Un Desastre Inevitable

33

Desperté sintiéndome extrañamente cansado pero no era un agotamiento alarmante, tampoco me dolía nada en particular ni tenía fiebre, simplemente sentía el cuerpo pesado, como si hubiera dormido menos de lo que creía.

Me quedé unos segundos acostado, con la cara hundida en la almohada y el aroma de Ren rodeándome como una manta tibia, el seguía dormido a mi lado, su respiración era profunda y regular mientras que una de sus manos descansaba sobre mi cintura, sonreí sin poder evitarlo porque todavía me costaba creer que esa escena se hubiera vuelto parte de mi rutina.

Con cuidado, aparté su brazo y me senté al borde de la cama.
El cansancio seguía ahí pero lo atribuí a las últimas semanas porque entre la escuela, el restaurante y las horas extra en el club, era lógico sentirme así. Además, no quería preocupar a nadie por algo tan pequeño.

Me di una ducha rápida, me puse ropa cómoda y bajé a la cocina.
El aroma a pino de Itsuki me recibió incluso antes de verlo, estaba frente a la estufa, moviendo algo en un sartén mientras tarareaba en voz baja.

La cocina olía a café recién hecho, pan tostado y especias, un olor cálido y hogareño que ya asociaba automáticamente con las mañanas en esa casa.

—Buenos días, Leo —dijo al verme, girando apenas el rostro para sonreírme.

—Buenos días.

Me acerqué a la barra y, sin pensarlo demasiado, tomé un cuchillo para empezar a cortar la fruta que había sobre la mesa.
El gesto me hizo detenerme un segundo.
Lo había hecho de forma automática como si esa cocina también fuera mi lugar, Itsuki debió notar mi pequeña pausa, pero no comentó nada solo siguió cocinando mientras hablaba con la tranquilidad de siempre.

—Kai salió temprano. Tenía ese viaje de negocios que te comentó ayer.

Asentí mientras cortaba fresas.
—Cierto.

—Y Ayla se quedó a dormir en casa de Sora. Al parecer tenían maratón de películas.

No pude evitar sonreír.
—Seguro regresará quejándose de que no durmió nada.

Itsuki soltó una risa suave.
—Definitivamente.

Su aroma a pino se volvió un poco más dulce, impregnado de esa satisfacción tranquila que parecía acompañarlo cada vez que hablaba de su familia.

—Así que hoy solo cocinaremos para cuatro.

La forma en que lo dijo hizo que algo cálido se acomodara en mi pecho, para cuatro.
No “para nosotros y tú”.
No “para la familia y el invitado”.
Solo cuatro.

Seguí ayudándolo en silencio, sintiendo una paz extraña al moverme a su lado a veces me pasaba ingredientes otras me corregía con paciencia cuando cortaba algo demasiado grueso.

Era un momento sencillo, pero me gustaba más de lo que podía explicar.

Cuando todo estuvo listo, pusimos la mesa entre los dos, coloqué los cubiertos mientras Itsuki llevaba los platos al comedor, poco después escuchamos pasos en las escaleras.
Rikuya apareció primero con su presencia siempre tenía algo sereno, junto con su aroma masculino y elegante que se mezcló con el pino de Itsuki en cuanto sus miradas se encontraron.

Rikuya se acercó por detrás y rodeó la cintura de Itsuki con naturalidad.
—Buenos días —murmuró antes de besarle la sien.

Itsuki sonrió de inmediato.
—Buenos días.

El cariño entre ellos era tan sencillo que resultaba imposible no enternecerse aunque no había exageración ni grandes gestos solamente esa familiaridad suave de dos personas que se seguían eligiendo todos los días.

Ren bajó unos minutos después, todavía despeinado, con una camiseta oscura y esa expresión adormilada que me parecía absurdamente adorable.

En cuanto me vio, su rostro cambió, sus ojos se suavizaron y el aroma a mezcal se volvió más cálido.
—Buenos días —dijo acercándose directamente a mí.

Se inclinó y dejó un beso corto en mis labios, como si fuera lo más natural del mundo.

Sentí el calor subir a mis mejillas de inmediato.
—Buenos días —murmuré.

Ren sonrió apenas, rozando su nariz con la mía antes de apartarse.

—Siéntate. Yo termino de servir.

—Puedo ayudarte.

—Lo sé —respondió con tranquilidad—. Pero quiero hacerlo.

No supe qué decir ante algo tan simple y tan tierno así que solo obedecí y tomé asiento mientras él se movía por la cocina con la confianza de quien conocía cada rincón de esa casa.

Me quedé observando en silencio, Itsuki y Rikuya conversaban en voz baja mientras Ren terminaba de servir los platos. La casa olía a comida recién hecha, pino y mezcal y yo… estaba sentado en medio de todo eso.

A veces todavía me costaba aceptar que esa escena también me pertenecía pero esa mañana, mientras Ren colocaba mi plato frente a mí y me dedicaba una sonrisa suave antes de sentarse a mi lado, decidí dejar de cuestionarlo por un momento y simplemente disfrutarlo.
Tomé el plato que me acercó y apenas iba a llevarme un bocado a la boca cuando Itsuki me pasó la canasta con pan dulce.
—Ten, Leo.

—Gracias, Itsu…

Me detuve a la mitad de la palabra.
Itsuki alzó una ceja y me miró por encima de su taza de café. Su aroma a pino se volvió apenas más intenso, mezclado con una satisfacción evidente.

—¿Qué pasó? —preguntó con una sonrisa pequeña—. Yo creí que ya habíamos superado esa etapa.

Sentí que las mejillas se me calentaban de inmediato, no era como si me costara decirlo porque no quisiera, al contrario, cada vez me resultaba más natural pensar en él de esa manera pero pronunciar la palabra en voz alta seguía provocando algo extraño en mi pecho, una mezcla de nervios, ternura y un miedo absurdo de arruinar el momento.

Bajé la mirada al plato y aclaré la garganta.
—Gracias… papá.

El silencio que siguió duró apenas un segundo.

Itsuki sonrió de una forma tan luminosa y genuina que sentí que el corazón se me encogía pero no hizo ningún comentario dramático ni empezó a llorar, aunque por la forma en que sus ojos brillaron supe que estuvo cerca.



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Editado: 14.08.2026

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