El cielo comenzaba a oscurecer cuando los estudiantes se reunieron en el gran campo de vuelo de la academia. Una explanada inmensa, rodeada por torres de observación y gradas flotantes, se abría como un anfiteatro natural entre las montañas. Las luces encantadas titilaban suspendidas en el aire, iluminando el terreno con un brillo suave que recordaba a estrellas atrapadas.
Nyxia, con su capa azul oscuro ondeando al viento, caminaba entre los asistentes. Su sola presencia no pasaba desapercibida, su silueta delgada, su andar sereno y sus ojos de colores imposibles delataban su ascendencia. Era una elfa, y no una cualquiera; llevaba en la piel esa vieja energía que aún hacía que los hechizos susurraban a su alrededor, sin que ella lo notara, un aura especial se alzaba a su alrededor, siendo este imperceptible para ella.
Sus orejas puntiagudas estaban parcialmente cubiertas por su cabello blanquecino trenzado, pero incluso así, muchos la reconocían al pasar. Algunos la miraban con asombro, otros con desconfianza. La magia élfica era inquietante.
—¿Estás bien? —preguntó Thalia, dándole un pequeño codazo amistoso—. Pareces más nerviosa que los jinetes.
Nyxia, desviando la mirada y su corazón acelerado en inquietud solo asintió, suspirando ligeramente para después volver sus ojos bicolores hacia la chica.
—Hay algo... no sabría explicarlo, pero hay algo que me inquieta.
Observó como los dragones con aleteos que hacían estremecer el suelo, tomaban su posición en el cielo.
La voz de una mujer, amplificada con un hechizo, rompió la tensión del aire, exclamando con voz entusiasmada.
—¡Estudiantes y maestros de la Academia de Eldranis! —anunció una mujer desde la torre central—. Damos inicio a la Competencia de Vuelo Anual. ¡Prepárense para presenciar el poder de los dragones!
Los rugidos llenaron el aire. Una docena de dragones cruzaron el cielo, montados por jinetes de distintos cursos. Dragones de escamas doradas, verdes, plateadas... hasta que el último llegó, y con él, el silencio.
Skathyr.
Negro como el vacío entre estrellas, su figura recortó el cielo como una sombra viva. Las antorchas parpadearon a su paso. Sus ojos dorados brillaban como soles contenidos, y sobre su lomo, el jinete: Kyren, tan enigmático como su montura.
Nyxia tragó, se quedó inmovil y observó al dragón, quien al notar su mirada, por un breve instante pareció cambiar su rumbo, clavando sus ojos dorados en ella.
—¿Viste eso? —murmuró Thalia, inclinándose hacia ella—. Skathyr nunca mira al público, nunca, solamente sigue a Kyren.
Nyxia asintió, totalmente anonadada y sin saber por qué su corazón latía tan desbocado, como si tuviese mil caballos galopando dentro de su pecho.
—Lo sé. —dijo en apenas un susurro mirando hacia donde el dragón había desaparecido.
La competencia comenzó. Los dragones volaban entre anillos de fuego, esquivaban relámpagos encantados, realizaban maniobras que desafiaban la gravedad. Kyren y Skathyr se movían como una sola sombra viviente, atravesando cada obstáculo con precisión letal.
Pero justo antes del último anillo, Skathyr cambió de dirección. Giró apenas, como si algo lo atrajera o alguien.
Nyxia.
Los profesores lo notaron. Los estudiantes también. Pero el dragón retomó su rumbo y cruzó la meta sin más desvíos. Kyren no celebró la victoria. Solo buscó entre las gradas... y la encontró.
Nyxia le sostuvo la mirada. El viento alborota su trenza y la capa que llevaba, revelando por completo sus orejas élficas, sus rasgos delicados, su piel ligeramente luminosa.
La magia la rodeaba como una niebla viva, apenas perceptible.
Skathyr aterrizó. Al tocar el suelo, rugió y volvió a mirarla. Esta vez, más fuerte, como un llamado profundo.
Toda la multitud enmudeció y el corazón de Nyxia se aceleró, sintió su cabeza como si estuviera abotargada.
Y entonces se levantó, sintiendo como si ella no estuviese caminando entre las gradas, como si alguien ajeno la estuviese controlando, un impulso, su propia energía o el mismo Skathyr.
Kyren la observaba desde la base del campo, el ceño fruncido. Skathyr, en cambio, permanecía quieto como una montaña, su mirada fija en la joven elfa.
Cuando Nyxia se detuvo a unos pasos del dragón, un calor invisible la envolvió. Su respiración se volvió pesada, y una chispa danzó en el aire a su alrededor. Chispas... de todos los colores. No solo fuego. Agua. Viento. Tierra. Sombras. Luz.
Kyren dio un paso al frente, visiblemente alterado.
—¿Qué demonios eres tú? —susurró.
Pero Nyxia no respondió. Solo levantó la mano, sin pensarlo y entonces Skathyr se agachó, inclinando la cabeza. No en amenaza, sino en sumisión.
La multitud contuvo el aliento.
Un dragón se inclinaba... ante una elfa extraña sin registro y entonces fue cuando la profecía resonó en su mente.
"Cuando el fuego abrace la destrucción la tierra temblará bajo su peso.
De las cenizas nacerá un poder sin igual capaz de forjar o destruir el mundo.
Un vínculo olvidado despertará y la llama decidirá el destino de todos".
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La mañana amaneció con un cielo tan claro que parecía pintado. La brisa fresca acariciaba los muros de piedra blanca de la Academia Eldranis, mientras los estudiantes se dirigían a sus primeras clases del día. Las torres mágicas resonaban suavemente con cánticos arcanos, como si la propia academia despertara con ellos.
Nyxia caminaba en silencio al lado de Thalia, aún con la mente atrapada en la imagen de Skathyr inclinando su enorme cabeza negra frente a ella. Era imposible olvidar el fuego dorado de sus ojos, ni cómo ese instante pareció detener el mundo.
Sus dedos hormigueaban con nervios y no pudo evitar subirlos hasta el colgante, el cual tomó una cálida temperatura cuando el dragón se doblegó ante ella, y de sus labios salió un suspiro.
Entraron en el Salón de Elementomancia Avanzada, una sala circular con techos altos y símbolos antiguos flotando en el aire como polvo encantado. El maestro Erven ya los esperaba: un hombre de túnica azul profunda y barba entretejida con hilos de cristal. Su mirada era aguda, y su energía, pesada como un grimorio antiguo.