saber que alguien había preparado el desayuno pensando en mí. Nunca había tenido algo así y una parte de mí quería retener cada detalle para cuando tuviera que volver a mi realidad.
Itsuki no dijo nada, simplemente se quedó en la cocina moviéndose con esa tranquilidad suya, como si no hubiera ninguna prisa como si yo pudiera quedarme ahí todo el tiempo que quisiera.
Cuando terminé, limpié mis manos con la servilleta y me preparé para levantarme, pero Itsuki se sentó frente a mí antes de que pudiera hacerlo, su aroma a pino se hizo un poco más intenso al acercarse.
Tomó una de mis manos entre las suyas, sus dedos estaban tibios.
—Leo —dijo con esa voz serena que siempre parecía encontrar justo el lugar donde más dolía—, a veces regresar a un sitio solo porque crees que es donde debes estar no significa que realmente sea tu hogar.
Tragué saliva, no pude mirarlo porque sentí esa frase instalarse directamente en mi pecho.
Itsuki acarició suavemente el dorso de mi mano.
—No tienes que quedarte donde eres tolerado solo porque temes aceptar un lugar donde eres querido.
Sentí que la garganta se me cerraba por un momento quise decirle que no era tan sencillo, que no sabía cómo creer en eso porque toda mi vida había aprendido a ocupar el menor espacio posible pero al final solo asentí.
Cuando por fin logré hablar, mi voz salió más baja de lo normal.
—Solo iré a la escuela.
La mentira quedó suspendida entre nosotros, Itsuki me observó unos segundos, sabía que no me había creído, lo sabía porque me conocía más de lo que yo quería admitir y lo sabía porque, probablemente, mi aroma a uva se volvía un poco más ácido cada vez que mentía aún así, no dijo nada, no me confrontó, ni intentó detenerme, simplemente se levantó, tomó una caja de almuerzo que ya tenía preparada y la colocó frente a mí.
—Entonces al menos llévate esto.