Un deseo sorpresa

Capítulo 14: Brody

De todas las cosas que podían pasarme esta noche, jamás imaginé terminar cargando a una de las editoras ebria hasta su casa.

No sé si debería sentirme un buen samaritano o un completo idiota. Con mi suerte, si un policía me detuviera, seguro pensaría que estoy secuestrando a una mujer inconsciente.

El camino se me hace eterno. Entre sus ronquidos suaves y los semáforos en rojo, tengo tiempo de arrepentirme al menos tres veces. Por fin llegamos a su edificio, y para mi alivio, abre los ojos justo cuando estaciono.

—¿Estamos en Plutón?

—No. En tu casa —respondo con paciencia.

—Ah… mejor. Plutón está muy lejos y ahí no hay aire.

Suspiro. Definitivamente, mañana tendrá resaca.

La ayudo a salir del auto. Se aferra a mi brazo con la misma determinación con la que suele discutir mis correcciones de manuscritos.

La sigo de cerca porque, según lo que pasó recién, podría entrar al departamento equivocado. Lo último que necesito es que toque la puerta de mi hermano. Él no se aprovecharía, pero prefiero ahorrarme la explicación.

Saco la llave de su bolso y abro la puerta al ver que ella no es consciente que debe hacerlo. Entra tambaleándose, deja caer el bolso y dice con dramatismo:

—Necesito que el mundo deje de girar.

Al menos no ha vomitado. Eso ya es un triunfo.

Dejo las llaves sobre la mesa de entrada y la miro, dudando si debo quedarme o huir antes de otro tropiezo.

—Me voy.

Ella alza la cabeza y me sonríe de forma tan dulce que por un instante olvido que está ebria.

—Muy bien, jefe hemorroide imaginario.

No puedo creer que me apodara de esa manera.

Doy un paso hacia atrás al momento en que ella tropieza y debo sostenerla antes de que se golpee.

—No deberías beber si no sabes hacerlo —digo, intentando mantener el tono serio.

—No me sermonees, soy una adulta —responde, cruzando los brazos y haciendo puchero.

No puedo evitar sonreír. A pesar del alcohol, huele bien. Ese perfume suyo me persigue incluso cuando intento ignorarla.

—Bien, descansa. Nos vemos mañana.

—Sí, pero primero necesito encontrar mi cama.

La ayudo a caminar hasta su habitación. Cada paso que damos se siente como una prueba de autocontrol. Apenas entra, se quita los zapatos con dificultad, y entiendo que es mi señal para salir. No quiero quedarme lo suficiente como para presenciar algo comprometedor.

Sus labios rozan los míos, apenas un segundo, pero suficiente para que el aire se me quede atascado. Me quedo quieto, inmóvil, conteniendo el impulso que lleva meses creciendo.

Sí, quiero besarla. Lo he pensado más veces de las que admito, pero no así, no cuando ella apenas puede mantenerse en pie.

—Hueles rico —murmura, medio dormida.

Esa frase me regresa a la realidad. Y ella cae dormida boca abajo en la cama.

Respiro hondo y salgo en silencio.

Bajo las escaleras con el corazón acelerado. No recuerdo la última vez que una mujer me provocó algo tan intenso. Ni siquiera la madre de Raia. Solo fui por helado, y terminé enredado en una escena de comedia romántica con escenas locas.

Si hubiera sido otra mujer, la habría dejado pasar. Pero Skyler tiene algo diferente, un imán que no entiendo y que me cuesta resistir.

Conduzco de regreso a casa, intento pensar en cualquier cosa menos en ella, pero su perfume sigue en mi camisa. Paso por la tienda, compro el helado para mi hija y respiro hondo antes de entrar.

Raia me espera en la sala con una sonrisa.

—¡Papá! Te tardaste mucho.

—Hubo… contratiempos —respondo, dejando las llaves.

—¿Qué es eso? ¿“Contratiempos” es como un monstruo del tráfico? —pregunta con curiosidad.

—Algo así —respondo riendo—. ¿Cinthia quiere helado?

—No. Dijo que está a dieta y se fue a ver sus novelas raras.

Río bajo. Para Raia, las series coreanas que ve su niñera son raras porque hablan en otro idioma que ella no comprende. Dice que hablan como si estuvieran siempre enojados.

Sirvo el helado y me siento con ella.

—Papá —dice mientras juega con la cuchara—, ¿te gusta la señorita Skyler?

La pregunta me sorprende.

—¿Por qué lo dices?

—Porque es buena contigo y conmigo. No me mira raro como otras. Me deja dibujar en sus hojas y me enseñó a hacer un avión de papel que vuela más que el tuyo.

—Ah, ¿sí? —sonrío.

—Sí. Y dice que tienes cara de gruñón de los buenos.

Suelto una carcajada.

—¿De los buenos?

—De esos que parecen enojados, pero en realidad son suaves por dentro —dice mientras hace un gesto con las manos como si apretara una almohada.




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