No tengo idea de cómo terminé en esta situación, en teoría, ese sábado tenía un plan muy sencillo.
Levantarme temprano, hacer el pago correspondiente de mis deudas y regresar a casa de Ren antes de que Ayla intentara convencerme de ver otra de sus películas favoritas, era un plan tranquilo, predecible y, sobre todo, barato así que, naturalmente, terminé en un centro comercial y no estaba solo.
Itsuki caminaba a mi lado con una tranquilidad desconcertante, como si arrastrar a un omega reacio de tienda en tienda fuera parte normal de su rutina de fin de semana pero lo más frustrante era que parecía disfrutarlo.
Su aroma a pino se mantenía suave y sereno, pero yo ya había aprendido a reconocer ese matiz particular que aparecía cuando tomaba una decisión y no pensaba aceptar un no por respuesta.
Era el mismo tono que usaba cuando Ren se negaba a ir al médico o cuando Ayla aseguraba que podía vivir comiendo cereal o, aparentemente, cuando yo insistía en que no necesitaba ropa nueva.
—Itsuki, de verdad no hace falta.
Lo dije por quinta vez esa mañana mientras él revisaba una fila de suéteres con absoluta concentración pero ni siquiera levantó la vista.
—Mmm.
Ese “mmm” equivalía a no te escuché y tampoco me importa.
Suspiré y acomodé mejor la bolsa donde llevaba los comprobantes del banco. Haber pagado una parte de mis deudas me había dejado más tranquilo, pero también más consciente de cada peso que gastaba y por eso mismo, estar ahí me ponía nervioso.
La ropa era bonita, había desde suéteres suaves, pantalones de buena calidad, camisas en tonos pastel que, honestamente, parecían haber sido elegidas pensando específicamente en mí pero eso era parte del problema.
Todo se sentía demasiado personal y generoso, algo que se parecía demasiado al cariño.
Itsuki sacó una camisa color ciruela y la sostuvo frente a mí, entrecerró los ojos, evaluando.
—Este color resaltaría tus ojos.
—Itsuki.
—Y combina con tu aroma.
No pude evitar sonrojarme.
—No necesito más ropa.
Por fin me miró, su expresión era tranquila, pero sus ojos reflejaban esa paciencia infinita que solo poseen las personas que ya saben que van a ganar.
—Leo, llevas semanas usando ropa prestada.
Bajé la mirada a mi suéter porque tecnicamente tenía razón aunque ya no usaba exclusivamente la ropa de Sora, la mayor parte de lo que llevaba seguía siendo prestado o regalado y cada vez que alguien intentaba comprarme algo, la misma incomodidad me cerraba el pecho.
Itsuki dejó la camisa sobre mi brazo y acomodó con suavidad el cuello de mi suéter.
—Déjanos consentirte un poco.
Tragué saliva.
—No estoy acostumbrado a esto.
Su expresión se suavizó aún más mientras que su aroma a pino se volvió cálido, envolvente.
—Ya lo sé.
La sencillez con la que lo dijo me hizo sentir expuesto de una manera extraña porque no había juicio en su voz solo comprensión.
Itsuki tomó otro par de prendas y las añadió al montón que ya descansaba en mis brazos.
—No voy a obligarte a aceptar algo que te incomode —dijo con calma—. Pero sí voy a comprarte ropa, aunque tenga que hacer todo el trabajo yo mismo.
Parpadeé.
—Eso no suena muy opcional.
Itsuki sonrió.
—No lo es.
No pude evitar soltar una risa.
Él pareció tomar eso como una victoria absoluta.
—Perfecto. Ahora ve al probador.
—Itsuki…
—Leo.
Solo pronunció mi nombre, nada más pero lo hizo con ese tono cálido y firme que utilizaba cuando estaba siendo padre en toda la extensión de la palabra y, para mi desgracia, funcionó.
Suspiré y tomé las prendas.
—Está bien.
Itsuki sonrió con una satisfacción tranquila.
—Sabía que eras el más razonable de esta familia.
Mientras caminaba hacia los probadores, no pude evitar preguntarme en qué momento mi vida había cambiado tanto.
Meses atrás, gastar dinero en ropa era un lujo impensable, aceptar regalos me hacía sentir culpable y la idea de que alguien insistiera en cuidarme de esta manera me habría parecido imposible.
Ahora estaba en un centro comercial, cargando una pila de ropa elegida con cariño por un omega que me había adoptado emocionalmente sin pedirme permiso y, aunque una parte de mí seguía sintiéndose torpemente abrumada, otra parte mucho más grande no podía dejar de pensar lo mismo.
Era una sensación extraña y profundamente cálida. La sensación de que, por primera vez en mi vida, alguien me miraba y pensaba con total naturalidad:
Necesita esto y yo quiero dárselo.
Después de casi una hora entrando y saliendo de probadores, llegué a mi límite.
Itsuki tenía un gusto impecable y, para mi desgracia, parecía saber exactamente qué colores me favorecían. Había elegido suéteres suaves, pantalones cómodos y camisas en tonos lavanda, azul claro y crema que combinaban demasiado bien con mi aroma a uva.
Salí del probador con tres conjuntos doblados entre los brazos y respiré hondo, estaba sentado frente a los probadores, revisando otra camisa con la concentración de alguien que se tomaba aquella misión con una seriedad absoluta.
—Itsuki.
Levantó la mirada de inmediato.
—¿Sí?
Dejé la ropa sobre el sillón.
—Solo voy a aceptar tres cosas.
Su expresión cambió al instante aunque no fue exactamente decepción más bien una resignación elegante, como la de alguien que sabía que estaba perdiendo una batalla, pero ya planeaba la siguiente.
—¿Tres?
Asentí.
—Tres.
Itsuki observó las prendas durante unos segundos. Luego soltó un suspiro largo y teatral.
—Está bien.
Lo dijo con la misma entonación que usaría alguien obligado a firmar un tratado de paz injusto.
No pude evitar sonreír.
Itsuki eligió cuidadosamente las tres prendas que, según él, eran “las más urgentes”.
Yo ya me sentía victorioso hasta que él guardó silencio unos segundos y añadió con total serenidad:
—Entonces eso significa que puedo comprarte otras tres prendas en la siguiente tienda.