Un Desastre Inevitable

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Si alguien me hubiera dicho unos meses atrás que terminaría sentado en la sala de espera de obstetricia, habría pensado que se trataba de una broma de muy mal gusto, sin embargo, ahí estaba.

Sentado en una silla de plástico color azul claro, con las manos frías, la pierna moviéndose sin descanso y el corazón golpeándome con tanta fuerza que sentía el pulso hasta en la garganta.
El consultorio olía a desinfectante, papel limpio y un leve rastro de feromonas dulces que flotaba en el aire, había omegas embarazados que iban y venían acompañados de sus parejas, algunos con vientres apenas visibles y otros tan redondos que parecía imposible que pudieran caminar con tanta tranquilidad.

No podía dejar de mirarlos y cada vez que lo hacía, mi estómago se retorcía un poco más aunque no sabía si por las náuseas o por el miedo pero intentaba repetirme que estaba ahí solo para descartar posibilidades.
Si existía una explicación grave para lo que me estaba pasando, era mejor averiguarla cuanto antes y si esa explicación resultaba ser la más obvia, entonces… bueno al menos lo sabría pero saberlo y enfrentarlo eran cosas muy distintas.

Mi pierna seguía moviéndose sin control mientras que la mano cálida de papá descansaba sobre la mía, firme y tranquila, su aroma me envolvía con esa sensación de calma que siempre lograba transmitirme, incluso cuando yo sentía que estaba a punto de desmoronarme.

Cerré los ojos por un segundo y recordé la conversación de esa mañana.
Cuando salimos de casa, papá me preguntó a qué médico quería ir primero, solo había apretado tanto los dedos alrededor del cinturón de seguridad que me dolieron las manos.

—Quiero… ir a obstetricia primero.

Lo dije casi en un susurro pero esperaba sorpresa o talvez preguntas incluso quizá esa expresión de incredulidad que yo mismo había tenido desde que la idea se instaló en mi cabeza pero papá solo asintió como si yo acabara de decirle que quería empezar por el consultorio del dentista.

—Está bien.

Nada más.
Ni una sola muestra de alarma.
Ni un gesto extraño.
Solo esa calma inquebrantable que parecía convertir cualquier crisis en algo manejable.

Volví al presente cuando sentí que me apretaba la mano con suavidad.
—Vas a romper el piso si sigues moviendo la pierna así.

Parpadeé y lo miré, el sonreía con ternura lo que hizo que soltara una exhalación temblorosa.
—No puedo evitarlo.

—Lo sé.—Su pulgar acarició el dorso de mi mano.—Pero respira.

Lo intenté.
Inspiré lentamente.
El aroma a pino me llenó los pulmones aún así, la ansiedad seguía ahí, agazapada en mi pecho como un animal inquieto.

Bajé la voz.
—¿Y si sí es eso?

Papá no respondió de inmediato se tomó un segundo para mirarme de esa forma tan atenta que hacía sentir que realmente escuchaba cada palabra.

—Entonces lo resolveremos.

La respuesta fue tan sencilla que sentí un nudo en la garganta.
—¿Así de fácil?

Sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña.
—No dije que fuera fácil, Leo, dije que no vas a estar solo.

Mis ojos comenzaron a arder pero bajé la mirada antes de que las lágrimas cayeran.
Toda mi vida había enfrentado los problemas solo o fingiendo que podía hacerlo pero escuchar a alguien decir con tanta seguridad que estaría conmigo, sin importar el resultado, me hacía sentir absurdamente frágil.

Papá apretó mi mano una vez más.
—Además —añadió con un tono más ligero—, antes de entrar en pánico deberíamos esperar a que un profesional confirme que no solo comiste algo en mal estado.

Una risa nerviosa escapó de mi garganta.
—Supongo.

—Y si resulta que sí estás embarazado… —continuó, inclinándose un poco hacia mí—. Bueno, yo ya tengo experiencia siendo abuelo potencial. He criado tres hijos y sobreviví puedo con uno más.

Solté una carcajada corta, ahogada por la emoción.
—Papá.

—¿Qué? Solo estoy diciendo que no sería el fin del mundo.

Mi pecho se apretó con fuerza, no sabía si llorar o reír, tal vez ambas cosas.
En ese momento, la puerta del consultorio se abrió y una enfermera llamó mi nombre, sentí que todo mi cuerpo se tensó, al igual que el corazón se me subía hasta la garganta.

Papá se puso de pie antes que yo y me tendió la mano.
—Vamos.

Lo miré por un segundo, luego entrelacé mis dedos con los suyos y me levanté.
Todavía tenía miedo pero desde que aquella sospecha apareció en mi mente, sentí que podía enfrentar cualquier respuesta porque, pasara lo que pasara al otro lado de esa puerta, no iba a estar solo.

Entrar al consultorio se sintió extrañamente anticlimático, después de tanto tiempo imaginando escenarios catastróficos, el médico resultó ser un omega de mediana edad, con lentes redondos y un aroma suave a jazmín que flotaba con calma en el aire. Nos sonrió con profesionalismo, me pidió que tomara asiento y empezó a hacer preguntas con la naturalidad de quien ha escuchado miles de historias como la mía.

—¿Cuándo fue su último celo?
—¿Ha tenido náuseas, mareos o sensibilidad a ciertos olores?
—¿Está tomando algún medicamento?

Respondí lo mejor que pude, aunque mi voz sonaba lejana, como si perteneciera a otra persona, Papá permaneció sentado a mi lado todo el tiempo, con su mano descansando sobre mi rodilla como un recordatorio silencioso y constante de que no estaba solo.

Cuando terminé de responder, el médico asintió con una sonrisa amable.
—Bien. Vamos a hacer un ultrasonido para confirmar.

Confirmar.

La palabra se me clavó en el pecho.
Me acosté en la camilla con las manos sudorosas, el gel estaba frío sobre mi abdomen y me estremecí pero el médico movió el transductor con lentitud y, tras unos segundos, sonrió.

—Aquí está.

Giró la pantalla hacia nosotros.
Al principio solo vi manchas grises y sombras borrosas pero entonces señaló un pequeño punto pulsante.



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Editado: 30.08.2026

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