Un desastre perfecto

AÑO NUEVO

En Dinamarca, romper platos frente a la casa de alguien en Año Nuevo es un gesto de cariño.
Cuantos más platos rotos encuentres frente a tu puerta al amanecer, más personas te quieren, más gente pensó en ti al cerrar el año.
Itsuki lo sabe.
Lo leyó alguna vez en un libro viejo, uno de esos que hojeas sin intención y que, aun así, se te quedan clavados en el pecho. Le pareció una tradición ruidosa, absurda incluso… pero también terriblemente honesta.
Porque nadie rompe algo frente a la casa de alguien que no le importa.
Y esa noche, mientras la ciudad se preparaba para despedir el año, Itsuki estaba solo.
No era una soledad nueva.
Era una que conocía demasiado bien.
Su departamento era pequeño, ordenado, silencioso. Afuera se escuchaban risas lejanas, música, fuegos artificiales anticipados. Vecinos que iban y venían cargando bolsas, botellas, platos que no pensaban romper sino llenar.
Itsuki lavó el último plato con cuidado.
Era uno sencillo, blanco, sin ningún valor especial. Justamente por eso lo eligió.
Lo secó con un trapo limpio, lo sostuvo entre sus manos un momento más de lo necesario y suspiró.
—Qué ridículo eres… —murmuró para sí mismo, con una sonrisa triste.
No tenía familia que lo esperara.
No tenía amigos que tocaran su puerta.
No tenía a nadie frente a cuya casa pudiera romper un plato.
Así que tomó su abrigo, abrió la puerta y salió al pasillo.
El frío le mordió la piel apenas cruzó el umbral. Bajó las escaleras despacio, como si cada escalón fuera una decisión que todavía podía deshacer. Afuera, la calle estaba iluminada por luces cálidas y ventanas llenas de vida ajena.
Su edificio era viejo. La entrada, estrecha.
Su puerta, sencilla.
Se detuvo frente a ella.
Durante un segundo, dudó.
La tradición decía frente a la casa de alguien que amas.
Itsuki bajó la mirada hacia el plato entre sus manos.
—Supongo que… —susurró— también cuenta si es para uno mismo, ¿no?
No esperaba respuesta.
Levantó el plato apenas unos centímetros, lo suficiente.
El sonido al romperse fue seco, claro, definitivo.
Los pedazos se dispersaron por el suelo como pequeñas lunas blancas, reflejando la luz de la calle. Itsuki se quedó mirándolos, con el corazón apretado y los ojos ardiendo un poco.
No lloró.
Solo se agachó, tocó uno de los fragmentos con la punta de los dedos y dejó escapar una risa muy suave, casi incrédula.
—Feliz año… —dijo en voz baja—. Al menos… lo intenté.
Se levantó, dio un paso atrás y observó su puerta.
No había aplausos.
No había testigos.
No había nadie que supiera lo que ese gesto significaba.
Pero por primera vez en mucho tiempo, Itsuki sintió que había hecho algo por sí mismo.
Y eso…
eso ya era un comienzo.

No estaba tan solo como creía.
Desde el otro lado de la calle, entre la sombra de un poste de luz y el vapor que salía de una taza de café demasiado caliente, alguien lo observaba.
No intervino.
No se acercó.
No dijo nada.
Vio cómo Itsuki salía con el plato entre las manos, cómo dudaba frente a su propia puerta, cómo el gesto parecía pequeño y, al mismo tiempo, enorme. Vio el momento exacto en que el plato se hizo pedazos contra el suelo y cómo Itsuki se quedó quieto, mirando los restos como si estuviera frente a algo sagrado.
El desconocido apretó los dedos alrededor de la taza.
—Así que… —murmuró para sí mismo— lo hiciste para ti.
No sonrió, pero algo en su pecho se aflojó.
Esperó a que Itsuki regresara al interior del edificio, a que la luz del departamento se encendiera y luego se apagara. Esperó unos minutos más, solo para estar seguro.
Entonces cruzó la calle.
El frío no le importó.
El silencio tampoco.
Se detuvo frente a la misma puerta. Observó los fragmentos blancos en el suelo, todavía intactos, todavía contando una historia que nadie más había escuchado.
Sacó un plato de su bolsa.
No era especial.
Nunca lo era.
Lo sostuvo con firmeza, sin dudar.
El sonido del segundo plato rompiéndose fue distinto. No más fuerte, no más suave… solo distinto. Como si respondiera al primero.
Dejó los pedazos ahí.
No llamó a la puerta.
No esperó agradecimiento.
No quiso ser visto.
Cuando se alejó, el año estaba a minutos de terminar.
A la mañana siguiente, Itsuki se despertó más tarde de lo habitual.
El silencio era distinto. Menos pesado. Como si la noche hubiera dejado algo atrás.
Se levantó, se preparó un café simple y, todavía medio dormido, abrió la puerta para salir a comprar pan.
Fue entonces cuando lo vio.
Los restos del plato seguían ahí.
Pero no eran solo los suyos.
Se quedó inmóvil, con la mano todavía en el picaporte, mirando los fragmentos esparcidos frente a su puerta. Había más. Trozos que no recordaba haber roto. Un borde distinto, un grosor que no coincidía.
Frunció el ceño.
—¿…eh?
Se agachó, revisó con cuidado. No, no estaba imaginando cosas.
Había un segundo plato.
Por un instante pensó que algún vecino se había equivocado. Que alguien había leído mal la tradición o que simplemente había confundido la puerta en medio de la celebración.
Lo lógico era molestarse.
Era su entrada.
Era su casa.
Pero en lugar de eso, algo cálido le subió al pecho.
Una risa pequeña, casi incrédula, se le escapó.
—Qué tonto… —murmuró—. Ni siquiera es para mí.
Aun así, no pudo evitar sonreír.
Aunque fuera un error.
Aunque fuera una confusión.
Aunque nadie lo hubiera hecho con intención.
Alguien había roto un plato frente a su puerta.
Y por primera vez desde que podía recordar, Itsuki sintió que el año no había comenzado tan mal.
Recogió los fragmentos con cuidado, como si fueran frágiles recuerdos que no quería borrar del todo. Guardó uno pequeño en el bolsillo de su abrigo sin saber por qué.
Antes de irse, miró una vez más la entrada.
—Feliz año… —susurró.
No sabía que, desde la esquina de la calle, alguien ya se había marchado con la certeza de que ese gesto había valido la pena.



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En el texto hay: omegaverse, confusion, chicoxchico

Editado: 01.01.2026

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