La habitación estaba demasiado silenciosa para algo que acababa de volverse tan grande pero no era un silencio tranquilo. Era uno de esos que se sienten tensos en la piel, como si el aire hubiera perdido movilidad y cualquier palabra pudiera romperlo en fragmentos.
Tenía la libreta abierta sobre las piernas. con mis hojas que estaban llenas de apuntes desordenados, escritos con una urgencia que no me había dado cuenta que llevaba dentro: listas de cuidados, cosas que debía evitar, cosas que debía preguntar, notas que intentaban darle forma a algo que todavía se sentía demasiado nuevo para entender. El bolígrafo estaba apretado entre mis dedos con demasiada fuerza fuerza.
Ren estaba sentado al borde de la cama.
Quieto.
Demasiado calmado para lo que acababa de decir.
—Voy a dejar la universidad —repitió.
Su voz no tembló. No buscó adornos. No pidió permiso.
Fue una decisión puesta en el aire como algo ya terminado,dejé de escribir.
El trazo final se detuvo a medio camino en la hoja.
—…¿Qué? —pregunté, aunque ya lo había entendido.
Ren me miró.
—Que voy a dejar la universidad.
El aire cambió de densidad. Sentí cómo algo en el pecho se me cerraba de golpe, no como emoción sino como reacción.
—No —dije de inmediato.
Ren no reaccionó con sorpresa solo me observó con una calma que me desesperó más de lo que quería admitir.
—Leo…
—No —repetí, cerrando la libreta de golpe. El sonido seco rebotó en la habitación—. No puedes hacer eso.
El bolígrafo cayó a un lado, pero no me importó, me puse de pie sin darme cuenta de cuándo.
El espacio entre nosotros se volvió más pequeño solo porque yo lo estaba llenando.
—¿Qué estás pensando exactamente? —mi voz subió sin permiso—. ¿Que puedes simplemente dejarlo todo así porque sí?
Ren bajó un poco la mirada pero no era culpa, solo paciencia como si estuviera esperando que yo llegara al punto correcto.
—Lo pensé —dijo.
Eso me tensó aún más.
—¿Pensaste qué? —dije, dando un paso hacia él—. ¿Que tirar dos años de carrera es una solución?
Ren negó despacio.
—No es tirar nada.
—Se siente igual —solté.
El silencio se estiró entre nosotros.
Ren respiró hondo.
—No estoy abandonando mi vida —dijo—. Estoy cambiándola.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué harías eso?
Él levantó la vista otra vez y esta vez su expresión ya no era solo calma, había algo más firme detrás.
—Porque quiero darte estabilidad —dijo.
La frase me golpeó más de lo que esperaba.
Me quedé quieto un segundo.
—No necesito que hagas eso —respondí más bajo.
Ren negó.
—Sí la necesitas.
Mi garganta se cerró un poco pero no por lo que dijo sino por lo que significaba porque de repente no era solo una decisión académica.
Era una decisión de vida.
Ren se levantó despacio, no invadió mi espacio de inmediato solo se quedó lo suficientemente cerca como para que su presencia siguiera siendo constante.
—No quiero que dependas de la idea de “algún día” —dijo con calma—. No quiero que todo sea esperar a que las cosas se acomoden solas.
Sus ojos se mantuvieron en los míos.
—Quiero empezar ahora.
Tragué saliva.
El enojo empezaba a mezclarse con algo más incómodo.
Miedo.
—¿Y si te equivocas? —pregunté, más bajo.
Ren no dudó.
—Entonces lo arreglo.
Esa seguridad me dejó sin un argumento inmediato porque no era impulsiva, era decidida, bajé la mirada un segundo, sintiendo el peso de todo lo que no sabía cómo sostener.
—No quiero ser la razón por la que pierdas tu futuro —murmuré.
Ren se quedó en silencio un instante, el cuarto pareció enfriarse un poco.
Luego su voz salió más suave.
—No eres eso —dijo.
Levanté la mirada pero el no había cambiado de expresión solo era más honesto ahora.
—Eres la razón por la que quiero uno —añadió.
Por primera vez en toda la discusión, el silencio no se sintió como tensión, se sintió como algo que apenas estaba aprendiendo a sostenerse entre los dos.
El aire de la habitación seguía cargado con lo que acabábamos de decir, pero poco a poco había empezado a asentarse. No desaparecía del todo, solo cambiaba de forma, como si la discusión se hubiera convertido en algo más silencioso.
Se sentó de nuevo a mi lado con calma, acercándose lo suficiente para que su presencia volviera a llenar el espacio sin invadirlo. Su mano buscó la mía primero, y luego la sostuvo con naturalidad, como si eso fuera lo único importante que quedaba por resolver en ese momento.
—Ya lo hablé —dijo al fin.
Parpadeé.
—¿Con quién?
Ren no dudó.
—Con Itsuki… y con Rikuya.
Eso me tomó desprevenido.
Mi ceño se frunció un poco.
—¿Y qué dijeron?
Ren hizo una pausa breve, como si recordara la conversación.
—Itsuki lo dudó al principio —admitió—. Me hizo muchas preguntas, me dijo que no era una decisión ligera.
Me imaginé a Itsuki con esa calma suya, pero con esa forma de mirar que atraviesa todo cuando algo no le convence.
Ren continuó:
—Pero Rikuya… lo entendió.
La forma en que lo dijo me hizo mirar hacia abajo un segundo.
—¿Y lo apoyó?
—Sí —respondió simplemente—. Completamente.
Solté una pequeña risa sin humor, más por nervios que por otra cosa.
—Claro… —murmuré—. Porque es lo que hace un alfa, ¿no? Resolver todo por su familia.
Lo dije medio en broma, medio como una defensa automática.
Ren soltó una risa baja.
—No —dijo, apretando suavemente mi mano—. No es “lo que hace un alfa”. Es lo que se hace cuando tienes una familia.
Esa frase se quedó un momento entre nosotros porque no pesaba como antes.
Yo lo miré de reojo.
—¿Y qué vas a hacer entonces? —pregunté.
Ren negó despacio.
—Eso aún no te lo voy a decir.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo que no?
—Es sorpresa —respondió con calma, como si eso resolviera el tema.