Desperté despacio, con uña sensación extraña que queda después de dormir tantas horas que el cuerpo ya no sabe exactamente en qué momento del día se encuentra aunque por un instante me quedé inmóvil, con los ojos entrecerrados y la mente todavía nublada, tratando de ubicarme.
La habitación estaba en penumbra ya que la luz que se filtraba entre las cortinas tenía ese tono dorado y cansado de la tarde, así que no me tomó mucho deducir que había dormido todo el día.
El cuarto entero olía a nosotros.
El mezcal de Ren ya no era ese aroma intenso y abrasador que me había rodeado la noche anterior más bien ahora era cálido como el rastro que deja una fogata cuando el fuego ya se ha calmado. Mis uvas dulces seguían impregnadas en las sábanas, en las almohadas, en mi propia piel, ambos aromas se habían mezclado tanto que resultaba imposible separarlos.
Respiré hondo y sentí un escalofrío recorrerme.
Nunca había despertado sabiendo que mi aroma y el de alguien más se habían entrelazado de esa manera.
Giré apenas la cabeza y encontré a Ren dormido a mi lado.
Estaba boca arriba, con el cabello revuelto y una expresión completamente relajada, sin el ceño fruncido por el rut ni la tensión constante de contenerse, parecía más joven mientras que una de sus manos descansaba sobre mi cintura, tibia y pesada, como si incluso dormido me buscara.
Mi pecho se apretó.
Todavía me costaba creer que todo lo que había pasado la noche anterior había sido real pero al intentar moverme sentí un tirón en las piernas, en la cadera, en lugares que me hicieron recordar demasiado rápido lo que habíamos hecho. El bochorno me golpeó con tanta fuerza que tuve que apretar los labios para no esconderme debajo de las sábanas.
Bajé la mirada y sentí que la cara me ardía aún más, mi cuerpo era un mapa entero de Ren. Había marcas rojizas sobre mi cuello, en mis hombros, sobre mi pecho y mis muslos, eran pequeños moretones oscuros, huellas de dedos en mi cintura, besos repartidos por cada rincón de piel que él había tocado con esa mezcla imposible de devoción y necesidad.
Pasé los dedos por una marca en mi clavícula y un recuerdo nítido me atravesó de inmediato, la voz ronca de Ren diciéndome que era hermoso, incluso sus manos temblando mientras me tocaba y la forma en que repetía mi nombre como si fuera algo valioso.
Solté un pequeño gemido avergonzado y me cubrí el rostro con una mano.
No podía creer que yo hubiera hecho todo eso.
No podía creer que hubiera subido por mi cuenta a esa habitación.
No podía creer que, en ningún momento, sentí miedo.
Había pasado toda mi vida aprendiendo a tensarme cuando un alfa se acercaba demasiado, había aprendido a desconfiar, a esperar el momento en que la amabilidad se transformara en exigencia y con Ren… Con Ren solo me sentí seguro.
Sentí los ojos arder aunque no por vergüenza esta vez si no por algo mucho más grande y difícil de nombrar.
Moví la mano con cuidado y aparté un mechón de cabello de su frente.
El roce debió despertarlo, porque Ren frunció levemente el ceño, inhaló profundo y abrió los ojos despacio. Durante un segundo su mirada estaba todavía nublada por el sueño pero en cuanto me enfocó, toda su expresión cambió, la somnolencia desapareció y fue reemplazada por una preocupación inmediata, tan genuina y automática, que mi corazón se encogió.
—Leo.
Su voz salió grave y áspera.
La mano que descansaba en mi cintura subió enseguida a mi mejilla.
—¿Cómo te sientes?
Eso fue lo primero que dijo.
No preguntó por él.
No preguntó la hora.
No sonrió con suficiencia ni hizo ningún comentario que pudiera avergonzarme solo quiso saber si yo estaba bien.
La ternura me golpeó con tanta fuerza que por un momento no pude responder.
Incliné el rostro contra su palma, disfrutando el calor de su mano.
—Bien —murmuré.
Ren me observó con atención, como si buscara cualquier señal de incomodidad, sus dedos recorrieron con suavidad mi mejilla y luego mi cuello, deteniéndose con infinita delicadeza sobre una de las marcas que él mismo había dejado.
—¿Te duele algo?
La pregunta me hizo sonrojarme de nuevo porque sí, me dolían muchas cosas pero no de una forma que me hiciera sentir mal.
Era un dolor extraño, como un recordatorio constante de lo que habíamos compartido.
Negué con la cabeza, demasiado avergonzado para mirarlo directamente.
—Solo un poco.
Ren soltó un suspiro y cerró los ojos un instante pero cuando volvió a abrirlos, la preocupación seguía ahí.
—Tenía miedo de lastimarte.
La sinceridad en su voz hizo que levantara la vista, no parecía orgulloso ni satisfecho solo… genuinamente preocupado como si hubiera pasado horas pensando en si yo estaba bien, como si eso fuera más importante que cualquier otra cosa.
Le acaricié la mejilla con los dedos.
—No me lastimaste.
Sus ojos se suavizaron apenas.
—¿Seguro?
Asentí.
Mi garganta se cerró, pero aun así logré hablar.
—Nunca me había sentido tan seguro con alguien.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros pero vi cómo la expresión de Ren cambiaba lentamente. La tensión en sus hombros cedió, sus ojos se humedecieron apenas y una sonrisa pequeña, casi incrédula, apareció en sus labios.
Se inclinó y dejó un beso lento en mi frente.
—No tienes idea de lo feliz que me hace escuchar eso.
Sentí el pecho tan lleno que me costó respirar.
Me acerqué más a él, escondiendo el rostro en su cuello, su aroma me envolvió de inmediato.
Mezcal cálido, madera, humo y ese toque inconfundible que ahora asociaba con hogar.
Ren me rodeó con los brazos y besó mi cabello. Permanecimos así, abrazados, en silencio, mientras solo escuchaba el latido tranquilo de su corazón y el acariciando mi espalda con movimientos lentos.
Estaba a punto de volver a quedarme dormido cuando tocaron la puerta, el sonido fue suave, apenas tres golpes discretos, Ren levantó un poco la cabeza y aspiró el aire. El aroma a pino que se filtró por debajo de la puerta me indicó de inmediato que era Itsuki.