Un Desastre Inevitable

37

No era una duda que doliera como antes, más bien ahora era más como una sensación constante, de que algo se quedaba debajo de la piel como si el cuerpo ya hubiera empezado a aceptar una vida nueva aunque la cabeza todavía la mirara con desconfianza.

Dos meses de embarazo.

La frase seguía sonando extraña en mi mente, incluso cuando ya era parte de mi rutina, incluso cuando ya tenía nombre dentro de la casa de Ren… dentro de esa familia que no sabía muy bien cuándo había empezado a serlo para mí, pero que ahora existía con una naturalidad que me sorprendía y lo peor era eso.

Que era natural.
Como si siempre hubiera estado destinado a sentarme en esa mesa donde todo el mundo opinaba, donde todo el mundo cuidaba, donde todo el mundo parecía saber exactamente qué hacer conmigo sin preguntarme primero si yo sabía cómo sostenerme.

Itsuki había empezado a investigar todo.
Comidas, horarios, nutrientes, feromonas, combinaciones que “ayudan al equilibrio durante el embarazo”, lo decía con una seriedad tan tranquila que a veces parecía que hablaba de un caso clínico y no de mí.
Ayla, en cambio, llenaba el espacio con nombres.

—Este es precioso —decía de repente, sin contexto, como si el mundo dependiera de que yo eligiera bien—. Y este también, y este combina con el otro.

Solo reía bajito mientras Ren la regañaba aunque siempre terminaban sonriendo igual.

Kai era otra cosa.
Una vez me sentó a hablar como si fuera una reunión importante, explicándome responsabilidades, estabilidad, rutinas.
Y Sora…
Sora había llamado llorando.
Diciendo que iba a ser el mejor tío del mundo, que ya estaba pensando en cosas, que no lo dejara fuera de nada.

Solo escuchaba todo eso sintiendo algo raro en el pecho que no llegaba a ser tristeza ni alegría por completo, más bien era una mezcla que todavía no sabía nombrar.

Y ahora estaba aquí.
Sentado frente a Itsuki y Rikuya.

El ambiente era tranquilo, era de esos silencios que no incomodan porque todos saben que algo importante está por decirse.

Itsuki y Rikuya me miraba con calma.
Itsuki respiró hondo, sin prisa.
—Leo —dijo con voz suave—. Tienes que dejar el trabajo en el club.

El aire se detuvo un segundo, incluso sentí cómo algo en mí reaccionaba de inmediato, como si resistirme fuera algo instintivo.

—No puedo solo dejarlo así —respondí, bajando un poco la mirada—. Todavía necesito…

—Ya no —interrumpió Itsuki, sin elevar la voz.

No fue un corte brusco, solamente fue una línea clara sin espacio para escaparla.

El silencio se estiró.

Rikuya no habló todavía, pero su presencia era estable, como un respaldo silencioso.

Itsuki inclinó apenas la cabeza.
—Tu cuerpo ya no está en las mismas condiciones que antes —continuó—. Y ese lugar no es seguro para lo que estás viviendo ahora.

Tragué saliva porque lo sabía eso era lo peor, que no era exageración pero aun así, la idea de soltarlo todo me hacía sentir raro, como si me estuviera quitando algo que aún no terminaba de entender.

—No quiero ser una carga… —murmuré.

La frase salió casi automática e Itsuki me miró de inmediato.

—No lo eres —dijo, directo, sin dudar—. Pero tampoco puedes seguir actuando como si nada hubiera cambiado.

El silencio volvió a asentarse Y Rikuya habló entonces, más suave.

—No es perder —dijo—. Es reorganizar tu vida para que sientas que te estás partiendo en varios.

Me quedé quieto porque esa frase se quedó un poco más dentro de mí ya que no sonaba a control más bien sonaba a cuidado.

Itsuki se inclinó ligeramente hacia adelante.
—No te estamos quitando nada —añadió—. Te estamos ayudando a sostener lo que importa.

Respiré hondo.

Sentí el peso de todo lo que había sido “normal” hasta ahora, empujándose hacia un lado y por primera vez no sentí que tenía que pelearlo, solo…entenderlo.

—…Está bien —dije al final, en voz baja.

Itsuki no sonrió como victoria solo asintió, como si hubiera llegado el momento correcto y el silencio que siguió ya no fue presión, más bien se siento como si algo dentro de mí, lentamente, hubiera empezado a encontrar un lugar donde no doliera tanto quedarse.

La escuela seguía siendo una especie de isla extraña de normalidad porque ahí todo parecía igual, los pasillos, el ruido, las voces cruzándose sin pausa, nadie sabía nada todavía pero no porque estuviéramos escondiéndolo de forma deliberada, sino porque yo… todavía no encontraba el momento correcto para decirlo.

Era raro.

Como tener una verdad grande en el bolsillo y no saber en qué conversación sacarla sin sentir que rompería una tranquilidad y Ren tampoco ayudaba mucho con lo de “pasar desapercibido”.
De hecho, hacía lo contrario.
Me llevaba comida aunque dijera que no hacía falta, aparecía en los descansos como si tuviera un radar, y en casa siempre estaba atento a si me sentaba demasiado rápido o si caminaba con menos energía.

Me acompañaba a todo pero no de una forma pesada más bien como si simplemente hubiera decidido que estar cerca de mí era lo más natural del mundo aunque a veces, cuando estábamos en la mesa con los demás, lo miraban con una mezcla de confusión y burla ligera.

—Se están marcando o qué —había soltado Dylan una vez, entre risas.

Ren ni se inmutó solo me miró de reojo y respondió con total calma:
—Si fuera eso, ya lo sabrían.

La mesa estalló en carcajadas y el tema murió ahí, pero la sensación se quedó un poco más porque sí… había algo distinto en cómo me trataba y en cómo yo lo dejaba hacerlo aún así, lo más difícil no era eso.
Era Cameron.
El único que había estado ahí desde antes de que todo cambiara tanto, había intentado decirle varias veces, en la mesa, en los silencios entre clases, incluso caminando juntos pero las palabras siempre se me quedaban a medio camino, como si no supieran cómo salir sin sonar demasiado grandes y él lo notaba.



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Editado: 30.08.2026

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