Hoy me despierto inspirada y paso todo el día escribiendo. Mis dedos vuelan sobre el teclado; ni yo puedo creerlo.
Tanto tiempo bloqueada, y ahora todo fluye. Y lo mejor es que no necesité salir con ningún hombre para lograrlo. Bastó con un poco de drama familiar ajeno y un jefe insufrible y guapo que me sirviera de inspiración. No es que quiera algo con él, porque sé es imposible, es solo ficción. O eso intento repetirme mientras sigo escribiendo.
Cae la noche y decido hacer una pausa para comer algo, porque vivir de café y vino no es una opción viable. Por suerte tengo buen metabolismo, aunque igual necesito alimentarme de verdad. Guardo el documento con una sonrisa y camino hasta la cocina. Caliento los fideos chinos que sobraron de ayer y me sirvo un vaso de agua.
Es domingo por la noche, y mañana no tengo que ir a la oficina porque fumigarán el edificio. Así que puedo seguir escribiendo hasta la madrugada si la inspiración quiere acompañarme.
Mientras espero por el microondas, miro por la ventana. La ciudad parece dormir, y hay una calma que me resulta extraña. Siempre quise tener una vida tranquila, sin dramas ni sobresaltos, pero cuando todo está en silencio, me descubro deseando un motivo, una chispa, alguien que rompa la rutina sin destruirla. Supongo que por eso escribo; para crear lo que me falta.
Agarro el celular y reviso los mensajes. Entre varios de mis amigas, hay uno de Adam.
Adam: Hola, Skyler. Tanto tiempo. Lexy me dio tu número y pensé que podríamos salir algún día de estos, ponernos al día. Una cena o ir al cine, tú elige. Avísame.
El mensaje llegó a la hora del almuerzo, y lo ignoré porque estaba en modo escritora obsesiva. Ahora no sé qué responder.
Recuerdo que Adam era guapo y buena onda. Tal vez, si no se hubiera mudado, las cosas habrían avanzado. Sin embargo, han pasado años, y todos cambiamos. No sé si quiero arriesgarme a salir con él solo para desilusionarme.
Aunque, lo positivo es que ya lo conozco. No me trabaría al hablar, ni haría esas preguntas absurdas que me salen cuando me gusta alguien. Todo cambia cuando no hay misterio.
Suspiro. A veces creo que me acostumbré demasiado a estar sola. La independencia se siente bien, aun así, hay días en que pesa un poco. No lo digo en voz alta, ni siquiera lo admitiría ante mis amigas, pero a veces me gustaría tener a alguien con quien compartir el silencio.
Mientras me debato entre responder o no, el jefe hemorroide aparece en mi mente. Brody Campbell. En el papel de hermano, padre y antagonista involuntario de mis pensamientos.
No puedo evitar sonreír al recordar a su hija, esa niña dulce y sin filtros que sueña con tener una mamá. Mi corazón dio un vuelco cuando me preguntó si quería serlo “de verdad”. Tuve que contener la risa y explicarle que eso no era posible, pero que podía considerarme su amiga y consejera.
Miro el teléfono y me invade cierta nostalgia. Extraño la época en que mis amigas también eran solteras. En esos días, las tres habríamos salido a tomar algo, a reírnos de todo. Viper estaría contando su nueva conquista y Lexy hablaría de algún cliente guapo. Ahora ambas son esposas y madres, ocupadas con sus familias. Ni siquiera me molesto en escribirles.
Respiro hondo y, antes de pensarlo demasiado, le respondo a Adam. Acepto salir con él el próximo viernes a la noche, una cena informal. Nada elegante.
Él contesta que pasará por mí a las siete. No digo que no; odio conducir de noche. Así que quedamos en eso.
Suena otra notificación. No es Adam, sino Donny.
Donny editorial: Ven a tomar algo con nosotros. Mi novia quiere conocerte. Necesito que vea lo buena onda que eres para que deje de tener celos.
Sonrío. ¿Por qué no me sorprende?
Adjunta una foto con su novia y algunos amigos. No respondo al instante. Dejo el celular sobre la mesa al momento que vibra de nuevo. Esta vez es mamá.
Mamá: Adivina, hija. Paul y yo pasaremos a verte la próxima semana. Saludaremos a tu abuela por su cumpleaños y cenaremos contigo. Él está ansioso por verte.
El estómago se me revuelve. No esperaba eso. Quiero ver a mi madre, sí, pero no a su esposo. No soporto cómo me mira. La última vez... Sacudo la cabeza para borrar ese pensamiento.
¿Por qué tuvo que casarse con un “colágeno”? ¿No podía elegir un hombre decente, de su edad, con quien hablar de dolores de espalda?
No respondo. En lugar de eso, le contesto a Donny, aceptando su invitación. Justo ahora, lo único que necesito es distraerme.
***
—Eres genial —me dice la novia de Donny, riendo—. Con razón le agradas tanto a mi novio.
—Tranquila —le respondo, levantando mi trago—. Es como un hermano para mí.
Brindamos y bebemos al mismo tiempo.
El bar está lleno, la música retumba y las luces giran. No he tomado mucho, no obstante, mezclar bebidas nunca es buena idea cuando una no está acostumbrada. Me doy cuenta de que fue un error y decido no repetirlo. Sandra, la novia de Donny, está igual de risueña que yo, mientras él, su hermano y el ligue de este se creen estrellas de karaoke. No cantan bien, pero no puedo juzgarlos, pues yo canto peor. Hasta la ducha parece rendirse cuando intento hacerlo.