Año 380. Calanthe.
La niebla se enroscaba como torbellinos espectrales alrededor de los viejos troncos de aquel bosque que la fémina atravesaba. Nyxia avanzaba sigilosamente por aquel sombrío lugar lleno piedras y raíces sobresalientes. La capa gris, que apenas tapaba las puntas de sus orejas alargadas, protegía su cuerpo del fuerte viento que corría.
Su aldea había quedado atrás, envuelta en un ensordecedor silencio y sombras macabras, pero el peso del pergamino la mantenía alerta. Sus dedos temblaban ante el recuerdo de lo que allí había escrito, ¿era cierta esa profecía? Apretó sus dedos tentada a volver a leer aquellas letras temblorosas del pergamino roto pero no se atrevió.
"Cuando el fuego abrace la destrucción la tierra temblará bajo su peso.
De las cenizas nacerá un poder sin igual capaz de forjar o destruir el mundo.
Un vínculo olvidado despertar, y la llama decidirá el destino de todos".
Nyxia no entendía del todo el significado pero no necesitaba hacerlo para saber que su vida había cambiado en el momento exacto en que el símbolo del dragón se había revelado en el pergamino, solo visible para sus ojos. Desde entonces las sombras parecían seguirla y el bosque mismo se volvía más oscuro a medida que avanzaba.
Continuando su camino escuchó el crujir de una rama, la cual le hizo pararse en seco. Alertada, se giró observando una forma monstruosa surgir de la oscuridad. Su corazón se aceleró latiendo con fuerza, pues a pesar de que no era la primera vez que se los encontraba, era bastante impactante su aspecto.
Levantó sus manos invocando un halo azul brillante que desprendía un aura mágica, que hasta el momento, era un misterio. Aquello hizo retroceder al monstruo, desapareciendo como polvo con el viento, soltando un gruñido espectral.
Nyxia soltó un suspiro. Sus manos bajaron temblorosas pues estaba sola en aquella misión pero sabía que debía llegar a la institución y descifrar aquel pergamino incompleto y los misterios sobre su propia magia.
El viento frío de la noche agitaba el bosque. Con pasos sigilosos Nyxia avanzaba entre los troncos robustos y alargados de los árboles. Sus cuatro sentidos estaban alerta en todo momento, pues la presencia de aquellas criaturas espectrales aún podían sentirse, como lobos. Las orejas puntiagudas de aquellos seres seguían sus movimientos.
El bosque de Arden nunca había sido un lugar seguro, pero aquella noche se sentía diferente, como si algo mucho más aterrador y antiguo despertara acechando entre los árboles.
Su mano derecha apretó el colgante en forma de dragón que colgaba de su cuello, una joya que siempre había llevado consigo sin saber realmente por qué. El metal estaba caliente, algo que jamás había sucedido antes.
"Cuando el fuego abrace la destrucción la tierra temblará bajo su peso".
Las palabras de la profecía regresaron a su mente como un eco. Intentó apartarlas de su pensamiento y centrarse en seguir avanzando, pues el sendero de piedra que conducía a la Academia Eldranis estaba cerca. Solo tenía que cruzar el río de aguas oscuras y subir la colina.
Un murmullo sibilante la obligó a detenerse.
Sus oídos captaron el sonido de hojas moviéndose a su derecha pero cuando giró la cabeza no vio nada. No obstante el aire se había vuelto más denso como si el bosque mismo contuviera la respiración.
Nyxia cerró los ojos y sintió la magia vibrar en su interior. Algo estaba ahí, observándola.
De repente el suelo tembló levemente. No como un terremoto sino como un latido profundo que resonó en la tierra.
La elfa no dudó. Extendió su mano y murmuró un hechizo en la antigua lengua de su pueblo. Un resplandor azul surgió de sus dedos iluminando los troncos retorcidos de los árboles.
Nada.
Pero el bosque seguía conteniendo su aliento.
Nyxia apretó los labios y dio un paso más. Luego otro. Finalmente corrió.
Las raíces parecían moverse bajo sus pies obligándola a saltar y esquivar. El río apareció frente a ella, sus aguas reflejando la luz de la luna. Sin detenerse murmuró otro conjuro y dio un salto.
El agua se congeló un segundo bajo sus pies y luego se quebró en mil pedazos cuando aterrizó en la orilla opuesta. No se detuvo a mirar atrás.
El bosque la había dejado ir pero no sin antes susurrarle una advertencia que aún resonaba en su mente.
No estaba sola.
Y entonces la Academia Eldranis se alzaba en la cima de la colina, sus torres de piedra oscura brillando bajo la luz de las estrellas. A medida que se acercaba a las enormes puertas de hierro, su respiración se calmó.
Por fin estaba allí.
Al tocar la puerta los antiguos grabados rúnicos brillaron evaluándola. Después de un segundo eterno se escuchó un chasquido y la puerta se abrió lentamente.
Nyxia cruzó el umbral sin mirar atrás.
La pesada puerta de hierro se cerró detrás de ella con un eco profundo que pareció silenciar el mundo exterior. Nyxia se detuvo en el umbral observando la inmensidad del vestíbulo. Era más imponente de lo que había imaginado: techos altos cubiertos de cristales flotantes que destellaban con una luz pálida como fragmentos de estrella suspendidos en el aire.
Runas antiguas serpenteaban por las paredes como venas mágicas pulsando lentamente. Una figura encapuchada emergió de la penumbra del pasillo central. Su túnica era negra, ribeteada en oro y plata, y llevaba un báculo coronado con un cristal rojo como una gota de sangre petrificada.
—Nyxia Thalorian —dijo la figura sin necesidad de preguntar su nombre.
Nyxia tragó saliva y avanzó con paso firme.
—¿Cómo sabes quién soy?.
—La magia de esta academia reconoce a los que han sido anunciados por el fuego —respondió el hombre levantando una mano para que lo siguiera—. Aunque... tú no ardes solo con fuego, ¿verdad?
Ella frunció el ceño.
—No entiendo —negó con su cabeza. Sus orejas alargadas quedaron destapadas del manto blanco que formaba su cabello.