Un Día más para Vivir

Capítulo Dos: Gabriel

El eco de una risa y el peso del deber

El silencio en el parque de bomberos número siete era un animal domesticado que se despertaba con el sol. Gabriel lo conocía bien: ese rumor sordo de motores en reposo, de mangueras enrolladas como serpientes dormidas, de pasos amortiguados sobre el suelo de cemento. Era un silencio que olía a grasa, a metal frío, a sudor seco de turnos anteriores. Un silencio que él había aprendido a habitar como quien habita una casa vacía.

Las 6:47 de la mañana lo encontraron, como siempre, en el borde de su litera, con las botas ya puestas y los dedos rozando el borde desgastado de la fotografía que llevaba en el bolsillo izquierdo del uniforme. La foto de Lucía estaba tan gastada que las esquinas se habían redondeado como guijarros de río, y los colores—el rosa de su vestido, el verde de la hierba del jardín, el azul de sus ojos—se habían desvaído hasta convertirse en una acuarela de recuerdos. Pero Gabriel no necesitaba verla para recordarla. La tenía grabada en el interior de los párpados, en el latido de su pulso, en cada uno de los silencios que habitaban su pecho.

Lucía había muerto un jueves, a las tres de la tarde, en un derrumbe que nunca debió ocurrir. Una fábrica textil en el barrio industrial, construida sin los permisos adecuados, con paredes de ladrillo que no habían resistido el peso de la lluvia de los últimos días. Gabriel había llegado veinte minutos tarde. Veinte minutos eternos, veinte minutos en los que el edificio se había venido abajo como un castillo de naipes, llevándose consigo a los diecisiete trabajadores que estaban en el turno de la tarde. Y a Lucía, que había ido a buscar a su madre, una de las costureras.

Gabriel había cavado con sus propias manos durante seis horas. Se había arrancado las uñas, se había desgarrado los nudillos, había gritado el nombre de su hija hasta quedarse afónico. Cuando finalmente la encontraron, Lucía sonreía. Los forenses dijeron que había sido instantáneo, que ni siquiera había tenido tiempo de sentir miedo. Pero Gabriel sabía que eso era mentira. Lucía siempre había tenido miedo de la oscuridad. Y bajo aquellos escombros, no había ni un solo rayo de luz.

Desde entonces, Gabriel vivía en un presente perpetuo. No miraba hacia atrás porque el pasado era un pozo sin fondo. No miraba hacia adelante porque el futuro era un territorio que no le pertenecía. Solo existía el ahora: el próximo incendio, el próximo rescate, el próximo latido que mantenía su corazón en funcionamiento. Sus compañeros decían que era el mejor bombero de la brigada, que no le temía a nada. Pero la verdad era más sencilla y más terrible: Gabriel no le temía a la muerte porque ya había muerto un poco con Lucía, y lo que quedaba era puro instinto, pura rutina, pura costumbre.

Esa mañana, mientras se ataba las botas con la precisión de un ritual, sintió el peso de la mirada de Tomás, el novato, que lo observaba desde la litera de enfrente. Tomás tenía veintitrés años, una cara todavía sin arrugas, y una energía que a Gabriel le parecía agotadora. Era el típico chico que se había alistado por vocación, por idealismo, por esas películas de héroes que muestran a los bomberos como ángeles con cascos y hachas. Gabriel, en cambio, sabía que los bomberos no eran ángeles. Eran hombres y mujeres que corrían hacia el fuego porque alguien tenía que hacerlo, y porque el silencio que dejaba el humo era más fácil de soportar que el silencio de los hogares vacíos.

—Gabo —dijo Tomás, incorporándose en la litera—. ¿Cómo estás esta mañana?

Gabriel no respondió. Se limitó a encogerse de hombros y a ponerse el casco, ajustando la correa bajo la barbilla con la misma atención que un piloto antes de un vuelo. Tomás, sin inmutarse, saltó al suelo y se acercó a él con una taza humeante.

—Te he preparado café. Negrito, sin azúcar, como te gusta.

Gabriel tomó la taza sin mirarlo y dio un sorbo largo. El café era amargo, tan amargo como su alma, y eso le gustaba. No soportaba las cosas dulces, las cosas que intentaban disfrazar su verdadera naturaleza. Prefería la verdad cruda, como el humo en los pulmones, como el dolor en el pecho.

—Gracias —murmuró, y era la primera palabra que pronunciaba en toda la mañana.

Tomás sonrió, encantado de haber conseguido una respuesta. Era un chico persistente, Gabriel se lo concedía. Llevaba tres meses en el parque y todavía no se había rendido en su empeño de sacarlo de su burbuja. A veces, Gabriel pensaba que Tomás lo veía como un proyecto de rescate, como esos incendios de difícil acceso que requerían paciencia y estrategia. Y quizás, en el fondo, no le importaba. La compañía del chico era un ruido de fondo tolerable, un recordatorio de que el mundo seguía girando aunque él hubiera dejado de girar con él.

—Esta noche hay cena de hermandad —dijo Tomás, haciéndose el distraído mientras se ataba las botas—. No te he visto en las últimas cuatro. Todos te echan de menos.

Gabriel apuró el café y dejó la taza vacía sobre la mesa metálica. El sonido del cerámica contra el metal resonó en el silencio como un disparo.

—Tengo turno —respondió, aunque ambos sabían que era mentira. Su turno terminaba a las ocho de la noche.

—Gabo...

—No insistas, Tomás. —Gabriel se levantó y se ajustó el cinturón. Por un momento, sus ojos se encontraron con los del chico, y Tomás sintió un escalofrío. Había algo en la mirada de Gabriel que helaba la sangre, una mezcla de vacío y de dolor que no encajaba en un hombre de su edad—. No soy buena compañía para nadie. Y no voy a arruinar la fiesta.




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