El pergamino temblaba entre los dedos de Nyxia mientras descendía por la escalinata norte. El sello rojo no mentía: la habían asignado para una exploración mágica en las ruinas del bosque de Arvalen. Un paseo académico, sin riesgos, sin urgencias.
Hasta que vio el nombre escrito junto al suyo.
Kyren.
—Perfecto —murmuró para sí, guardándose el pergamino en la capa con más fuerza de la necesaria.
Lo encontró esperándola junto a los portones. Apoyado contra una de las columnas de mármol, los brazos cruzados, la capa agitándose suavemente con el viento.
Demasiado tranquilo.
Demasiado Kyren.
—¿Tú también? —dijo ella al acercarse.
—Parece que Eldranis quiere jugar a unir fuerzas opuestas.
—O tal vez quiere ver si nos matamos.
—Preferiría evitarlo. Al menos hoy.
El camino al bosque fue silencioso al principio. Cada intento de conversación moría al nacer. Ella se concentraba en los árboles, él en no mirarla demasiado, pero algo flotaba entre ambos. Como la electricidad antes de una tormenta.
Las ruinas de Arvalen se alzaban entre raíces retorcidas y piedras cubiertas de musgo antiguo. Allí, los símbolos grabados aún susurraban una magia que no dormía del todo.
—Aquí —dijo Nyxia, inclinándose sobre una piedra agrietada—. Este símbolo... se parece al que aparece en mi cuaderno. Pero está incompleto.
Kyren se acercó. Muy cerca.
Demasiado cerca.
Se agachó a su lado, hombro con hombro. El calor de su cuerpo la envolvía como un hechizo que no necesitaba palabras.
—Estás temblando —murmuró él, sin mirarla.
—Es el frío —mintió Nyxia, aunque el aire era cálido.
Él no respondió, se limitó a rozar la piedra con los dedos y luego, sin pensar, sus manos tocaron las de ella. Solo un instante.
Un roce.
Una chispa.
Ambos se apartaron de inmediato, como si el contacto los hubiera quemado.
—No hagas eso —dijo ella.
—¿Qué? ¿Tocarte o fingir que no pasa nada?
La pregunta quedó suspendida.
—Esto no tiene sentido —añadió Nyxia, alzando la voz un poco más de lo necesario—. Ni tú ni yo somos... esto.
—¿Esto qué?
—Lo que sea que está empezando a nacer cuando me miras así.
Kyren apretó la mandíbula.
—Crees que quiero esto, Nyxia. Que es una elección. Pero tú también lo sientes.
Ella retrocedió un paso.
—No quiero sentirlo.
—Y, sin embargo, aquí estás —dijo él, dando un paso hacia ella.
La tensión se condensó entre los dos, espesa como magia sin sellar. Las runas del altar brillaron levemente bajo sus pies, como si reaccionaran al pulso invisible que los unía.
—¿Y si no podemos evitarlo? —susurró Kyren—. ¿Y si esto es más que tú o yo?
—Entonces... estamos en problemas.
Él sonrió, pero no dijo nada y tampoco la tocó. No aún, pero la forma en que la miraba, como si fuera fuego y él no pudiera evitar acercarse... Eso bastó.
Y Nyxia, por primera vez, no retrocedió.
El momento se rompió cuando una ráfaga de viento agitando las hojas los obligó a apartar la vista. El aire volvía a moverse, pero dentro de Nyxia, todo seguía quieto, atado a esos segundos en que sus ojos se cruzaron y el mundo pareció sostener la respiración.
—Debemos seguir —dijo ella al fin, aunque su voz no sonó tan firme como quería.
Kyren asintió, sin responder. Pero no se alejó demasiado.
Avanzaron entre las ruinas en un silencio espeso, recogiendo lecturas arcanas como dictaba la tarea. Nyxia trazaba runas flotantes en el aire con su pulsera de canalización, y Kyren activaba los sellos de contención con su propio fuego.
Pero cada vez que se acercaban... cada vez que sus manos se rozaban, incluso sin querer, la magia respondía.
Un cristal de energía que Nyxia sostenía estalló con un destello suave cuando Kyren le indicó un patrón rúnico sin tocarla.
Una raíz encantada se retrajo al paso de ambos, como si temiera quedar entre ellos.
Y una inscripción antigua, al recibir una gota de su energía combinada, brilló por completo.
—¿Viste eso? —murmuró Nyxia, tocando la piedra.
Kyren asintió mientras intentaba recuperar el aire de sus pulmones
—¿Eso también va a pasar cada vez que estemos juntos?
—No lo sé. Pero empiezo a sospechar que, todo esto —dijo señalando las ruinas, los símbolos, la magia que los envolvía—, no está aquí para que lo estudiemos. Está para recordarnos algo.
Ella lo miró, confundida.
—¿Recordarnos qué?
Kyren mantuvo la mirada fija en ella.
—Que esto no empezó con nosotros.
Y de nuevo, la tensión volvió.
Pero esta vez, Nyxia no quiso huir de ella.
Cuando terminaron el último punto del recorrido, el sol comenzaba a esconderse entre las copas de los árboles. Caminaron de regreso sin hablar mucho, pero había algo diferente en sus pasos. No se rozaban, pero tampoco dejaban espacio entre ellos.
Al llegar a la entrada de Eldranis, se detuvieron sin necesidad de decirlo.
—¿Esto cambia algo? —preguntó ella, sin mirarlo directamente.
—Todo —dijo él, con esa calma peligrosa suya—. Pero no todavía.
Nyxia asintió. Dio la vuelta. Y se marchó sin despedirse.
Pero al cruzar el umbral de piedra de la academia, una certeza ardía en su pecho con más intensidad que cualquier hechizo:
Ya no podían fingir que no pasaba nada
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La noche en Eldranis parecía suspendida en un instante perfecto: ni viento, ni pasos, solo el silencio y la lejana respiración de la magia.
Pero para Nyxia, algo no estaba quieto.
Desde el patio central, sus pasos la llevaron por impulso hacia la Torre Sur, una estructura menos transitada, casi olvidada, con muros cubiertos por hiedras oscuras y faroles que apenas parpadeaban. El colgante en su pecho ya no brillaba, pero la sensación permanecía, como un susurro tirando de un hilo invisible dentro de ella.
Subió los escalones de piedra en espiral sin saber qué buscaba.