Un Desastre Inevitable

36

El audífono derecho me llenaba el oído con música, mientras el izquierdo quedaba libre, como un hilo abierto al mundo por si Itsuki decía algo.

“Sacred lights… burning through the silence…”

La voz del cantante se deslizaba entre mis pensamientos como una corriente suave, casi irreal. Algo de la melodía se me pegaba a la piel, pero no lograba despejar del todo lo que traía dentro.

El hospital quedaba más lejos de lo que recordaba, o tal vez era yo el que había insistido en estacionarnos así, con la excusa de caminar un poco antes de llegar.

Cada paso me pesaba distinto hoy pero no por el cuerpo… sino por la cabeza.

Itsuki caminaba a mi lado sin apuro, su aroma a pino me envolvía con esa calma suya que siempre parecía estabilizar el aire. De vez en cuando me miraba de reojo, como si midiera si estaba realmente aquí o si mi mente se había quedado atrás.

—¿Qué quieres cenar después? —preguntó con naturalidad, como si estuviéramos saliendo de una escuela normal, de un día normal.
Parpadeé.
—No lo sé… —murmuré, sin dejar de caminar—. Lo que sea está bien.

No creo que me haya escuchado del todo o quizá sí, pero entendió que no era el momento de empujar más la conversación. Itsuki era bueno en eso, en dejar espacios donde uno podía desarmarse sin sentirse observado.

El viento se metía entre las calles y movía un poco el cabello de ambos, seguía escuchando la canción en fragmentos.

“Hold me under sacred lights… don’t let me fall apart…”

Tragué saliva.

No podía evitarlo.

Mi mente volvía sola a esta mañana, Ren estaba sentado en el borde de la cama cuando le dije, yo ya estaba vestido, con la mochila colgada al hombro. El aire del cuarto todavía olía a él, a la mezcla de su aroma de mezcal con algo más suave, algo que siempre me hacía sentir que estaba en casa aunque no lo dijera.

Él no estaba mirándome de inmediato, sus manos estaban entrelazadas, apretándose como si estuviera conteniendo algo.

—Voy contigo —dijo.

Simple. Directo. Sin dudar.

Me quedé quieto.
—No —respondí.

Fue automático como si ya lo hubiera decidido antes de escucharlo.

Ren levantó la vista y ahí fue cuando lo vi, no era sorpresa ni enojo, era más bien un sentimiento más pesado.

Algo que no sabía dónde poner.
—Leo… —su voz salió más baja de lo normal—. No tienes por qué hacerlo solo.

Tragué saliva.
—No necesito que estés ahí.

Esa frase no me dolió a mí.
Le dolió a él.
Lo vi en cómo se le tensó la mandíbula. En cómo su aroma cambió apenas un poco, como si el mezcal se hubiera vuelto más amargo

.
Ren se levantó despacio.
—No es por necesidad —dijo—. Es porque quiero estar contigo.

Desvié la mirada un segundo, ese fue el problema porque sí lo sabía.
Sabía que no lo decía por obligación y aun así…

—No —repetí otra vez, más firme de lo que me sentía—. No puedes.

Hubo un silencio largo de esos que no pedía espacio, lo robaba.

Ren exhaló por la nariz, lento. Cuando habló otra vez, su voz ya no estaba igual.
—¿No puedo… o no quieres que vea esto contigo?

Me quedé helado porque eso no era una acusación era una herida intentando entenderse a sí misma.
Abrí la boca, pero no salió nada inmediato y ese segundo de duda fue suficiente para que él lo entendiera a su manera.

Ren bajó la mirada.

Su expresión no cambió del todo, pero algo en sus hombros cayó apenas un poco, como si el cuerpo le hubiera pesado de repente.

—Está bien —dijo al final—Si no quieres que esté… no voy a forzarte.

Su voz era suave, pero no ligera. Era de esas suavidades que no alivian nada solo esconden.
Me di cuenta tarde de que estaba apretando la correa de mi mochila con demasiada fuerza.

—No es eso… —intenté decir.

Pero Ren ya había girado un poco el rostro, evitando mirarme del todo.
—Solo… avísame cuando termines —añadió.

Y esa frase fue la peor parte porque no sonaba a distancia.
Sonaba a alguien que estaba aprendiendo a no ocupar espacio donde no lo querían y, por miedo… o por terquedad… no lo dejé.

Apreté un poco más la correa de mi mochila sin darme cuenta.

Itsuki me miró otra vez, esta vez más atento.
—Estás pensando demasiado —dijo suave, sin reproche.

Me reí bajito, pero no tenía humor.
—Siempre pienso demasiado últimamente.

No añadí nada más, pero él no necesitaba que lo hiciera. El silencio entre nosotros ya cargaba suficiente.
“Even if the world burns out… I’ll stay where you are…”

Sentí un nudo extraño en la garganta. Ren quería estar conmigo hoy, no por obligación sino porque simplemente no quería soltarme en un momento así y yo le cerré la puerta pero no porque no confiara en él sino porque… no confiaba en mí en esa situación.

Itsuki bajó la velocidad un poco cuando llegamos a una esquina.
—No tienes que cargar esto solo, Leo —dijo al final, sin mirarme directamente—. Ni siquiera aunque creas que debes hacerlo.

Respiré hondo.
—Lo sé —dije finalmente, aunque no estaba seguro de si era verdad.

Y seguimos caminando hacia el hospital.

El camino seguía avanzando, pero mi mente se desvió sin avisar, como si algo me jalara del brazo desde dentro.
Había una tienda a un lado del pasillo del centro comercial, era equeña, pero imposible de ignorar. Estaba decorada con luces suaves y vitrinas llenas de ropa diminuta, tan pequeña que parecía de juguete. Había conjuntos de colores pasteles, telas suaves, y pequeños disfraces colgados como si cada uno contara una historia distinta: un osito con orejitas redondas, un pequeño uniforme de mecánico con bolsillos falsos, incluso un conjunto que imitaba ropa de chef.

Me detuve.

Itsuki siguió caminando un par de pasos antes de notar que ya no estaba a su lado.
—¿Leo? —preguntó, girándose.

Pero yo no respondí de inmediato ya que mis ojos seguían ahí, atrapados pero no era por la ropa.
Era lo que mi cabeza decidió hacer con ella.
Sin permiso.
Vi una imagen que no debería haber sido tan clara.



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Editado: 30.08.2026

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