Estoy sentado en la sala de espera de un hospital que parece más un hotel que una clínica.
Todo es demasiado elegante.
Los sillones son amplios, las paredes tienen cuadros abstractos y el aire huele a limpio, a flores frescas y a ese aroma neutro que tienen los lugares donde la gente intenta curar aquello que duele. Incluso la recepcionista sonríe con tanta calma que resulta difícil imaginar que en ese edificio se toman decisiones capaces de cambiar una vida entera.
No quiero pensar cuánto cuesta estar ahí.
Conociendo a Itsuki, probablemente una cantidad que me haría marearme más que el embarazo pero cuando intenté mencionarlo en el auto, él simplemente apretó mi mano y me dijo con toda naturalidad que era nuestro médico familiar y que, si yo era parte de la familia, entonces también era mi médico, lo dijo como si fuera la cosa más obvia del mundo y no hubiera nada que discutir.
Así que ahora estoy aquí, sentado entre Itsuki y una decisión que todavía me pesa en el pecho, su mano sigue envolviendo la mía junto a su aroma fresco y suave que me ayuda a respirar con un poco más de facilidad aún así de vez en cuando me acaricia los nudillos con el pulgar, un gesto pequeño que parece decirme que no estoy solo.
Aun así, mis piernas no dejan de moverse.
El pie me rebota contra el suelo sin que pueda evitarlo, la ansiedad me recorre el cuerpo como una corriente eléctrica. No es que dude de mi decisión o al menos eso intento repetirme.
No estoy listo.
Eso sigue siendo cierto pero cada vez que recuerdo la expresión de Ren cuando le dije que estaba embarazado, la forma en que sus ojos se iluminaron antes de preguntarme si yo estaba bien, algo dentro de mí se retuerce.
Ren me dijo que quería acompañarme, estaba dispuesto a faltar a clases para venir conmigo solo pensar en eso me hizo sentir culpable pero no porque creyera que no quisiera apoyarme, se que lo haría, se que estaría a mi lado sosteniéndome de la mano igual que Itsuki lo hace ahora pero también sé que, por más que me dijera que respetaba mi decisión, esto le duele un poco y no quería obligarlo a escuchar, en voz alta y con términos médicos, todo lo que significaba terminar con el embarazo.
La puerta del consultorio se abre y una enfermera sonríe al pronunciar mi nombre.
Mi estómago se aprieta.
Itsuki se pone de pie conmigo sin soltar mi mano.
—Vamos, cariño —dice con esa voz tranquila que siempre logra bajarle el volumen a mis pensamientos.
Asiento en silencio.
El consultorio es tan elegante como el resto del hospital. Hay diplomas enmarcados, muebles de madera clara y un ligero aroma a lavanda. El médico es un alfa mayor de cabello gris y expresión amable.
En cuanto ve a Itsuki, sonríe.
—Itsuki, cuánto tiempo sin verte.
—Demasiado, doctor.
La familiaridad entre ambos es evidente. Se saludan como personas que llevan años conociéndose, y por un segundo eso me tranquiliza porque si Itsuki confía en él, yo también puedo hacerlo.
Después de las presentaciones, el doctor me invita a sentarme frente a su escritorio mientras papá se queda a mi lado sin intervenir me deja espacio para hablar, pero cuando nota que las palabras se me quedan atoradas en la garganta, toma mi mano y explica con calma la situación.
El médico escucha sin interrumpir.
Asiente varias veces.
Revisa algunos datos en mi expediente.
Finalmente cruza las manos sobre el escritorio y me mira directamente.
No hay juicio en su expresión solo profesionalismo y una amabilidad que me hace sentir un poco menos expuesto.
—Sí, es posible realizar la interrupción —dice con voz serena—. Por el tiempo de gestación, puede hacerse de forma segura.
Siento que el corazón me late más rápido porque aunque sabía la respuesta, escucharla en voz alta hace que todo se vuelva más real.
El doctor continúa.
—Pero necesito asegurarme de que comprendas lo que ocurrirá.—Asiento despacio. —En las próximas semanas podrías experimentar dolor abdominal, sangrado y cansancio. También es normal que haya un desequilibrio hormonal y, en tu caso, alteraciones temporales en tus feromonas.
Frunzo ligeramente el ceño.
El médico lo nota.
—Podrías sentirte más sensible emocionalmente, tener cambios en el apetito o notar que tu aroma cambia por un tiempo. En algunos omegas esto dura pocas semanas; en otros, hasta tres meses.
La cifra se queda flotando en mi cabeza.
El doctor sigue hablando sobre cuidados, revisiones y señales de alarma, pero mi atención se queda atrapada en esa idea.
Tres meses.
Tres meses para que mi cuerpo vuelva a sentirse mío.
Tres meses cargando con el eco de una decisión que todavía me cuesta aceptar.
Aprieto la mano de Itsuki con más fuerza, el responde al instante, entrelazando mejor nuestros dedos, su aroma a pino se intensifica apenas, firme y protector que me obliga a volver al presente, recordándome que estoy acompañado, aunque sigo teniendo miedo, al menos ya no siento que voy a enfrentar esto sin nadie a mi lado.
Salimos del consultorio con una carpeta entre las manos y la cabeza llena de información que apenas había logrado procesar.
El pasillo del hospital estaba tan impecable como cuando llegamos, el piso brillaba bajo las luces blancas, el aire seguía oliendo a desinfectante y flores frescas, y todo a mi alrededor parecía absurdamente normal.
El mundo seguía moviéndose y, sin embargo, sentía que el mío acababa de detenerse.
Una enfermera de voz suave nos condujo hasta el mostrador de programación, era una beta de sonrisa amable. Habló con la misma naturalidad con la que alguien agenda una limpieza dental.
—Tenemos disponibilidad para realizar el procedimiento dentro de tres días.
El número se instaló en mi pecho como un golpe sordo.
La enfermera levantó la vista hacia nosotros.
—¿Esa fecha les funciona?
Itsuki no respondió de inmediato. En lugar de eso, giró el rostro hacia mí, su expresión era serena, pero sus ojos verdes estaban llenos de atención.
—¿Qué opinas, Leo? —preguntó con voz suave—. Si necesitas más tiempo, podemos tomarlo.